¿Nos merecemos a Boudou?

Por Gonzalo Neidal

boudou_Montiel_1_38586[dc]E[/dc]n los primeros renglones de su Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa se pregunta “en qué momento se había jodido el Perú”. Recién varias décadas más tarde, en una columna publicada en el diario madrileño El País, el escritor intentó una respuesta. Dijo que “el Perú es el país que se jode cada día”.
Habrá que ver cuánto tiempo pasará para que nosotros, los argentinos, podamos respondernos esta pregunta: ¿Cómo fue que alguien como Amado Boudou llegó a ejercer la presidencia de la República Argentina? O bien: ¿Cuándo fue que empezamos a merecernos a un presidente como Boudou?
Es que no hay un instante en el que un país, por una simple y única decisión, penetre en un cono de sombra del cual sólo pueda emerger al cabo de un prolongado esfuerzo. Es preciso reiterarse en el error durante algún tiempo para llegar a situaciones complicadas, que demanden grandes esfuerzos para salir airosos y retomar un camino virtuoso o, al menos, exento de situaciones de hundimiento perpetuo.

Hombre de paja
Que Amado Boudou sea hoy la máxima autoridad nacional, aun en el plano formal, es un hecho que impacta. Es probable que no exista en la política argentina un político activo más desprestigiado que él. Y es un sitial bien merecido, que se lo ha ganado con esfuerzo y por una sucesión de conductas que rápidamente lo han ubicado en ese lugar tan singular en la estima de un alto porcentaje de argentinos.
Boudou es producto de la desmesura kirchnerista y, muy especialmente, de la falta de proporciones propia de esta etapa cristinista, tramo final del proceso iniciado en 2003. Repasábamos en una nota anterior que, pese a la insignificancia institucional del cargo de vicepresidente (“agitador de la campanilla del Senado”, se lo ha llamado), su elección siempre ha sido la consecuencia de un tamizado informal pero obligatorio, sea al interior de un partido o como expresión de una alianza con ambición de poder. Hasta la llegada de Boudou, los presidentes no han sido meros perejiles de la política o simples hombres de paja.
El caso de Boudou, hasta donde podemos recordar, es único en la historia argentina. Ni siquiera María Estela Martínez lucía tan carente de pergaminos. Isabelita había estado junto a Perón desde el comienzo de su exilio y había sido su delegada y representante personal en algunas operaciones políticas de Perón en la Argentina.
En cada partido, además, existe una suerte de escalafón tácito que comienza en los años de la política universitaria y que luego recorre casi obligatoriamente una sucesión de cargos que empiezan con una concejalía, una intendencia para luego ascender por una línea que incluye necesariamente la legislatura provincial, el Congreso Nacional, la gobernación. O, cuanto menos, un arraigo territorial importante que muestren al político aunque sea como un líder fragmentario pero potencialmente importante.
Nada de esto ha sido Boudou. Nada de nada. Ni siquiera posee antecedentes en el propio Partido Justicialista, aunque este hecho, tal como van las cosas, uno no sabe si debe ser computado como una ventaja o un demérito. Lo cierto es que en estos días, no pocos justicialistas le han enrostrado a Boudou su pasado liberal y su distancia afectiva con la historia y la iconografía peronista.
Todos lo ven como un sapo de otro pozo. Incluso los propios kirchneristas que se han apresurado a aclarar que quien gobierna en estos momentos es la propia presidenta de la Nación, desde su convalecencia en la Fundación Favaloro.

País generoso
Aunque sea una verdad propia de Pedro Grullo, conviene recordarlo: Boudou está donde está por una exclusiva decisión de Cristina Kirchner. Nadie más que ella y sólo ella ha sido quien lo impuso ahí, incluso contra la opinión de la más alta dirigencia del Partido Justicialista. El estilo de gobierno kirchnerista (y, especialmente, cristinista) no admite consultas ni sugerencias de terceros. No acepta propuestas ni consejos. Ella decide sin tener en cuenta otra consideración que su propio criterio y humor. Ella eligió quien la acompañaría. Al momento de presentarlo al público esgrimió, como único motivo para su decisión, que había sido Boudou quien le había propuesto la estatización de las AFJP, durante su gestión en el ministerio de economía. Y esa fue, se sabe, una propuesta que la presidenta no pudo rechazar.
Advertir sobre la existencia de una caja virgen y disponible es, puede verse, un currículum sólido y suficiente como para aspirar a la más altas distinciones, conforme al concepto político K.
Pero si Argentina puede permitirse una presidencia como la de Boudou, aunque sea tan sólo simbólica, es porque tenemos una estructura productiva capaz de sortear incluso la liviandad de sus gobernantes.
Desde la partida de Roberto Lavagna el país se ha desenvuelto prácticamente sin ministro de economía. ¿Para qué podría necesitarlo un país al que le llueven los dólares del exterior gracias a que sus productos de exportación triplicaron sus precios en pocos años?
Estamos en un país con potencialidades tales que puede soportar incluso a un personaje tan dañino como Guillermo Moreno, un verdadero ahuyentador de inversiones y creador empecinado y esforzado de tensiones económicas de consecuencias imprevisibles en el mediano plazo.
Boudou se explica no por nuestras debilidades sino por nuestra fortaleza de país al que siempre le llega una cosecha oportuna para salvarlo de cualquier desastre inminente.
En otras palabras: Boudou está donde está porque parece ser, nomás, que Dios es argentino.