¿Doble relevo conservador para el régimen kirchnerista?

Por Pablo Esteban Dávila

boudou_69352[dc]U[/dc]n inesperado parte médico acaba de cambiar las reglas de juego del futuro inmediato en la Argentina. Aquejada por un hematoma craneal, la presidente Cristina Fernández podría tomar licencia de su cargo por, al menos 30 días. La única duda que, al cierre de esta edición, impedía delinear un escenario conjetural era la muy atendible cuestión sobre si Amado Boudou quedaría, finalmente, a cargo de la presidencia.
En principio, el cuerpo médico que la atendió en la Fundación Favaloro le habría ordenado que se alejara de sus funciones por un tiempo, dada la potencial gravedad de su caso. El propio vocero presidencial, Alfredo Scoccimarro, fue muy claro en afirmar, el sábado por la noche, que “debido al mencionado diagnóstico, se indicó reposo de un mes, junto al seguimiento evolutivo estricto clínico e imaginológico”. Sin embargo, el entorno presidencial se ha cuidado especialmente de utilizar la palabra “licencia” para describir la particular situación que deberá enfrentar Cristina en los próximos días.
En cualquier país normal, cuando un mandatario debe alejarse del poder por el motivo que fuese, es su vicepresidente – o el funcionario que, constitucionalmente, oficiara de reemplazo – el que debe asumir en su ausencia. Para eso están. Pero, en el caso argentino, esta obviedad no es tan automática como podría suponerse.
La razón de esta anomalía no es otra que la propia persona del vice. A diferencia de su antecesor, Julio Cleto Cobos, Boudou es “del palo”. No obstante, a pesar de esta aparente virtud, Boudou tiene en contra una pésima imagen y un nulo ascendiente sobre el gobierno y el partido justicialista. Los maliciosos sostienen que, a estas alturas, su lealtad no es tanto por convicción sino porque no le queda otra que permanecer fiel a Cristina, la única con algún interés en protegerlo.
Sin embargo, protección no significa aceptación de su rol institucional. Esto es lo que ocurre puertas adentro del palacio. Una cosa es que el Boudou reemplace a la presidente cuando está de viaje y a tiro de teléfono y otra muy distinta a que deba hacerlo por una indisposición prolongada. En este caso, las riendas del país quedarían formalmente en sus manos, un acontecimiento que inauguraría un tan insospechado como peligroso hiato dentro de Balcarce 50. Es obvio que a ninguno de los más cercanos colaboradores de la presidente les convence esta alternativa, y mucho menos a quienes se encuentran más alejados de aquél círculo íntimo. No obstante, en las próximas horas deberán tomar una decisión, y esta no es otra que aceptar que Boudou asuma como presidente o simular que, pese al reposo ordenado, Cristina continúa gobernando desde algún ignoto lugar.
Optar por la última alternativa haría las delicias de la oposición. Lloverían críticas y pedidos de informes, con la esperanza de forzar al gobierno a aceptar que el vicepresidente, finalmente, se haga cargo del buque. Este interés por Boudou no tiene, por cierto, ningún propósito altruista. Por el contrario, los adversarios del kirchnerismo saben perfectamente que, con Cristina desactivada, en el último tramo de las elecciones legislativas el gobierno no podrá mostrar a su titular interino, bajo el riesgo que la campaña se transforme en un debate permanente sobre sus trapisondas y escándalos recientes.
La perspectiva que esta especie de Isidoro Cañones termine conduciendo al país se torna aún más interesante cuando se analiza su pasado. Es harto conocido su origen ucedeísta como para insistir en el asunto pero, aún cuando el vicepresidente jure haber olvidado aquél historial, sus actuales preferencias parecen desmentirlo. Vive en Puerto Madero, conduce costosas Harley Dadvison y, aparentemente, posee intereses más que inmediatos en una enmarañada urdimbre de sociedades y participaciones accionarias, todas pautas que indican un goce burgués de la vida y el apego a putas capitalistas de ingresos, algo bastante alejado de los ascéticos Luis D’elía o Guillermo Moreno. Parece evidente que, aunque se desgañite cantando la marcha peronista y hablando maravillas del modelo nac & pop ante los pocos micrófonos que todavía le dejan acercarse, su temperamento dista mucho de asemejarse a la militancia que profesan los líderes de la Cámpora o la impostada gravedad estética de Axel Kicillof.
Lo cierto es que si, finalmente, Cristina solicita una licencia por enfermedad, Boudou la sucederá en el cargo. Irónicamente, alguien que se inició políticamente en la UCEDE ocupará la presidencia de la Nación dentro de un gobierno caracterizado por su populismo y pretensiones izquierdosas, algo que el ingeniero Álvaro Alsogaray jamás hubiera pensado.
Es fácilmente imaginable que sucedería con Boudou al frente del Poder Ejecutivo. Su soledad política daría pretexto a una nueva novela de García Márquez. Martín Insaurralde, el candidato oficialista para la provincia de Buenos Aires, también se quedaría con ningún respaldo desde la Nación, apenas acompañado por un Daniel Scioli con pocas intenciones de quedar más pegado de lo recomendable a una derrota que, se adelanta, será por paliza. La conducción del Estado, asimismo, se volvería más caótica de lo habitual, con funcionarios reacios a ser coordinados por alguien a quién – más o menos explícitamente – consideran como un cuerpo extraño dentro del kirchnerismo que reivindican.
En la hipótesis de una licencia por treinta días, el daño que podría producir una presidencia transitoria a manos de Boudou sería, no obstante las legítimas dudas que despierta, limitado. Es un hecho que, con o sin él al frente de la Casa Rosada, el oficialismo perderá las elecciones y que, en todo caso y aún con Cristina al frente de la campaña bonaerense, sólo se trataba de evitar que Sergio Massa estirara su diferencia hasta extremos de indignidad. Su asunción, incluso, hasta podría resultar funcional al cristinismo más ortodoxo, toda vez que fungiría como el auténtico mariscal de la derrota ante la forzada deserción presidencial.
Pero no es esta la principal preocupación dentro del gobierno. Si, por las razones que fueran (y que sinceramente esperamos que no ocurran) el cuadro diagnosticado a la mandataria se agravara y la inhabilitara para continuar al frente del gobierno en forma permanente, Boudou podría devenir en el nuevo presidente argentino, una posibilidad que afectaría directamente a la gobernabilidad. Esta incertidumbre, de bases indiscutiblemente ciertas, es el precio que se paga por menospreciar una función del Estado que no por ser habitualmente intrascendente deja de ser central en los momentos de crisis. El populismo, a fuerza de exigir “acatamiento” por encima de cualquier otra consideración, termina siendo una potencial víctima de uno de sus inútiles más leales.
La potencial permanencia de Boudou al frente del Poder Ejecutivo debería ser también analizada a la luz de los posibles presidenciables para el 2015. No es necesario hacer un gran esfuerzo para imaginarlos. Por el lado del peronismo están Scioli, Massa y José Manuel de la Sota; por el otro, Mauricio Macri y Hermes Binner. Los cuatro primeros tienen un innegable tufillo a centro derecha, mientras que Binner encarna un socialismo con escasas referencias a Largo Caballero.
Debe recordarse que Scioli llegó a la política de la mano de Carlos Menem y, más que por convicciones, su adhesión al kirchnerismo fue una de las tantas consecuencias “naturales” que conlleva el ser peronista. No obstante ello, nadie cree que el gobernador se haya transformado en un devoto de Evo Morales o del legado de Hugo Chávez, ni que considere que neo estatismo del gobierno sea provechoso para la economía. Sergio Massa, al igual que Boudou, también fue militante de la UCEDE; asimismo, sus acciones en la intendencia de Tigre – decididamente centradas sobre el tema de la seguridad, no parecen mostrar a un referente del progresismo vernáculo. Macri, finalmente, reconoce como uno de sus “pecados de juventud” el haber estado afiliado al partido de Alsogaray aunque, a diferencia del vicepresidente y de Massa, nunca fue un dirigente de la fuerza. A pesar de esto, es un político de centro, que ha hecho de este espacio su fortaleza electoral. De la Sota, finalmente, es un claro referente del peronismo moderado, y lo ha hecho notar públicamente toda vez que pudo para diferenciarse de un gobierno nacional que lo discrimina y amenaza.
Todo esto significa que, tras un decenio de kirchnerismo en el poder, el modelo nac & pop habría conseguido, a modo de legado póstumo, facilitar el regreso al poder de una política más conservadora. Aparentemente, todos estos años de crecimiento y de logros populares no habrían sido otra cosa más que una preparación para un sucesor de centro derecha, un extraño logro para un gobierno que se jacta de haber transformado de raíz a una Argentina hundida, paradójicamente, por el neo liberalismo. Difícil de explicar y todavía más difícil de entender.
Tal situación podría parecer sorprendente pero, a poco de analizarlo, no deja de ser otra de las manifestaciones de la inconsistencia populista. Como este criterio político sólo cree en el decisionismo y en la legitimidad por sobre la legalidad, el problema del relevo nunca es considerado seriamente. Nadie puede reemplazar al líder, se denomine presidente, Duce o Caudillo. Pero, con frecuencia, la naturaleza o los pueblos se encargan de hacer recordar que tarde o temprano hasta los dirigentes más providenciales llegan a su fin. Y este es la gran piedra en donde el populismo siempre tropieza, pues nunca se ocupado de preparar sus transiciones mientras aún puede hacerlo. Piénsese en el caso de Nicolás Maduro en Venezuela, un delegado de un Chávez moribundo que casi es derrotado por Henrique Capriles, o el de Perón en 1974, cuya herencia política quedó en manos de su inepta esposa y del intrigante José López Rega en lugar de alguno de los múltiples y experimentados dirigentes del justicialismo.
Un Boudou al frente del país señalaría que el populismo es un sistema amputado por su incapacidad de orquestar sus transiciones desde la institucionalidad y que, pese a todos los desvaríos progresistas del kirchnerismo, la oferta política argentina tiene mucho más del centro conservador que de la izquierda, aún de sus versiones light. Muchos sospechan que, de haber percibido el rumbo que Cristina pensaba tomar luego de su abrumador triunfo en 2011, gran parte de sus votantes no hubieran optado por ella. El actual giro político que empieza a transitar el país parece ratificar esta presunción, para horror de quienes suponían que el difuso socialismo nacional de la juventud maravillosa de los ’70 había llegado, después de tanto tiempo, para quedarse. Un sueño que, de sólo imaginar el sonriente rostro del vicepresidente instalado en el Sillón de Rivadavia, se transforma en una inmediata pesadilla.