Argentina, Brasil y la alta política internacional en la Asamblea de la ONU

Por Santiago Pérez
desde Rio de Janeiro
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asamblea-onu[dc]L[/dc]a apertura del período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas suele ser un válido termómetro para tomarle la temperatura a la política mundial. Representantes de los 193 Estados miembros se dan cita año a año en Nueva York en donde exponen su visión sobre los más variados asuntos de la agenda global. Conflictos bilaterales, asuntos regionales y debates de alcance planetario pueden extraerse de los discursos de la larga lista de oradores. Las temáticas tratadas sirven, al mismo tiempo, como un triste recordatorio de la infinita lista de asuntos pendientes que la comunidad internacional no ha logrado resolver. Es sorprendente como cada año se abordan los mismos tópicos sin que estos lleguen a una resolución.
La apertura de sesiones del presente año, la número 68 desde el nacimiento de la organización en 1945, dejó un abanico de temas que ameritan una interpretación particular.
En el plano estrictamente global, el debate se vio atravesado principalmente por dos cuestiones que atañen en forma directa a la siempre agitada región del Medio Oriente.
En primer lugar, y como era de esperarse, la crisis siria ocupó la escena. La cita neoyorquina no pudo llegar en un momento más delicado. Hace escasos días, Estados Unidos estuvo a centímetros de lanzar una ofensiva militar quirúrgica (limitada en el lenguaje de Barack Obama) sobre el convulsionado país. Finalmente Washington dio marcha atrás. Tal cual sucede hace ya dos años, el plan “interventor” no encontró los apoyos necesarios dentro del Consejo de Seguridad. Por fuera del organismo Estados Unidos también encontró dificultades. Gran Bretaña, principal aliado, le dio la espalda al ataque y la opinión de los ciudadanos estadounidenses se mostró igualmente contraria. Durante su intervención, el Presidente Norteamericano retomó la cuestión siria. Reclamó al Consejo de Seguridad salir de la parálisis y entrar en acción para evitar que el régimen de Al-Assad utilice su arsenal químico y cumpla sus promesas de destruirlo. El pedido de Obama es solo una muestra de voluntad, una expresión de deseo. El delicado equilibrio político que da forma al conflicto se mantiene intacto. La posición de Moscú de defender sus múltiples intereses en la región continúa sólida. Conclusión, la parálisis de Consejo de Seguridad continuará más allá de los deseos de los Estados Unidos o de sus aliados de la OTAN. Rusia no dará un paso atrás. Tampoco vacilará en hacer uso su poder de veto para bloquear cualquier intento occidental de intervenir militarmente en Siria.
El segundo tema que atrajo la atención fue el principio de acercamiento entre Estados Unidos e Irán, algo impensable hasta hace muy poco. El recientemente electo Presidente Hasán Rouhaní ha dado un giro importante a la política exterior de su antecesor. El recordado Ahmadineyad utilizaba, año tras año, su intervención en la Asamblea General para confrontar con Washington e Israel. Si bien los Presidentes no mantuvieron un encuentro personal, es posible que de aquí en adelante norteamericanos e iraníes alcancen el mayor nivel de aproximación política desde el triunfo de la Revolución Islámica en 1979. La posibilidad de conseguir avances en la complicada discusión en torno al programa nuclear iraní por la vía diplomática es un alivio para Barack Obama. Si efectivamente se abriera una puerta de diálogo válida entre Teherán y Washington, la Casa Blanca se sacaría “una potencial guerra de encima”. Una buena noticia considerando la irresuelta situación en Afganistán y todo lo que el conflicto sirio puede acarrear en el futuro cercano.
Por distintos motivos, argentinos y brasileños también estuvieron atentos al mensaje de sus respectivos presidentes.
Respetando la tradición de Naciones Unidas, Brasil fue el primer país en hacer uso de la palabra. Dilma Rousseff dio continuidad a la agenda exterior que llevó a la cumbre del G20 y que mantiene ocupado a Itamaraty desde hace varias semanas: el escándalo del espionaje. No es novedad que los gobiernos se espíen unos a otros. La inteligencia es una herramienta de asistencia a la política exterior ampliamente utilizada. No sería de extrañar que el propio Gobierno Brasileño realice actividades de espionaje sobre otras naciones. El conflicto nace en el momento en que estas prácticas salen a la luz. Eso fue justamente lo que sucedió luego de las revelaciones de Edward Snowden. Si bien la mandataria no se refirió expresamente a Estados Unidos, condenó la utilización del espionaje en pleno siglo XXI, haciendo especial hincapié en que Brasil es un país totalmente pacífico y que se ha auto limitado legalmente a desarrollar armas nucleares. Otro aspecto que no puede ser pasado por alto del discurso de Rousseff fue la solicitud de reestructuración del Consejo de Seguridad. Esto no es ninguna novedad. Hace décadas que todos los Presidentes de Brasil demandan lo mismo. No solo eso. Prácticamente todos los mandatarios del mundo suelen pronunciarse en tal sentido. Lo importante aquí es que, si se abriera un debate real en torno a ampliar en número de miembros permanentes del cuerpo, Brasil tendría altas posibilidades de ser considerado como candidato a incorporarse. Se trata de un país con un sistema democrático estable y predecible y una población por encima de los 200 millones. El país cuenta también con el quinto mayor territorio y la séptima mayor economía mundial. Características que lo posicionan como un excelente aspirante a representar tanto al denominado mundo emergente como a América Latina en el Consejo de Seguridad. No se trata de una discusión menor. Este es el más importante de los debates que la política internacional deberá darse en el siglo XXI. Una cuestión que atañe a la distribución de poder mundial y a la estructura de toma de decisiones internacionales. Brasil tiene la vocación y la capacidad para intentar asomarse.
Por último llegamos a la Argentina y al discurso de Cristina Fernández de Kirchner. La primera diferencia con el mensaje de su par brasileña fue la planificación. Detrás de cada párrafo leído por Dilma podía observarse la política exterior de Brasil. Cada palabra fue planificada y perfectamente orientada. Se trató de un mensaje al servicio de los intereses de la nación. La súperprofesional diplomacia brasileña estuvo sin dudas en el diseño del texto. Lo de Cristina fue diferente. De sus palabras se extrajeron acusaciones de todo tipo pero sin un claro destinatario. Sobre todo cuando se refirió a Siria y a quienes proveen las armas que alimentan el conflicto. En algunos pasajes daba la sensación que la mandataria responsabilizaba Estados Unidos por los más de 100.000 muertos. En otros se entendía que acusaba a Rusia por las matanzas. No quedó del todo clara la posición del gobierno. También “interrogó” a Irán buscando respuestas del porque del inconcluso acuerdo con la Argentina. Parecía que, según “ella”, en oriente y en occidente se actúa de forma equivocada. Cristina contra todos, tal cual sucede en la política local. Malvinas y los Holdouts terminaron de dar forma a la intervención. El primero es quizás el tema más sensible para la Política Exterior Argentina desde el retorno de la Democracia, el segundo el más importante para la agenda externa de hoy. Pocas horas después de su discurso en Nueva York, Fernández aterrizaba en la Argentina para dar continuidad a una agenda local cargada. A solo un mes de las elecciones las prioridades de la Presidenta están más cerca de la política bonaerense que de la política internacional.