A la caza de la ballena

Por Luis E. Altamira
luisaltamira@hotmail.com

herman-melville-2[dc]L[/dc]a madre de Hermann Melville estaba emparentada con uno de los primeros pobladores holandeses de la isla de Manhattan y descendía de manera directa de un héroe de la revolución norteamericana. Su padre, que provenía remotamente de una familia de la aristocracia inglesa, apenas mantenía a la suya con un negocio de importación de productos europeos que quebró en 1830, dejando a su mujer viuda al año siguiente, con ocho hijos a su cargo.
Hermann, el tercero de los hermanos Melville, por entonces con 12 años, tuvo que dejar los estudios para comenzar a trabajar. Lo hizo primero como empleado en un banco local de Albany, adonde se había trasladado con su familia. Cuando tenía 19, viendo que sus condiciones de vida no mejoraban, se embarcó en una nave mixta de carga y pasajeros-, que hacía el recorrido Nueva York–Liverpool. De regreso, volvió al mar en la navidad de 1841, en el Acuhsnet, un ballenero. Tenía por entonces 22 años. Un año y medio después, cuando la nave hizo puerto en la isla de Nuku Hiva, la mayor del archipiélago de las Marquesas, desertó junto con un compañero, siendo capturados al poco tiempo por los typee, una tribu de caníbales que, para suerte de ellos, optó finalmente por venderlos a otro barco ballenero, el Lucy Ann.
Un mes y medio más tarde fueron desembarcados en Tahití junto al resto de la tripulación, acusados de amotinamiento. Tiempo después, Melville fue liberado, dando inicio a un período de vagabundeo por el archipiélago de las Islas de la Sociedad. Luego de embarcarse en un tercer ballenero, sirvió durante más de un año como marinero raso en la fragata United Status, de la marina norteamericana. Cuando arribó a Boston, en octubre de 1844, cayó en cuenta que había estadio ausentado de su país por tres años y nueve meses.
Hermann no tardó en descubrir lo apreciadas que eran las narraciones de sus aventuras entre sus amigos. Teniendo como referencia a un tal Richard Dana -que en 1840 había publicado con gran repercusión “Two Years Before the Mast”, sus memorias de marino-, se abocó a escribir los pormenores de su deserción del Acushnet y de la temporada pasada con los caníbales. El relato, que se publicó con el título de “Typee”, lo catapultó a la fama. Escribió luego “Omoo” (que en el lenguaje nativo de las Islas de la Sociedad significa vagabundo), sobre su peregrinar por dichas islas.
La notoriedad alcanzada con ambos libros le abrió las puertas de los círculos literarios neoyorquinos y le proporcionó una mejoría sustancial en sus ingresos (lo que le posibilitó esposarse, en 1847, con Elizabeth Shaw, hija de un destacado juez bostoniano). Melville continuó publicando novelas, basadas todas en sus experiencias marítimas, y se inició en la crítica literaria, en la revista Literary World. Después de realizar en 1849 un viaje a Europa, destinado a gestionar la publicación de su obra en Inglaterra, se abocó a escribir la que sería su obra maestra (la que, según Jorge Luis Borges, forma parte “de esa heterogénea mitología que es la memoria de los hombres”): “Moby Dick”.
Estuvo dos años en una granja, pergeñándola. El esfuerzo que le demandó, unido a su fracaso comercial, lo pagaría sicológicamente. Dice Borges: “Al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo. (…) El símbolo de la ballena es apto para sugerir la vastedad, la inhumanidad, la bestial o enigmática estupidez del Cosmos. (…) Tal el universo de Moby Dick: un cosmos (un caos) no solo perceptiblemente maligno, sino también irracional”.
“Melville –prosigue Borges– murió en 1891; a los veinte años de su muerte la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica lo considera un mero cronista de la vida marítima; Lang y George Saintsbury, en 1912 y 1914, plenamente lo ignoran en sus historias de la literatura inglesa. Después lo vindicaron Lawrence de Arabia y D. H. Lawrence, Waldo Frank y Lewis Mumford”. Y nosotros, por supuesto.