Del Tren Bala a las estatizaciones

Por Gonzalo Neidal

p13-1[dc]C[/dc]uriosamente, la estatización de las líneas de FFCC Sarmiento y Mitre no han sido acompañada por un acto público vindicatorio, ni por una concentración masiva, ni por un banderazo de La Cámpora. Ningún émulo de Scalabrini Ortiz, aunque más no sea un mero Pino Solanas, ha aparecido para indicarnos, con unción patriótica, que la soberanía nacional ha vivido una jornada histórica o bien que hemos reincorporado al patrimonio nacional, un servicio estratégico, o cosas por el estilo. Apenas declaraciones aprobatorias de los gremios ferroviarios que saben que la negociación de convenios, condiciones de trabajo y salarios es más fácil con el gobierno que con una empresa privada.
Si quisiéramos calificar con una sola palabra la política ferroviaria del gobierno, la palabra es ésta: Jaime.
Con eso alcanza y sobra.
No merece más comentarios. La nada absoluta, si descontamos los desenlaces trágicos. Un desastre completo. Los trenes que tenemos son deplorables pero, además, su administración es incapaz de cobrar el boleto a los pasajeros.
El país viene de una década de prosperidad probablemente inigualable. Nos referimos a las extraordinarias condiciones favorables que hemos vivido en materia de precios internacionales de los productos que exportamos. Hemos tenido ingresos extras provenientes de precios internacionales especialmente altos. Un estado lleno de recursos. Un sector agrario que respondió con producción el alza de los precios internacionales.
Hemos vivido una década con condiciones de las que podíamos esperar resultados también extraordinarios. Obras de infraestructura descollantes. Por qué no, un Tren Bala incluso. Pero ahora estamos volviendo a la administración estatal ferrocarriles en pésimo estado, protagonistas de un sino trágico.

El túnel del tiempo
Pero todo esto ya lo hemos vivido. Entramos nuevamente en el túnel del tiempo de un estado que dará dos manos de pintura a los vagones, cortará un par de cintas de inauguración de cualquier cosa y apenas pasen un par de meses, todo volverá a ser como antes y continuará el deterioro interminable.
Y continuaremos acumulando déficits crecientes. Los ferrocarriles se transformarán en un seguro de desempleo, tomarán gente con holgura y, cuando el estado quiera hacer un reordenamiento, vendrán las huelgas en defensa de la fuente de trabajo. Déjà vu.
Argentina parece condenada a repetirse a sí misma una y otra vez. Podemos cometer todos los errores del mundo total después llega, justo a tiempo, una cosecha salvadora. Y de vuelta a comenzar.
A los argentinos la Historia nos transcurre en vano. No hemos aprendido nada de nuestra etapa superestatista. Ni de los noventa tampoco. No pudimos comprender que un gobierno que privatizó, desreguló y paró la inflación consiguiera el apoyo popular. ¡Cómo podía ser! ¡El neoliberalismo con votos!
Cuando estalló la convertibilidad, los populistas adjudicaron el hecho no a la inviabilidad de atornillar el tipo de cambio durante una década sino a todo lo contrario, a los avances de la libertad económica. Los años prósperos gracias a los precios de los commodities agrarios nos hicieron creer que el estado podía agrandarse nuevamente sin límites y sin pagar las consecuencias.
Pero ahí está la inflación. Implacable. Ahora, los ingresos reales de los asalariados comienzan a declinar. Y el superávit fiscal ya ha desaparecido. La deuda pública crece a fuerza de adelantos del Banco Central y el uso de los fondos de la Anses. Las facturas de diez años de expansión populista son presentadas puntualmente en ventanilla.
Pero el gobierno no entiende el mensaje. O bien, quiere dejar el campo minado a quien venga después. De ningún otro modo puede explicarse que insista en la estatización. Es pensar que el estado, que no supo controlar a los concesionarios, ahora pretenda administrar por su cuenta las empresas ferroviarias.
Esto resulta imposible en general, como lo demuestra la historia argentina en el transcurso de varias décadas, con distintos gobiernos, civiles y militares. Pero, además, resulta especialmente complicado ahora, con un estado saturado de problemas, subsidios y gastos. La abundancia de recursos ya ha terminado. Esos años de gloria ya han pasado. La economía no tiene la lozanía de los primeros años del siglo, con un tipo de cambio sobrevaluado y recursos cuyo agotamiento no se veía en el horizonte.
Uno puede pensar que la estatización de estas líneas ferroviarias es parte de la campaña electoral. Es probable que la presidenta piense que los FFCC en manos del estado sean algo que el pueblo ve con agrado. Dudamos que sea realmente así.
El gobierno no inauguró el Tren Bala que había prometido con bombos y platillos hace algunos años sino que, silenciosamente y con un decreto perdido en el Boletín Oficial, se apoderó nuevamente de un par de líneas desvencijadas.
Como frutilla del postre, el ministro del interior admitió que el “transporte es una deuda de este gobierno”. Loable gesto de sinceridad, por cierto. Pero el camino elegido para saldarla no parece apropiado.