Massa y el posperonismo

Por Gonzalo Neidal

p13-1[dc]C[/dc]on el paso de los días se han ido conociendo las reacciones de los dirigentes peronistas respecto del triunfo de Sergio Massa en las PASO del 11 de agosto.
Pues bien, a ninguno de los presidenciables le gusta Massa. Esto está claro e incluye también a Mauricio Macri. Los peronistas prominentes e históricos, que genéricamente podríamos llamar como los de la generación de los ’70, lo miran con desconfianza y recelo.
Hace pocos días se conocieron declaraciones de Daniel Scioli tirándole onda al gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota y contraponiendo su peronismo con la situación de Massa al que cuestiona por su condición de advenedizo y su acuerdo electoral con Macri. El gobernador de Buenos Aires siente que puede pararse en la puerta de entrada del salón peronista y reclamar credenciales a quien aspire a entrar.
Por su parte, Julio Bárbaro tuvo palabras similares, aunque desde otra fracción: la del peronismo no cristinista. Bárbaro era un joven militante en los años setenta. Integró el grupo de los diputados que disentían con Perón y conqueteaban fuertemente con la guerrilla montonera. Luego volvió al poder con Carlos Menem, de quien se alejó. Posteriormente estuvo a cargo del COMFER en tiempos de Néstor Kirchner, al que luego abandonó. Ahora es crítico de Cristina y trabaja con De la Sota. Pues bien, Bárbaro se muestra más inclinado hacia Scioli, que hoy por hoy es un fervoroso cristinista y toma distancia de Massa, que marca claras diferencias con el gobierno nacional.
Francisco De Narváez, por su parte, tiene importantes motivos para sentir animosidad hacia Massa. Antes de los comicios, lo acusó de ser una variante del kirchnerismo. Luego reflexionó acerca de la proporción de semejante dislate y se calmó un poco. Secretamente atribuyó el éxito del hombre de Tigre a sus modos poco confrontativos y entonces decidió suspender su campaña “Ella o vos”, a la vez que bajó el tono de sus cuestionamientos al gobierno nacional.

Pase a retiro
Es difícil para la generación de políticos de los setenta, que hoy bordean edades cercanas a ese número, aceptar de buen grado la irrupción exitosa de Massa. De apenas 41 años, su ascenso a la cúspide del poder supondrá, muy probablemente, el pase a retiro de la generación anterior, la que hoy gobierna. Massa tenía dos años de edad cuando Perón murió y apenas 11 cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia. Era un joven de 18 años cuando Cavallo lanzó la convertibilidad y, además, militaba en el liberalismo.
Las objeciones planteadas acerca su carencia de pergaminos y trayectoria es bien válida, por supuesto. Los peronistas setentistas son propensos a la mística, los bronces y los recuerdos. A los galardones de lucha y resistencia. A los relatos sobre hechos heroicos de los tiempos de proscripciones y golpes de Estado. A memorar las viejas luchas en largos asados con pausas para varias marchas peronistas entonadas con voces roncas y emociones ayudadas por la ingesta copiosa.
Pero Massa es de otra generación, que no vivió esos años de plomo y terror. Es un producto político de los tiempos de democracia. Para bien y para mal. Sólo sabe de votos, padrones, internas, fiscales y escrutinios. ¿Es eso una debilidad o una virtud? Depende de cómo vengan repartidos los naipes de la política futura.

Massa como invento
En gran parte Massa es una fantasía construida por sus propios votantes. Son ellos quienes lo han colmado de atributos y cualidades cuya existencia efectiva no está certificada. Es un invento de los votantes para cerrar el ciclo de Cristina.
Esto es algo que no alcanzó a comprender Francisco de Narváez. Tras ganar los comicios de 2009, se apresuró a consultar a constitucionalistas para que estudiaran su caso y dictaminaran si él, nacido en Colombia, podía aspirar a la presidencia de la Nación.
Luego miró desde arriba del caballo a todos quienes se acercaban con intención de alianza y acuerdo. Pensó que la gente lo votó a él y no lo que él significó en ese instante histórico: la oposición a Néstor y Cristina Kirchner.
Si Massa ratifica su triunfo en octubre deberá mirarse en ese espejo y comprender que él no es nada más (ni nada menos) que un simple instrumento de los votantes de hoy para golpear a Cristina. Y para rechazar todo lo que su gobierno significa: desde las cadenas nacionales, hasta Guillermo Moreno. Desde la corrupción hasta Amado Boudou. Desde la inflación hasta Hebe de Bonafini y Ricardo Jaime.
Es probable que a Massa le toque la tarea de enterrar en forma definitiva a una generación de políticos inmersos en la lógica del peronismo fundacional. Massa se ahorró la Resistencia, Ezeiza, los Montoneros, López Rega, la Triple A, los años de plomo y el resto de la historia que vive a flor de piel en los peronistas setentistas.
No es un peronista de la UES sino de la Ucedé.
Más que peronista, es un posperonista.
Los que recelan de él deberían preguntarse y responderse con sinceridad de quién se sienten ellos más cerca.
Si de Cristina o de Massa.