Desequilibrios poselectorales

Por Gonzalo Neidal

DYN14JPGLa verdad es que uno no sabe si tomar en serio algunos dichos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Algunos de ellos son tan desopilantes que parecen pronunciados por una persona que, al menos en este momento, no cuenta con la plenitud de sus atributos y equilibrios psíquicos y emocionales.
Pero se trata de la presidenta de la Nación. Y el hecho de que se interne con tanta facilidad en los terrenos resbaladizos de la furia y la sed de venganza es revelador tanto de la estructura como del funcionamiento del poder bajo el populismo.

El poder concentrado
En el sistema populista no hay debate, no hay discusión. Cierta vez un ministro deslizó que “con Cristina no se discute, se la escucha”. No lo dijo como una crítica sino como una simple descripción acerca de cómo funciona el poder kirchnerista. El populismo se siente vehículo de una revolución transformadora y este hecho justifica ante sus ojos la búsqueda del poder total.
No existe gabinete de ministros. Es apenas un cuerpo de simples aplaudidores de las ocurrencias presidenciales. El parlamento se limita a sancionar, sin modificar una coma, lo que baja del Poder Ejecutivo. Pero, además, el populismo necesita que no existan jueces díscolos y que la prensa no ose criticar sus políticas y desmanes. Demanda todo el poder.
La presidenta no consulta sus decisiones. En el concepto populista del poder los críticos no tienen lugar: deben irse. De tal modo que la cúspide del poder queda integrada por hombres y mujeres que han renunciado a ejercer su espíritu crítico pues perciben que cualquier opinión autónoma los expulsaría del gobierno.
Estos mecanismos de consenso forzado, de asentimiento funcional, son propios de los sistemas autoritarios. El populismo no acepta filtro ni condicionamiento alguno al ejercicio del poder. Quien ose aconsejar un matiz distinto a aquél con que el poder es ejercido, entra en desgracia. Por eso la presidenta se nos aparece fuera de quicio ante las cámaras, llena de furia y exhibiendo una fragilidad emocional inconveniente incluso para su propio interés.
La abdicación del espíritu crítico no alcanza sólo al grupo de colaboradores más estrechos (lo que resultaría en todo caso opinable) sino también a la intelectualidad que rodea e impulsa “el modelo”. En muchos casos se trata de hombres y mujeres de la cultura que se han hecho un espacio en el presupuesto y han generado una dependencia que va mellando su rebeldía. Así, ante hechos ya desopilantes como el reciente discurso presidencial en Tecnópolis, miran para otro lado y hacen un silencio muy conveniente para su economía personal.

Partidos y clases sociales
La furia de Cristina con Massa alcanzó en Tecnópolis niveles inusitados para su investidura. Hasta ahora, la presidenta y todo el elenco de su gobierno, ante cualquier discusión esgrimían un argumento invencible: somos el 54%. En otras palabras: hacemos lo que hacemos porque representamos a la mayoría de la población, que nos ha conferido mandato para hacer y deshacer. Y solía agregar, con sorna, que al que no le gustara lo que ella estaba haciendo, que forme un partido, gane las elecciones y llegue al poder.
Pues bien, eso es lo que –en cierto modo- ocurrió el domingo pasado: Sergio Massa armó un partido, se presentó a las elecciones primarias legislativas y ganó. Obtuvo más votos que ella y sus candidatos. Es verdad: todavía no son las elecciones propiamente dichas. Serán en octubre y el resultado puede cambiar. Esto es cierto. Pero las primarias tienen un fuerte poder indicativo que no se puede ignorar.
Ante la derrota, la presidenta dice que quiere debatir. Cuando tenía el 54% no quería hacerlo. Ahora, con el 26%, la humildad ha tocado a su puerta y se muestra dispuesta a la discusión. Y aquí lo sorprendente: Cristina, que siempre ha cuestionado el poder de las corporaciones, ahora quiere debatir con ellas, a las que le adjudica el rol de titiriteros del candidato triunfador en las elecciones de Buenos Aires.
Massa pasó a ser ahora un representante de las fuerzas económicas más poderosas del país: los grandes industriales, los productores agropecuarios, la gran prensa, el Imperio. Y Cristina quiere debatir con ellas, no con su supuesto representante político.

El desdén por el voto popular
¡Curiosa idea sobre el poder! Más allá de que Massa represente o no los intereses económicos que Cristina le adjudica (pensamos que ella exagera con la intención de construir un nuevo enemigo político, con perfiles de monstruo), el intendente de Tigre ganó con el voto popular. Lo votó el pueblo, fuente de poder siempre aludida por Cristina. Pero ahora el voto popular no parece tener importancia porque Massa vendría a ser una suerte de empleado de los más oscuros poderes que quieren derrotar a Cristina y, con ella, al país.
Al calificar a Massa de “suplente”, de mero títere de intereses corporativos, Cristina no sólo deja de lado al pueblo que lo votó sino que también revela su concepto del poder. Los votantes son estúpidos que no se dan cuenta que ella y su gobierno están llevando al país hacia un destino de grandeza, o bien se dejan influenciar por la prensa monopólica que lava sus cerebros y orienta su voto. Uno podría preguntarse entonces por qué en 2011 ella fue inmune a este maleficio mediático y hoy ya no lo es.
Durante años Cristina usó el favor del voto como una especie de escudo que invalidaba toda crítica opositora. Con el 54% a su favor, quien hablara en su contra era una minoría integrada por enemigos del país. Ahora, con el 26% su fuente de legitimidad ya no son los votos sino su presunta condición de abanderada del interés “nacional y popular”. Si Massa es sostenido por el poder de las corporaciones, cabría preguntarse qué fuerza social sostiene a Cristina. ¿Los trabajadores? Al menos los sindicalizados, no parece. ¿Los que proveen de divisas al país y de fondos al estado? No parece que el agro la apoye. ¿Los industriales pequeños? ¿Los empleados públicos? ¿Los beneficiarios de los millones de planes sociales? En definitiva, ¿en qué fuerza social se apoya el gobierno? Podríamos hacer una pregunta aún más directa: ¿qué es más Nacional y Popular, el 26% o el 74%?

Perico, Necochea, el Calafate, la Antártida
El discurso presidencial alcanzó niveles de desvarío al aludir una manipulación de la prensa monopólica para ocultar el triunfo del gobierno en lugares como la Antártida y la comunidad Qom.
La presidenta no reparó que esa intención de ocultamiento –de haber existido realmente- también alcanzó a la prensa oficialista pues ni Página 12 ni los canales y programas de radio y TV que adhieren al gobierno hicieron demasiado hincapié en triunfos tan rutilantes.
Cuando el kirchnerimo perdió en 2009, la presidenta aludió a su triunfo en El Calafate con cierto tono humorístico. Menem, ya en el tobogán se había jactado con ironía de su victoria en Perico y, todos recordamos, Alberto Rodríguez Saá en 2003 hizo famosa una urna de Necochea donde su hermano, candidato presidencial, había triunfado por amplio margen.
Pero lo de la presidenta fue en serio: consideró un ocultamiento con intención dañina que no se publicara noticia tan insignificante. Mientras tanto, los intelectuales K hacen silencio y ninguno se atreve siquiera a sugerir que su reina está desnuda.
Debemos prepararnos para presenciar, en los dos meses que siguen y probablemente en los dos años que vienen a continuación, a algunos episodios grotescos.
Son los que suelen acompañar los hundimientos de regímenes cuyos protagonistas le adjudican una duración centenaria.
Advertir que lo que se creía eterno ha resultado efímero, puede desequilibrar a cualquiera.