Educación y economía, la regla es romper el termómetro

Por Gabriela Origlia

p13-1[dc]“H[/dc]ay quienes piensan la educación comparada en términos de ranking, para ver los que están mejor o peor, nosotros pensamos que es un camino mucho más amplio y generoso”. La frase es del ministro de Educación nacional, Alberto Sileoni al abrir el XV Congreso Mundial de Educación Comparada. Es un cuestionamiento a las evaluaciones internacionales como la PISA (Programa Internacional de Evaluación de Alumnos de la OCDE), de las que Argentina viene participando desde el 2000 con notas que van empeorando. En el arranque el país era el mejor ubicado de Latinoamérica, en la última edición (2009) ocupó el sexto lugar en la región. Chile, Colombia y Brasil son los tres que más mejoraron en el mundo.
Las declaraciones del Ministro –quien pidió una “regionalización” de las pruebas- no deberían sorprender porque están al tono con lo que pasa, por caso, en la economía. En los últimos años el “modelo” optó por romper los termómetros cuando las mediciones no se ajustan a sus deseos. Así el Indec es hoy una suerte de ábaco desarmado en el que no creen ni los propios funcionarios. El ministro Hernán Lorenzino lanzó su célebre “me quiero ir”cuando una periodista griega lo empujaba a dar la inflación real del país.
Las mediciones –mal que le pesen a cualquiera- sirven para establecer parámetros y objetivos. En el caso de las pruebas Pisa, hay países que establecen sus metas educativas a mediano plazo en función de llegar al promedio de los resultados globales. Puede que no sea la biblia de la educación, pero es una guía que sirve para saber dónde se está parado, cómo se está respecto de otros y –si así se decide- a dónde se quiere llegar.
En el caso de la inflación, la destrucción de la credibilidad del Indec terminó generando la peor consecuencia posible para el Gobierno: que las expectativas de la gente hoy estén por encima, incluso, de las mediciones privadas. Con el fin de las mediciones oficiales se eliminó un ancla para las proyecciones. De hecho, las encuestas que realiza la Universidad Torcuato Di Tella da una expectativa del 30% para el año cuando, en el peor de los casos, las consultoras plantean el 25%.
El otro aspecto mencionado por Sileoni también es coherente con lo que está pasando en la economía. El titular de Educación pidió “regionalizar”la prueba PISA que es estandarizada, se hace cada tres años y cubre las tres áreas principales de competencia de lectura, matemáticas y ciencias naturales. Da la impresión de que el funcionario cree que los alumnos argentinos nunca podrán ampliar su preparación en otro lugar o competir por un puesto con alguien formado fuera del país.
En materia de comercio exterior, aunque no hay PISA, sí hay cepo, restricción a las importaciones, direccionalidad a las exportaciones en función de intereses políticos cambiantes. Argentina se ha convertido en un país cada vez más “ensimismado” en el marco de un mundo cada vez más competitivo (u “hostil” como lo definió la presidenta Cristina Fernández). El problema no pasa por la elección, sino porque el esquema está haciendo aguas y hay inconvenientes que, con el tiempo, se hacen más complejos de solucionar.
Otro punto en común que parece haber por estos días entre la educación y la economía argentina es que en los dos campos se perdieron algunos“rótulos” históricos. Por caso, los estudiantes nacionales lucían el mejor posicionamiento en la región mientras que Argentina era el “granero” del mundo. Hoy las pruebas PISA marcan serios problemas de comprensión y los molineros hacen firuletes para conseguir trigo mientras que el pan se está convirtiendo en un artículo suntuario.
Un estudio del Instituto Di Tella, elaborado por Alieto Guadagni, marca que el rol integrador de la universidad argentina se ve frustrado por la carencia de un sistema secundario universal ya que, mientras más del 75% de los adolescentes pertenecientes al quintil de más altos ingresos concluyen el nivel secundario, apenas lo hace el 24% del quintil inferior. Es una medición más, pero útil para saber a qué áreas destinar esfuerzos y presupuestos.
Es paradójico que, mientras la Presidenta en sus presentaciones se florea con cifras y estadísticas de los últimos diez años, los integrantes del gabinete vayan destruyendo termómetros si la temperatura no los satisface.