Sobre alianzas y otras quimeras

Por Gonzalo Neidal

macriAlgunas encuestas registrarían, por parte de amplias franjas de votantes que no comulgan con el oficialismo, una demanda para que la oposición unifique su oferta electoral, para que se presenten unidos al momento de enfrentar al kirchnerismo. Es la opinión de no pocos comentaristas políticos que incluso llegan a explicar el triunfo de Cristina Kirchner en 2011 por la falta de unidad de la oposición. A juicio de estos analistas ha sido esta dispersión la causa de la prevalencia kirchnerista en estos años.
¿Será realmente así? ¿Será el predominio K una consecuencia de la falta de unión de los partidos opositores o se deberá a razones más sólidas? Hay varios aspectos a considerar para aproximarnos a una respuesta a esta pregunta.
¿Qué es lo que repugna a la oposición del gobierno K? Básicamente su intención de concentrar poder, de permanecer en el gobierno más allá de los actuales límites constitucionales, su poco respeto a las instituciones, sus avances hacia el poder total. Sin embargo, estas diferencias son de factura reciente. No hay que olvidar que la política de Néstor Kirchner luego continuada y profundizada por Cristina, sedujo a numerosos políticos que hoy militan con fervor en la oposición y teorizan contra los males del gobierno actual.
Roberto Lavagna, por ejemplo, integró el gobierno hasta que fue despedido por Kirchner del Ministerio de Economía en 2006. Luego de enfrentar a Cristina en las presidenciales de 2007, se ofreció para sumarse a la mesa de conducción del PJ pero en ese momento se desató el conflicto con el campo y la historia cambió.
Casos similares son los de Felipe Solá, Julio Bárbaro, Jorge Yoma y Alberto Fernández, todos ellos kirchneristas de la primera hora, distanciados también a partir del conflicto con el campo pero siempre cercanos al gobierno hasta los últimos meses en que han tomado distancia, pues perciben el declive de la estrella K.
Una parte del radicalismo
coincidió con el gobierno. Antes del voto “no positivo”, Julio Cobos y un sector importante del radicalismo se sumó al proyecto K pues veía en él varios aspectos que de un modo u otro eran reivindicados históricamente por el radicalismo. Uno de ellos, el ataque a los militares que reprimieron a la guerrilla. Otro de los aspectos es esa suerte de nacionalismo económico genérico según el cual es muy bueno que el estado administre los recursos naturales y los servicios públicos pues ello es un síntoma de patriotismo indubitable.
Ni qué hablar de Sergio Massa y Daniel Scioli, alfiles políticos de Néstor y Cristina durante toda la década, que si bien no formaron parte nunca de la “mesa chica”, fueron referentes importantes de la estructura K.
También los socialistas y el partido de Elisa Carrió tuvieron importantes desprendimientos individuales que fueron a engrosar las filas del kirchnerismo. Algunos de ellos luego regresaron horrorizados. Otros no.
Muchos de ellos son los firmes sostenedores de la curiosa teoría “Néstor bueno, Cristina mala”, que ya en su enunciado ofrece un compendio de todo su desarrollo: todo iba bien con Néstor pero se pudrió con Cristina. Néstor era más político y realista, Cristina más ambiciosa y errática.
No es casual que muchos de los miembros de la oposición votaran leyes decisivas de este gobierno. El increíble Pino Solanas ahora deambula horrorizado por todos los canales de TV pero su partido levantó la mano para respaldar la Ley de Medios del gobierno, al igual que algunos socialistas. Igual fue en el caso de las estatizaciones de YPF, las AFJP y Aerolíneas Argentinas. En este caso incluso se sumaron varios radicales.
En estas leyes fundamentales, entonces, funcionó la unidad. Pero una unidad constituida por el gobierno y varios miembros de partidos de la oposición.
Estos hechos, que no nos cansamos de señalar, son los que explican las dificultades que supone unir a la oposición. ¿Cómo podrían unirse partidos cuyos integrantes piensan distinto en muchos aspectos importantes? Unos, por ejemplo, creen –al igual que el gobierno- que es bueno que el estado tome a su cargo áreas crecientes de la economía. Otros, en cambio, no piensan así. Y así con otros aspectos de las políticas oficiales: derechos humanos, relaciones con la Iglesia, relaciones exteriores, vínculos con Cuba y Venezuela, etc.
Es muy difícil que la oposición pueda juntar, en una única oferta electoral, a Mauricio Macri y Hermes Binner, o a Elisa Carrió y los peronistas no K. Poco tienen en común y muy difícilmente pueda avanzarse sobre coincidencias que no existen.
Pero además, las elecciones que vienen no son presidenciales sino legislativas. En ellas, es habitual que el voto se disperse y está bien que así sea. Muchas veces las uniones electorales no arrojan como resultado la suma de los votos de cada uno de sus miembros. A menudo restan pues muchos que están dispuestos a votar al candidato A, desisten de hacerlo si éste se presenta aliado al candidato B. Al presentarse por separados, capturan ambos votos y los mantienen en la oposición, restando al oficialismo. Distinto sería, claro está, en caso de elecciones presidenciales donde la unificación tiene otro sentido y puede ser decisiva.
Los motivos del apoyo popular a Cristina no tienen que ver, en lo esencial, con la inexistencia de una oferta electoral unificada por parte de la oposición. Como ya dijimos, muchos de los integrantes de ésta, eran más proclives a una alianza con el gobierno que con otros partidos opositores. Los Kirchner, sucesivamente, desplegaron una política de despilfarro populista en un momento de gran abundancia de recursos provenientes de una coyuntura histórica inédita que benefició a todos los países de la región. Los excesos en este camino, provocados por la necesidad de contrarrestar el conflicto con el campo, es lo que explica las actuales y crecientes dificultades y, en consecuencia, el desgaste del gobierno, que lo desliza hacia fuera del poder.
Los gobiernos no caen porque sus opositores acierten con una estrategia de alianzas electorales. Se derrumban por el peso de sus propias contradicciones internas. Es el desarrollo de su programa lo que los lleva al agotamiento. Así fue con el propio Perón, con el régimen soviético y así está ocurriendo también con el chavismo y el régimen cubano. Han agotado sus posibilidades y nada tienen ya para ofrecer, ni siquiera como ilusión.
En tal sentido, la más dura oposición que tiene Cristina es su propio programa de gobierno.