El populismo: del Tren Bala al Sarmiento

Por Gonzalo Neidal

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La distancia entre El Relato y la realidad es la misma que existe entre el Tren Bala y el Sarmiento. Entre la maqueta y los hierros retorcidos.
Un gobierno que ambiciona todo el poder podría, al menos, ser eficiente en el control y el funcionamiento del sistema de trenes.
La palabra “accidente” no le cabe al nuevo choque en el Sarmiento. Se trata de un deterioro que lleva décadas y que es producto de la desinversión.
Presto, al incorporar a su ministerio el área de Transporte, el ministro Florencio Randazzo se apresuró a pasarle una mano de pintura a locomotoras y vagones. Porque lo que importa es la apariencia. Pero se ha comprobado, lamentablemente, que una buena pintura no mejora el sistema de frenos. Y nuevamente tenemos muertos y heridos. Un drama simbólico: un joven inició su viaje en tren con dos piernas y llegó a destino con una sola. Así funcionan los trenes en la Argentina desde hace años.
El gobierno eligió una política hacia los servicios públicos: dejar las tarifas a precios irrisorios “para beneficio del pueblo” y postergar la inversión que mantenga adecuadamente el material rodante y lo mejore. Es una decisión política cuyos resultados están a la vista en materia de trenes y de otros rubros como energía y petróleo.
El consumo barato por encima de la inversión que asegure la provisión de los bienes y servicios. Eso es el ABC del populismo. Con el pretexto de defender el bolsillo del pueblo, lo que se logra a lo largo del tiempo son los choques, los muertos y los heridos. También, el desabastecimiento petrolero, la crisis energética y de balanza de pagos. Sobreviene la falta de dólares, el control de cambio y el mercado negro. Las leyes económicas se toman venganza.
El mensaje de esta política es: te doy boleto barato pero, de tanto en tanto, tendrás siniestros por falta de mantenimiento.
En estos años, Argentina tuvo ingresos formidables provenientes del singular momento económico que comenzó hacia 2002. Ha sido un tiempo para realizar grandes inversiones en infraestructura, transporte, servicios. En tal sentido, el Tren Bala no era una obra imposible. Teníamos los recursos para hacerla. Pero el dinero tomó otro rumbo, ligado al consumo barato para colectar votos. Los subsidios del estado pasaron de ser insignificantes a ser sustanciales en la ecuación de costos de los concesionarios ferroviarios.
Pero además, por sobre todo este drama sobrevuela la corrupción. Los funcionarios encargados de los controles a los privados que explotan el servicio no han cumplido sus funciones en defensa del patrimonio público. Los fondos aportados por el estado no fueron a los destinos indicados. Los controles fueron removidos o, cuanto menos, deficientes.
Pero no hay responsables hasta el momento.
La presidenta confesó que siente “bronca e impotencia”. ¿Bronca contra quien? ¿Contra el maquinista? ¿Contra Randazzo? ¿Contra el servicio de mantenimiento de frenos? ¿Contra quién?
La demagogia siempre termina en catástrofe si es que se la prolonga el tiempo suficiente. La inversión y sólo la inversión es lo que asegura la acumulación del capital, la mejora tecnológica, el adecuado mantenimiento, la renovación del material rodante y la extensión de los servicios a un nivel de calidad creciente. Nada hay que inventar al respecto. Si no se invierte, el deterioro es inevitable. Y sólo es cuestión de tiempo que se produzca un desastre.
El populismo en estado puro supone privilegiar el corto plazo (el consumo) sobre el largo plazo (la inversión). Eso siempre conlleva a la acumulación de problemas para el futuro. A veces le estallan al gobierno siguiente. A veces, con más justicia, al propio gobierno que ha generado o agudizado el problema.
En cierto modo, en este choque de trenes están todos los elementos del ADN del gobierno populista de Cristina: ineficiencia, desinversión, corrupción. Y relato. El relato fue el Tren Bala. Para la tribuna. Para las cámaras de TV y los flashes. La realidad es el Sarmiento.
Todo el discurso estatista naufraga si el gobierno no es capaz de hacer que los trenes funcionen bien tras diez años en el poder. ¿Tan difícil es supervisar el mantenimiento de locomotoras y vagones? ¿Tan complejo es trasladar diariamiente cientos de miles de personas entre la Capital Federal y el conurbano bonaerense?
Podríamos decir que, en materia de trenes, la “década ganada” no se nota demasiado.
El gobierno debería proponerse cumplir, aunque sea, con la prédica del filósofo contemporáneo Luis Barrionuevo. Debería tratar de no chocar trenes al menos por dos años.
No es un objetivo asaz elevado. Pero por algo se empieza.