La última brazada

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

2013-06-06CONTRATAPA[dc]D[/dc]icen que Esther Williams siguió sumergiéndose hasta casi su último día en la pileta climatizada de su casa, que funcionaba gracias a la energía solar. La actriz, fallecida ayer a los 91 años, había sufrido una caída que la obligó a utilizar una silla de ruedas para desplazarse, pero que de ninguna manera le impidió nadar, una pasión que cultivó desde pequeña y que la ubicó en la cima del estrellato, donde compartió cartel con las deidades de Hollywood.
Debe haber sido una época formidable aquella en la que la industria cinematográfica performó las características que iba a tener de allí en más el séptimo arte. Los pioneros ya habían realizado el trabajo sucio de ensayar y errar. Llegaba entonces el momento de los aciertos; de construir ídolos y de relatar las grandes y pequeñas historias mediante el viejo truco de las imágenes en movimiento. El lenguaje del cine había atravesado con mérito la etapa del balbuceo, para ingresar de lleno en el floreo de los discursos que todavía nos siguen conmoviendo.
En esa instancia de deleite universal con las películas, tal vez los productores advirtieron que con los actores no era suficiente. Y empezaron a buscar en otros ámbitos aquellos candidatos a figuras que estuviesen dispuestos a aprender rápidamente el abecé de los rodajes para lanzarse en una carrera desenfrenada hacia la fama, a la que solo parecían tener derecho los que habían hecho su experiencia sobre las tablas.
Durante los años 30, la natación había servido como trampolín (valga la obviedad de la expresión) para el atleta austríaco Johnny Weismüller, dueño del récord mundial de los 100 metros estilo libre y ganador de tres medallas de oro en los Juegos Olímpicos de París de 1924 y de otras dos en las de Amsterdam en 1928. Semejante esfuerzo le valió un reconocimiento universal, que llegó hasta los oídos de los gerentes de las grandes compañías hollywoodenses, siempre atentos a las tendencias del afecto popular.
Ipso facto, en 1932 el fornido deportista emergió de la pileta para –delante de las cámaras- colgarse de las lianas, abrazarse a los monos y enfrentarse a los cocodrilos más ásperos con apenas un cuchillo y sus propios puños. El día que Weismüller se calzó el taparrabos de Tarzán, hasta el propio autor de la saga, Edgar Rice Burroughs, se sacó el sombrero: el personaje de ficción había cobrado vida y nadie podría predecir hasta dónde llegarían sus aventuras en la selva.
Diez años después de aquel hallazgo, el ex nadador olímpico llevaba rodadas seis películas de Tarzán, en una seguidilla que conformaba un suceso inédito dentro de la fábrica estadounidense de fantasías. En la cima de sus aspiraciones, Weissmüller hizo las valijas y se mudó a la RKO, dejando a la Metro-Goldwyn-Mayer sin sus chapuzones.
A un productor que trabajaba para esta firma se le encendió la lamparita y recordó a una agraciada joven que había conocido como modelo publicitaria, aunque ella exhibía un historial de nadadora que no empardaba al de Tarzán, pero la transformaba en una más que digna Jane. Sin embargo, no fue ese el rol que le asignaron a la novel Esther Williams: su irrupción en la pantalla tuvo luz propia y a la segunda película ya se había coronado como la “Sirena de América”.
Su sueño había sido participar de los Juegos Olímpicos de Helsinki, previstos para el verano boreal de 1940. Pero el continente europeo se encontraba en llamas durante ese estío, producto de una conflagración entre el Eje y los Aliados; y la Williams, a falta de medallero deportivo, se mudó a la Costa Oeste norteamericana, donde se acostumbraba a premiar con estatuillas doradas a los que batían récords… de taquilla.
Después de casarse tres veces con el actor argentino Fernando Lamas (entre otros maridos) y de haber filmado los musicales acuáticos más populares del cine, Esther Williams se entregó al dulce exilio de la fama al que muchas estrellas arriban en busca de un descanso. Pero lo que conservó siempre fue su amor por la natación, el mismo que le procuró su pase a la posteridad. Con su última brazada, habrá soñado con la llama olímpica que nunca se encendió, pese al calor de los spots de los estudios y de los flashes de los paparazzi.