No lo soñé

Por J.C. Maraddón
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2013-06-02CONTRATAPASi me preguntan cuál es mi disco favorito de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, responderé sin dudar que para mí el mejor es “Oktubre”, el segundo álbum. Y es que me parece que se trata del más heterodoxo dentro de la ortodoxia ricotera, un registro políticamente incorrecto en el marco de la corrección alternativa que predicó la banda mientras duró.
En esa obra, aparecida allá por 1986, convivían apenas separados por un breve surco de vinilo dos canciones emblemáticas dentro del repertorio de los Redondos. El lado B abría con “Motor Psico”, que con su ritmo cansino se ganó mi preferencia. Y seguía con “ji Ji Ji”, que con el tiempo iba a dar lugar al “pogo más grande del mundo”, cuando el grupo la interpretase sobre el final de sus shows multitudinarios de los años noventa.
Después de un debut discográfico (con “Gulp!”) en el que volcó gran parte de esa provocadora estética cobijada durante años a la sombra del underground, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota consolidó en “Oktubre” una apuesta musical que iba mucho más allá de la irreverencia. Allí, su propuesta adquirió una madurez temprana, que le permitió a la formación ampliar sus horizontes estilísticos, sin por ello perder coherencia.
Después vendrían cuatro discos gloriosos y consagratorios (el último de ellos, doble), en los que la banda encontraría un formato que le garantizó la mayor comodidad para expresarse. Este periodo coincidió en el del ascenso del grupo hacia las cumbres de la popularidad y, por eso mismo, se lo presentó como el sonido ricotero por excelencia, muy propenso a los riffs de rocanrol y a los estribillos de frases punzantes y cuestionadoras.
Y así fue como en sus tres últimos discos, cuando intentaron practicar un viraje hacia otras direcciones artísticas, se toparon con cierta incomprensión frente a esas novedades. Incluso el público, que daba pruebas de una fidelidad incondicional, prefería aquellos viejos himnos, a pesar de que hacía el esfuerzo para dar cuenta de los nuevos procesos creativos que sus ídolos estaban experimentando.
Queda entonces “Oktubre”, allá a lo lejos, como último testimonio de una época en la que los Redondos podían barajar y dar de nuevo sin tener por detrás una ética musical a la cual mantenerse fieles. Tal vez por eso me aferro a ese álbum y encuentro en sus temas una originalidad más intensa que en el resto de la discografía del grupo y que en la mayoría de los artistas de esos años.
Vaya a saber, quizá tenga algo (o mucho) que ver en esa impronta de “Oktubre” el productor del disco, Daniel Melero. Así como luego nadie se atrevería a insertar su nombre dentro de la iconografía Ricotera, en 1986 Melero podía asociarse con las huestes del Indio Solari y, además, transformar a esas composiciones en una obra culminante del pop rock argentino.
Parecía no importar mucho para los Redondos a mediados de los ochenta que Melero viniese del palo de la música tecno, ni que entre sus principales cómplices creativos se encontrase Gustavo Cerati. Si en “Gulp!” los había supervisado el no tan rockero Lito Vitale, ¿por qué en su segundo disco no podían ponerse bajo las órdenes de un músico que encandilaba a los críticos con Los Encargados?
Cuando el miércoles próximo, en la Legislatura porteña, Daniel Melero sea distinguido como “Personalidad destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el ámbito de la cultura”, se mencionará entre sus logros el haber surgido como pionero de la música electrónica en el país, hace más de 30 años. Y se dejará constancia de su padrinazgo sobre la movida sónica de los noventa, que dio lugar a la aparición del Nuevo Rock Argentino, entre otros muchos aciertos que constan en su currículum.
Y a pesar de que coincido en la solidez de esos pergaminos, yo destaco el valor de su presencia allí, entre los créditos de “Oktubre”, como contrapeso de un ricoterismo que todavía no había devenido en religión de masas. Que Daniel Melero haya bajado de su pedestal pop para embarrarse con la visceralidad de los Redondos y que éstos, a su vez, lo convocaran, dio lugar a que viera la luz uno de mis discos más preciados.