Cristina fastidiada

Por Gonzalo Neidal

Cris blog colorLa presidenta está perdiendo la paciencia. Y eso no suele ser bueno para un gobernante. Ayer se la vio un poco fuera de quicio. Aludió a dirigentes de su partido “a los que no les toca nada, nada les llega y todo está bien”. Dijo que la “toman por idiota”. Vociferó también contra la prensa que no critica a esos dirigentes pues ellos “cuentan con protección mediática”.
Se confesó cansada, aunque no de gobernar, según aclaró. Ella se ubicó enfrente: “cuando vos tenés coraje y valor para enfrentar a las corporaciones, las corporaciones te castigan”, estimó.
A su lado, el gobernador de Buenos Aires Daniel Scioli, la miraba sin mover un músculo. El contexto, el tono, las referencias… todo hacía pensar que la presidenta hablaba de él en primer lugar. Y de otros como él.
Cristina siente que Scioli no sale a defenderla, que hace la propia, que sus actitudes pasivas son producto de un cálculo electoral pues ella y todos saben que Scioli aspira a sucederla en el poder.
Está claro que Scioli no la reverencia, no la aplaude (aunque para esto podría alegar algún impedimento físico), tampoco hace gestos aprobatorios. Se limita a poner su pura presencia y su cara neutra. No intenta una sola mueca para denotar su acuerdo hacia lo que Cristina dice. Y esto es lo que la enfurece aún más. ¿Cómo alguien de su entorno, de una vecindad tan estrecha, puede osar mostrarse indiferente? ¡Es inaceptable!
Le enrostró que ella, en ocasión de las inundaciones en La Plata, puso la cara, ayudó. Tácitamente le reclama una reciprocidad que ella percibe inexistente. Si hay una batalla de nervios, en apariencia la está ganando Scioli: nada lo conmueve, nada lo sacude. No le entran balas.
El gobernador de Buenos Aires lo ha dicho: quiere ser candidato a presidente si Cristina no se presenta. Y Cristina tiene un impedimento constitucional para hacerlo. Un obstáculo difícil de sortear. Tendría que lograr una reforma constitucional lo cual no es imposible pero parece muy complicado. Si es así, entonces Scioli ya es un precandidato a la Casa Rosada.
En la estrategia elegida por Scioli, son muy importantes los tiempos. Él cree que podrá saltar del avión pocos metros antes de que se estrelle contra el piso. Esta podrá parecer una imagen exagerada pero es muy ajustada a los sentimientos kirchneristas: la no re-reelección es considerada una catástrofe para el grupo político que gobierna hoy. En su reciente discurso en ocasión de los festejos por diez años de gobierno K, la presidenta fue clara y manifestó su deseo de que exista una década más con su signo político. No quedar habilitada para un nuevo mandato, para quienes van por todo, es una catástrofe.
Y Scioli mira y espera. No se lleva mal con la oposición, ni con los productores agropecuarios. Ya se rehabilitó de su “con la comida no se jode”, pronunciada en medio del paro agrario. Él exhibe buenos modales, comprensión, docilidad, una medida afabilidad. Está en todos los actos de Cristina pero cultiva con pulcritud una imagen distante del estilo presidencial. No se inmuta ante sus diatribas. Conversa con todos. Negocia. Se muestra conciliador y, efectivamente, la prensa opositora al gobierno, no lo ataca. Entre otras cosas porque no criticar a Scioli es un modo de enfurecer a Cristina. Todos lo saben.
Pero Cristina tiene muchos medios de prensa que le son favorables a ella y a su proyecto político. El problema es que casi no los lee nadie. Ni siquiera los propios partidarios del gobierno. Y estos medios atacan a Scioli de manera continua porque sienten que, de ese modo, son fieles al gobierno, que es quien los sostiene con dinero público. Reprochar a los diarios que no critiquen a Scioli es ingenuo. O, en todo caso, sumamente autoritario pues encierra un concepto poco democrático respecto de la libertad de opinión y de prensa.
Pero Cristina, se sabe, lucha contra las corporaciones y a favor del pueblo, según se encarga de recordárnoslo cada día. Ella es la abanderada de los humildes, su madre protectora. Si el poder descansara en otras manos sería terrible para los pobres. Y, claro está, también para el grupo que gobierna.
A medida que pasan los días, es previsible que el fastidio de Cristina crezca. Más aún si las encuestas demuestran una merma de su predicamento. Más todavía si las denuncias de corrupción hacia ella, su marido muerto y su entorno más inmediato, van cobrando credibilidad en la opinión pública.
Todo se va complicando. Y mientras llegan los problemas, Cristina gesticula y se enfurece. Mientras tanto en cada acto público, a su lado aparece una estatua de carne y hueso que no mueve un pelo: Daniel Scioli. Hoy por hoy, para los argentinos, es difícil representarse la imagen de Cristina poniéndole la banda presidencial a Scioli. Pocos pueden imaginarse esa escena. Sería, quizá, la peor que le tocaría vivir a Cristina Kirchner en toda su carrera.
En ese momento, quizá, Scioli se atreverá a mover un músculo: el de Santorini, llamado también risorio.