Paradójico: Kammerath, más nacionalista que Echegaray

Por Pablo Esteban Dávila

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Germán Kammerath

El kirchnerismo reivindica un nacionalismo un tanto demodé, pero nacionalismo al fin. Probablemente impostando su rechazo a los ímpetus globalizadores de la década del ’90, Néstor Kirchner primero, y su esposa después, generaron un discurso de izquierda nacional que, amén de ininteligible desde el punto de vista lógico, produjo más de un malentendido en la política exterior y fenomenales desbarajustes en la economía argentina.
No obstante la enjundia puesta en todos estos años sobre esta pasión nacionalista, el relato presenta fisuras notables. Días atrás, el diario Clarín publicó una nota con el sugestivo título de “Echegaray confirmó que para la AFIP, las Malvinas no son argentinas”. El artículo señalaba que, a la hora de viajar al archipiélago, toda transacción con tarjetas de crédito o débito que se realice en las islas o que implique adquirir un paquete turístico para visitarlas, deben pagar un recargo del 20 por ciento, tal como si se tratara de un viaje al “exterior”. El titular de la AFIP no pudo –aunque quiso– negar esta realidad.
Los kelpers, con este obsequio del equipo económico, siguen disfrutando de los favores que les prodiga el régimen kirchnerista que, por cierto, han sido muchos. En 2005, la cancillería argentina se olvidó de protestar por la inclusión de las Malvinas en el proyecto de Constitución de la Unión Europea. En 2007, el ex presidente Kirchner denunció unilateralmente el Acuerdo de Cooperación firmado entre la Argentina y Gran Bretaña en 1995 que, en los hechos, liberó al gobierno británico de cualquier tipo de obligación de consultar con la Argentina sobre la explotación de recursos hidrocarburíferos y pesqueros en torno al archipiélago. Recientemente, las inconducentes políticas de agresión verbal del canciller Héctor Timerman y de la propia presidente Cristina Fernández dieron el pretexto exacto a los isleños para celebrar un plebiscito que, previsiblemente, concluyó en que su deseo es ser tan británicos como el Duque de Edimburgo. Ahora, Ricardo Echegaray les regala la perlita del 20% de recargo a las compras con tarjetas realizadas en el exterior. Ningún gobierno argentino ha hecho tanto por ellos como el actual. Si pudieran, apoyarían la re–reelección de Cristina a pie juntillas.
Lo extraño es que, desde el punto de vista de los símbolos, el interregno menemista fue mucho más coherente con las pretensiones de soberanía que los furibundos nacionalistas K. Por ejemplo, cuando en junio de 1998 un piloto argentino voló sin autorización a las Malvinas en su avioneta desde Comodoro Rivadavia, el entonces canciller Guido Di Tella observó flemáticamente que “fue un vuelo interno, de cabotaje”, y que la única sanción que podría corresponderle al piloto era una del tipo administrativa, dado que había falseado los datos de su plan de vuelo. Las protestas británicas no pudieron conmover la impecable lógica del ministro.
Pero no sólo la Cancillería guardaba una estudiada política respecto de las islas, sino que el resto de la administración velaba también por la coherencia con aquella política. Una muestra de aquel talante fue la Estructura de Tarifas Telefónicas –aún hoy vigente– dictada por el ex Secretario de Comunicaciones Germán Kammerath en 1998. Aquella norma fijaba una serie de criterios para la determinación de los precios de las comunicaciones de larga distancia nacional y, para el caso de las llamadas a las Islas Malvinas, establecía que tales comunicaciones “se facturarán como Clave 12 Interurbana con un descuento del 50%”. Quedaba claro que, para la Secretaría de Comunicaciones, las Malvinas formaban parte del territorio nacional y que, consecuentemente, las llamadas telefónicas debían ser consideradas como “interurbanas” con un descuento especial.
Aquella decisión implicaba una serie de ajustes en los sistemas de tarifación las empresas telefónicas. El prefijo para llamar a las Malvinas desde cualquier teléfono del mundo no es el +54, el correspondiente a la Argentina, sino el +500. Es claro que desde el punto de vista técnico, el sistema telefónico de las islas no es el mismo que el de nuestro país pero, a pesar de esto, la autoridad regulatoria obligó a las compañías a considerarlas como parte del sistema interconectado nacional. Por supuesto que esto no cambió el status político de Malvinas, pero fue una contribución a la estrategia diplomática de fondo.
Este hecho, evidente por sí mismo, parece extraño a los actuales funcionarios nacionales. Aunque en sus discursos postulen la argentinidad, el antiimperialismo genérico y denuncien el colonialismo británico, sus decisiones burocráticas suelen resultar contrarias a sus encendidas arengas. Esto sucede porque, tanto en materia de política exterior como económica, el gobierno hace agua por todos lados. La consecuencia inevitable es que se produzcan estas contradicciones que no hacen otra cosa que ayudar a los kelpers en sus negativas a considerar cualquier tipo de negociación seria con la Argentina. En el caso de Echegaray, el irresuelto problema de la demanda por dólares hace que la AFIP pierda cualquier perspectiva geopolítica con tal de castigar a los argentinos que, abrumados por la inflación, deciden comprar bienes o servicios nominados en moneda extranjera.
La paradoja de un liberal defendiendo con mayor coherencia los intereses nacionales que un kirchnerista puro y duro demuestra la fragilidad de las categorías conceptuales que se manejan en el país. Durante 10 años se nos ha pretendido hacer creer que desde 2003 gobiernan los únicos capaces de pensar con una lógica nacional y popular, pero los hechos demuestran que todo esto es, apenas, una coartada semántica para aplicar un programa político desconectado con la estrategia de largo plazo que requiere el país.