El baile de Arquímedes

Por J.C. Maraddón
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2013-03-14CONTRATAPA2En ese paisaje de crestas, alfileres de gancho y sillas rotas por el pogo que dejó el punk cuando se aplacó su polvareda, la rubia cabellera de Debbie Harry brilló en su artificialidad hasta iluminar como un faro nuestras existencias. Mientras Siouxsie Sioux deambulaba los escenarios con sus góticas maneras, la flaquita platinada proponía una especie de baile apocalíptico presidido por sus canciones de la nueva ola.
Tras un pasado en el que se le adjudican modales de groupie, Deborah armó la banda Blondie a mediados de los años setenta junto a su sex toy del momento, Chris Stein, al mismo tiempo que el territorio estadounidense era arrasado por la furia de grupos como Dictators, Ramones o Television. Por la tensión rockera con que interpretaron el pop, los miembros de Blondie se anticiparon en varios años a la new wave, etiqueta musical que –cuando finalmente se desencadenara a finales de esa década- los premiaría con la consagración.
Debbie Harry había pasado largamente la barrera de los 30 cuando asumió su estrellato, pero siempre conservó alineadas sus curvas y apeló al maquillaje excesivo para aparentar unos mohines adolescentes que fueron su marca en el orillo. Su atractivo en escena era irresistible, aunque la mayor parte de los fans distribuidos sobre la faz de la Tierra solo pudiese percibir la modalidad encapsulada en videoclips de ese poder de seducción de la cantante.
Más allá de ese notorio punto a favor de Blondie, es obvio que el aspecto musical no le iba en zaga en cuanto a importancia. Y si bien en aquel momento sus sucesivos hits eran considerados productos meramente pasatistas y con poco futuro, varios de ellos han sorteado con comodidad los rigores del envejecimiento y se abrieron camino hacia el Olimpo de los clásicos, donde permanecen jóvenes por siempre.
Algo de esta vigencia tiene que ver con el impacto bailable de esas canciones, que no se contentaron con hacer danzar a sus contemporáneos, si no que lo han seguido haciendo década tras década, montadas sobre el uso intensivo que hacen de sus virtudes los deejays que las incluyen en sus sets como caballitos de batalla. En simultaneidad con el apogeo de la música disco, Blondie se plantó con inteligencia ante ese fenómeno y tomó de ese género algunas pautas del machacar rítmico que tanto cotiza bajo las bolas de espejos.
Allí se podrían rastrear los motivos de la persistencia de aquellos grandes éxitos, que desembocan en el segundo milenio con una lozanía envidiable. Pese a no estar considerada entre las formaciones más populares de la historia del rock, el sonido de Blondie ha atravesado el túnel de tiempo para masajear el oído de las nuevas generaciones, que tal vez no sepan por qué ni de dónde, pero que tararean esas melodías cual si fuesen propias.
Sin ir más lejos, hace un mes hubo una prueba de supervivencia a la que la canción “One Way Or Another”, de Blondie, superó sin problemas. El grupo One Direction, una boy band inglesa que enloquece a las teenagers, grabó su versión de un hit que data de 1979 y actualizó el punch de una pieza que alinea las desprolijidades de la punkitud con un riff de guitarra que estaba destinado a la inmortalidad.
El objetivo solidario de la grabación de One Direction, que se proponía ayudar a la organización Comic Relief a recaudar fondos, le facilitó la posibilidad de que el propio primer ministro inglés, David Cameron, aceptase aparecer en el videoclip. En el estudio, el grupo practicó un mash up del tema de Blondie con “Teenage Kicks”, del colectivo punk irlandés The Undertones.
Cómo llegan a ese territorio musical setentista estos muchachos tan bien entonados, no parece un misterio fácil de develar. Porque la distancia cronológica y estilística que los separa de sus fuentes es demasiado obvia, al punto que la máxima sorpresa de su interpretación es, justamente, que hayan decidido hacerla.
Más que una zambullida de One Direction en el pasado, este renacer de “One Way Or Another” representa una variante artística del principio de Arquímedes. Un artista de moda que se sumerge total o parcialmente en el líquido de los recuerdos, recibe un empuje de abajo hacia arriba que es proporcional al volumen de la evocación a la que apela.