Un periodista del Véneto en la Docta (Tercera Parte)

Concluye la nota que transcribe juicios de Francisco Scardin sobre Córdoba, tomadas de su libro “La Argentina y el trabajo”, aparecido en 1906. Scardin recorrió la capital y localidades provinciales entre 1903 y 1905, donde ya había estado mientras investigaba para su obra previa “Vita italiana nell’Argentina”.

Por Víctor Ramés
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Una panorámica de Córdoba con sus torres religiosas, en base a dos fotos del libro de Scardin.

El libro de Scardin La Argentina y el trabajo combina la mirada a las costumbres, los paisajes, las formas de vida, junto con la descripción de las colonias agrícolas, las chacras, las técnicas agrarias, la ganadería, las grandes estancias, la agricultura, las industrias, los talleres y el comercio, mostrando el carácter de la vida productiva de Buenos Aires y del interior argentino. Aquí extraemos sus impresiones de los capítulos que le dedicó en particular a la ciudad de Córdoba: la capital solo ameritaba, según él, una profusión de alabanzas.

En los párrafos previos, Scardin venía citándose a sí mismo, tratando de transmitir sus impresiones sobre Córdoba a un argentino que lo visitaba en Italia, tomadas del libro Vita Italiana nell’Argentina. Su interlocutor, un porteño, manifestaba desconfianza frente al panegírico que hacía el periodista italiano sobre La Docta, y le expresaba lo siguiente:

“–Dispense Vd, pero muchas veces Vds. los escritores, a la realidad en su expresión absoluta, así como en general la palpamos y la sentimos nosotros, prefieren los vuelos de la imaginación, el lenocinio de la forma, la galanura de la frase, lo que sirve, es cierto, para colorear mucho el sujeto, pero que también despista en laberintos de bonitas palabras al que busque la verdad en toda su positiva desnudez. “



Esto suscitaba la siguiente respuesta del periodista italiano:

Todo lo cual, por consiguiente, sugeríale al amigo la suposición que al tratar de Córdoba hubiera yo exagerado —lo que no es— las tintas del cuadro y hubiese manifestado apreciaciones demasiado hiperbólicas y en desacuerdo con los méritos de la culta ciudad. Él, argentino que jamás había salido de Buenos Aires para ver ni mucho, ni poco, el gran escenario de su patria, no sabía persuadirse que en el centro del ilimitado territorio de la República pudiese subsistir desde siglos atrás una ciudad tan importante.

«Ahora bien; si un argentino, y por añadidura un argentino de expectable posición social me demostraba que conocía tan mal su país en lo que son los más altos exponentes de su civilización ¿qué es lo que sabrán, pues, y dirán de la Argentina del otro lado del océano, aquellos, y son los más, y son casi todos, que tienen ocasión de conocer su existencia solamente por los lacónicos telegramas de los diarios? Mas ¿por qué entonces maravillarse cuando en ciertos libros y revistas europeas, y en narraciones de más o menos fantásticos viajes al través de la Argentina, se leen cuentos y anécdotas que la representan, a excepción de Buenos Aires, completamente abandonada a las costumbres de una civilización inferior, privada en absoluto de justicia, constantemente destrozada por las guerras civiles, huérfana de ciencias, de letras y de artes? ¿Por qué lamentarse, pues, de eso, cuando tan poca cosa se ha hecho y se hace para evitar el pernicioso inconveniente? Cuando jamás se ha pensado nada provechoso ni duradero en el sentido de iniciar —como otros países americanos practicaron ya— una vasta propaganda, sensata, ordenada, disciplinada, aunque onerosa, a fin de que una vez para siempre la República Argentina sea conocida y apreciada en toda Europa en lo que verdaderamente es, en lo que quiere ser y podrá ser? Por ventura ¿las calumnias, las denigraciones, las maldades deben agradar, ser útiles a los gobiernos y halagar su amor propio en vez de herirlo, si jamás complacen, ni son útiles, ni halagan el amor propio de los individuos?”

Por su parte, el hombre de Buenos Aires que visitaba a Scardin en Italia, objetaba también, en contrapartida, una debida consideración sobre la Córdoba frailera, e incitaba de este modo al autor italiano a redoblar su defensa de la docta ciudad.

“—Pues, amigo mío—agregó continuando su interrumpido discurso mi interlocutor– ¿y en dónde ha dejado Vd. el hablar, siquiera brevemente, de las iglesias, de las monjas y de los frailes que en Córdoba—como cuentan—existen en número tan grande?

Eso ya lo esperaba. No hay por lo general quien, al hablaros de Córdoba, no os pinte, soltando la fantasía de la manera más descabellada, a toda la ciudad recorrida de la mañana a la noche por legiones de curas y monaguillos, mientras —según esos romancistas— verdaderos ejércitos de frailes y monjas estarían por su parte encerrados en los claustros para complotar desde allí quien sabe cuántas calamidades en contra del género humano. Bien; que en Córdoba las iglesias falten, es cosa que nadie por cierto se atrevería a decir. Hay muchas y tal vez hasta demasiadas, puesto que no es el número de los templos lo que fortalece la religión sino el espíritu de los creyentes, así como no son las exterioridades aparatosas ni el estrépito de los campanazos, lo que demuestra su fuerza sino la intensidad y la sinceridad de la fe. Pero de esto a sancionar que la ciudad consista nada más que en sus iglesias y en los conventos, y que en ellos tan solo se forje el alma de la sociedad cordobesa, hay mucho que andar. «Sarmiento —nos hace notar a este respecto J. M. Eizaguirre— llamó a Córdoba docta, mística, escolástica, y recordando que hasta el año 1829 no tenía teatro, ni imprenta, ni conocía la ópera, dice que la conversación de los estrados rodaba siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, profesión de monjas y recepción de borlas de doctor. Mas —agrega el esclarecido autor del tan interesante libro titulado Córdoba— el tema señalado por el genial escritor no formaba sino el punto culminante de las conveniencias de una parte de la sociedad de Córdoba, sin formar, lo que muchos creen impropiamente, el espíritu de una ciudad y menos aún el espíritu y carácter de una sociedad). Ahora pues si mi estimable amigo porteño lo permite y a la espera que su proyectada excursión hasta la ciudad de Cabrera le confirme la veracidad de estas palabras, yo me ausento con rumbo a la bonita sierra cercana que desde ha tiempo me invita a deleitar el alma con el espectáculo de sus parajes risueños y encantadores.”