¿Final de la pax virulenta con intendentes radicales?

Ficción o realidad, la escalada promete un nuevo capítulo a partir de hoy.

Pablo Esteban Dávila

El Ente de Municipios de la Unión Cívica Radical fue, durante la gestión de Ramón Javier Mestre, un eficaz elemento de presión. Por un lado, contribuía a darle un sentido más gregario, ecuménico, a los planteos estrictamente municipales que se originaban en la ciudad de Córdoba con destino al gobierno provincial. Por el otro, colaboraba a suministrar una imagen de mayor densidad territorial a la presidencia de la fuerza, encabezada -como todavía lo es hoy- por el exintendente de la capital.

La estrategia, en general, funcionó. El Ente apoyó siempre sin fisuras la dualidad de Mestre en tanto alcalde como mandamás partidario. Asimismo, en su aciago y silente conflicto con Mario Negri, los dirigentes de tierra adentro estuvieron siempre alineados con la conducción establecida en la Casa Radical, un verticalismo que colaboró, igualmente, al blindaje partidario en contra de los excesos del PRO y el propósito, tantas veces resistido, de hacer de Luis Juez el candidato de la fuerza.

Mestre debe de haberse felicitado, más de una vez, por haber apostado fichas a este entramado, pero también Juan Schiaretti consideró el artificio de su opositor como una buena iniciativa que debía legitimar. El Ente, de alguna manera, encauzó un diálogo constructivo con el Centro Cívico, prodigándose recíprocas concesiones sin necesidad de forcejeos mediáticos. Además, y dada la doble estrategia mestrista, muchos de los logros obtenidos fueron gracias a los buenos oficios del exintendente, casi en simultáneo con las duras críticas lanzadas hacia el gobernador por el propio Mestre desde su rol de conductor político.

Este juego de suma positiva podría haber seguido funcionando sin interrupciones pero, también aquí, el Covid-19 medió la cola (o su proteína, dicho sea con exactitud viral). A finales de la semana pasada, una carta abierta del titular del Ente -el intendente de Monte de los Gauchos, Ariel Grich- disparó una serie de eventos inesperados. En su misiva, Grich requiere al gobierno provincial créditos blandos del Banco de Córdoba para afrontar compromisos salariales y la flexibilización de actividades recreativas y deportivas en sus municipios, todo en el marco de la cuarentena en vigor.

El reclamo produjo una intempestiva reacción en el Centro Cívico. Los agravios del oficialismo se resumen en los siguientes: que el gobernador se enteró por los medios de estas solicitudes antes que por boca de Grich y que todo lo que hace al manejo de las actuales restricciones se encuentra encausado pacíficamente a través de la mesa Provincia – Municipios, no existiendo motivo para innovar en la materia.

¿Poca cosa para tanto enojo? Tal vez, pero debe aceptarse que, en lo que hace a la actual coyuntura de aislamiento social, preventivo y obligatorio, sin importar la fase en que se encuentre, los ánimos están caldeados. Tanto el presidente de la Nación como los gobernadores se encuentran recibiendo fuertes presiones para flexibilizar la cuarentena porque hay riesgos por doquier enmascarados bajo la dicotomía “vida versus economía”. Para los oficialismos, especialmente los peronistas, la flexibilización es una demanda que se asocia con la oposición, aunque esto no sea técnicamente correcto ni, mucho menos, justo. Con la pandemia no se jode.

Es probable que la reciente posición del Ente radical haya sido leída en esta clave por el Panal, disparando las reacciones condignas. No sería de extrañar, de la misma manera, que se haya imaginado la influencia de Mestre detrás de estos reclamos, quien intentaría de tal suerte reposicionarse en el escenario político utilizando a sus intendentes como mascarón de proa de sus propias ambiciones.

Ficción o realidad, la escalada promete un nuevo capítulo a partir de hoy. Muestra de ello es que los concejales peronistas de la ciudad de Hernando han pedido que el municipio deje de aportar fondos al funcionamiento de Ente por considerar que se financia con dineros públicos a una suerte de club partidario. El intendente de la capital del maní es Gustavo Botasso, un dirigente muy cercano a Mestre, por lo que la movida es todo un mensaje. Fuentes del justicialismo aseguran que esta iniciativa será replicada en todas las localidades en donde gobierne algún radical perteneciente al foro.

No obstante, y por mucho que la situación haya desbordado, material y espiritualmente, al bueno de Grich, el presidente radical debe de estar agradeciendo la intensidad de la reacción peronista. Si el asunto se agrava, no debe descartarse un comunicado público del comité provincial, deplorando, previsiblemente, el “creciente autoritarismo” del Centro Cívico. La unanimidad frente a la pandemia, no obstante que necesaria al inicio, de prolongarse tiende a ser funcional a los que gobiernan, no a los opositores. Mestre puede que encuentre en entre este episodio el pretexto que necesitaba para marcar diferencias con Schiaretti y dar por concluida, de tal manera, la pax virulenta que caracterizó a Córdoba durante los últimos sesenta días.

¿Intentará el ministro de gobierno, Facundo Torres, poner paños fríos a la cuestión antes de que la UCR la utilice para victimizarse? Es un hecho que su cartera viene articulando razonablemente las inquietudes de los más de cuatrocientos municipios cordobeses en lo que va de la emergencia, una virtud que ha merecido el reconocimiento unánime de parte de aquellos, inclusive de los representados por el Ente. Por tal razón, bastaría que Torres diese por superado el asunto para las aguas volvieran a su cauce, pero no se conoce hasta que punto el disgusto del gobernador podría bloquear algún gesto de magnanimidad de su ministro.

Es seguro que, Schiaretti, como el resto de sus colegas provinciales, está convencido de que está dando todo de sí para que la dura prueba que impone la cuarentena no sea el final de nadie y que, por tal motivo, no merece el tipo de planteos formulados por el presidente del Ente radical y los suyos. Pero, en definitiva, se trata de política, un grupo de riesgo en donde las buenas intenciones suelen infectarse por las pasiones del poder, exactamente igual que el Coronavirus lo hace con los pacientes más vulnerables, sin diferenciar entre oficialistas ni opositores.