Un ciclista en la increíble Córdoba (Segunda Parte)

John Foster Fraser comenzó sus viajes por el mundo montado a una bicicleta, y luego prosiguió recorriendo países a través de medios de transporte más formales. Cada viaje dio nacimiento a un libro, y le dedicó uno a la Argentina, que conoció en 1913, permaneciendo entonces algunos días en la ciudad de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Carretas rumbo al mercado de Córdoba, del libro de Foster Frazer, 1913. Foto A.W.Boote & Co., Buenos Aires.

El escocés John Foster Fraser ganó buena experiencia como periodista, ya que ejerció el oficio en publicaciones de Nottingham, Sheffield y Manchester. Pero descubrió lo bastante temprano que su pasión era viajar, para lo que su práctica de la escritura resultó ser el complemento ideal y le ayudó a encontrar el modo de ganarse la vida con un trabajo muy placentero. Se convirtió en viajero profesional y escritor de libros sobre sus experiencias que lo hicieron un autor bastante leído en la primera mitad del siglo XX.

Su mirada de Córdoba expresa las contradicciones propias de la ciudad en aquellos años -que aún las tiene, qué ciudad no es contradictoria-. Su registro de esta capital muestra también cierta ligereza en su observación, por ejemplo cuando comete ciertos errores. En el texto que compartimos confunde, por ejemplo, a la basílica de Santo Domingo con la Compañía de Jesús. Esto no obsta para que sus impresiones y su deriva por la ciudad sean un rico aporte sobre aquel tiempo, aunque sí da cuenta de su paso por los lugares sin profundizar esas impresiones.

Foster Fraser ha disfrutado del contacto con la universidad y los libros en Córdoba, sin que mencione el contacto con las personas que le permitiera palpar el ambiente intelectual que se daba en la ciudad. De su visita al edificio y a la biblioteca extrae la evocación de un aura literaria:



“La Universidad de Córdoba atrae a estudiantes de todo el país. La mayoría de los profesores cuentan con experiencia en universidades europeas, en general francesas. La biblioteca es extensa y variada. Tuve en mis manos hermosas Biblias antiguas, forradas en piel de oveja, reliquias de los españoles antiguos. Hay también una notable colección de viejos mapas, lo que demuestra que los sacerdotes que viajaron hasta aquí eran geógrafos de primera clase. Lo que hay de sentimiento literario en la Argentina tiene expresión en Córdoba. Realmente es el lugar natural de reunión para personas inclinadas a la cultura, para su propio bien. Pero esto no significa que sea un pozo de aburrimiento.”

Luego hace el autor menciones dispares referidas a aspectos de la modernización, y un panorama general de la ciudad en su faz más progresiva.

“Tiene varios periódicos realmente buenos. Hay una gran exportación de lima. Por ser el centro de una gran zona triguera se hace mucha molienda por medio de tecnología eléctrica. La luz y la energía son provistas por una compañía inglesa. Hay una fábrica de zapatos que produce 2.500 pares al día.

(…)

Hay un colegio de agricultura, una hermosa subida a la colina de un parque que provee un panorama a la distancia, una escuela inglesa y otra alemana. Puedo mencionar fácilmente una docena de lugares donde el desarrollo se hace notar, y aun mejor. Lo raro es encontrar estas cosas en pleno corazón de Sudamérica. Por hallarse Córdoba en esa posición, fue elegida por el gobierno como sede del Observatorio Astronómico. Es la Greenwich argentina. La república mantiene el mismo horario de este a oeste y su centro es Córdoba. El Observatorio está a cargo de un equipo de astrónomos norteamericanos.”

El viajero hace una caracterización general de Córdoba y señala el contraste que se respira en ella, mientras encara un acercamiento a los templos religiosos. En este caso surge una confusión: visita la iglesia de Santo Domingo, cuyo nombre se traspapela seguramente al escribir el libro, y atribuye el relato a la iglesia de los Jesuitas.

“Aunque hay muchas pruebas de que Córdoba está despierta, la impresión que queda en la memoria es que se trata de una anticuada ciudad universitaria española perdida en la parte central de Sudamérica. Esto se debe tal vez a que pasé la mayor parte de mi tiempo en los edificios universitarios, o haciendo visitas a las iglesias.

“En la catedral, un viejo cura arrugado y muy amable me mostró la galería de obispos de Córdoba, y sospecho que muchos de esos retratos, como los de los viejos reyes escoceses que adornan los muros del Palacio de Holyrood, han sido pintados a partir de la imaginación, sin conocimiento de la apariencia real de los obispos.

«Fui a la iglesia de los Jesuitas, donde un alegre monje con tonsura me mostró las reliquias. Las personas que tenían reumatismo y que se habían curado por medio de rezos, enviaban brazos de oro, o piernas de plata. Había un pequeño automóvil de oro, obsequio ofrecido por una dama que, tras un tremendo accidente, rezó para salvar su vida, y se obró el milagro. Había una pequeña imagen de la Virgen a la que se le atribuye ser milagrosa. A quienes se inclinan a dudar se les muestra una pila de muletas de quienes entraron cojeando a la iglesia en busca de ayuda de la Virgen y salieron caminando, totalmente curados. La imagen se ve tan fresca como si hubiese sido tallada y pintada el año pasado. Se dice que nadie la ha tocado por casi cuatrocientos años. Fue enviada de España en aquellos viejos días, pero el barco naufragó a mitad del océano. Quienes esperaban la estatua se desesperaron, y se ofrecieron oraciones en la costa pidiendo a la buena Madre que enviara otra estatua. Y mientras oraban, la caja en la que se hallaba la estatua llegó flotando hasta la costa, sin sufrir ningún daño. De inmediato se produjeron milagros los que, desde entonces, siempre se repiten. Yo vi las muletas y vi el pequeño automóvil dorado.

«Del techo penden varias banderas de países extranjeros capturadas por Argentina en la guerra. Hay una bandera del Reino Unido, descolorida por los años, que fue arrebatada a los enemigos hace casi un siglo, cuando sus fuerzas invadieron con el propósito de convertir a este país en una colonia británica. Muchos visitantes ingleses echan miradas pesarosas a la bandera colgada. No saben -aunque en realidad no importa- que esa es una réplica, ya que bandera real se encuentra guardada en una caja de vidrio, en la sacristía. Hace algunos años, un grupo de jóvenes ingleses que se hallaban viajando por el país recuperaron la bandera colgada próxima al altar. Esto creó una situación muy incómoda y tuvieron que devolverla.”