El momento de los gobernadores

Tras la peor semana de AF desde su llegada a la Casa Rosada, los gobernadores ganan poder relativo para negociar frente a un Ejecutivo Nacional que hasta el momento -y aún frente a la situación excepcional que plantea la epidemia- les ha dado muy poco.

Por Felipe Osman

La llegada del Covid-19 a la Argentina fue seguida de cerca por el Ejecutivo Nacional, que rápido de reflejos adoptó las medidas necesarias para contener su propagación. Ante la disyuntiva de paralizar la economía para minimizar los contagios o dejar que la enfermedad avanzara a gran velocidad con tal de sostener la actividad, Alberto Fernández eligió poner la economía bajo un coma inducido, y esto le deparó la aprobación de amplios sectores de la clase media que a diario recibían las trágicas noticias que llegaban (y llegan) de los países europeos que más tardaron en disponer la cuarentena obligatoria y que, como consecuencia, asistieron al colapso total de sus sistemas sanitarios.
Pero ese romance entre Fernández y la clase media no duró demasiado. Los cuestionamientos del mandatario nacional a Paolo Roca (Techint) -mal interpretados por pequeños y medianos comerciantes y empresarios como afrentas propias-, los elogios a Hugo Moyano y las largas filas de jubilados en los bancos rompieron el pasajero encanto y ahora, trascartón, se suma el fuego amigo de Juan Grabois, que acaba de denunciar sobreprecios en compras de alimentos realizadas por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación a cargo del massista Daniel Arroyo.
Entre el Alberto Fernández pletórico de fines de marzo y el de hoy hay una gran distancia. En el camino su relación con los sectores empresarios pasó de estar gobernada por cierta apatía al terreno de la llana confrontación, y sus (presuntos) dotes de capitán de tormenta en medio de la emergencia sanitaria quedaron, cuanto menos, puestos en duda por la falta de previsión de Alejandro Vanoli (Anses) y Miguel Ángel Pesce (BCRA).
El desencuentro entre el Gobierno Nacional y los grandes empresarios, a pesar de haber tenido un pie en los reproches de Fernández al anunciar la prórroga de la cuarentena, cuenta también con una causa exógena: el sector necesita un Fernández lo suficientemente fuerte como para que no deba radicalizarse apoyándose en mayor medida en el kirchnerismo duro y, a la vez, lo suficientemente débil como para no poder avanzar demasiado sobre sus intereses (habrá que observar que tan bien gestionan ese equilibrio). El segundo -de Vanoli y Pesce- es a todas luces un error no forzado.
Esta retracción en la aprobación de la clase media deja a un Alberto Fernández que se sustenta principalmente en el kirchnerismo duro -que no es precisamente un generador de consensos-, un sector mayoritario del sindicalismo -integrado por los “gordos” y el moyanismo-, y los movimientos sociales, entre los cuales acaba de abrirse una brecha por la denuncia de Grabois. Denuncia que, para colmo de males, golpea al albertismo allí donde más le duele: trayendo reminiscencias de la corrupción que la clase media tanto achacó al kirchnerismo. El germen de la grieta.
Diez días atrás, con una altísima aprobación pública y una agenda dominada de punta a punta por el Gobierno Nacional y sus aciertos en el manejo de la crisis, reproducir un modelo de relacionamiento al mejor estilo K entre la Nación y las provincias parecía algo posible para la Casa Rosada. Más aún, la percepción más o menos generalizada de los gobernadores era que las intenciones de Alberto Fernández apuntaban directamente allí: las provincias que necesitaran fondos tendrían que prestar un apoyo incondicional a la Presidencia.
Diez días después, las cosas pueden haber cambiado. Desde la primera reunión post anuncio del primer tramo de la cuarentena, los gobernadores ya tienen un reclamo articulado: fondos. Tienen un interlocutor: en algunos casos el ministro del Interior Eduardo “Wado” de Pedro, en otros el propio presidente. Y también tiene una “amenaza”: imprimir cuasi-moneda si la Casa Rosada no se aviene a agrandar el cupo de pesos que el Banco Centrar ya proyecta emitir para hacer frente a las necesidades del Gobierno Nacional y asistir también a las provincias. Por estos días es probable que cuenten también con algo determinante: la oportunidad.
Sin lo grandes márgenes de aprobación de días atrás, con una denuncia por nada menos que corrupción que viene no ya de la oposición sino de las vísceras mismas del oficialismo, con una brecha abierta con los sectores empresarios, la gobernabilidad que sólo los gobernadores pueden ofrecer sube su cotización. Habrá que estarse atentos a cómo se negocia.