Un ciclista en la increíble Córdoba (Primera Parte)

En 1896, el joven escocés John Foster Fraser recorrió diecisiete países montado en una bicicleta, junto a dos compañeros de pedaleo. La hazaña le llevó dos años, recorrió 31.000 kilómetros y de allí nació su libro Alrededor del mundo sobre una rueda, publicado en 1899. No fue entonces, sin embargo, que pasó por la Argentina, ni por consiguiente conoció Córdoba.

Por Víctor Ramés
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John Foster Fraser y una foto de su libro: un rancho cordobés, 1914.

Su arribo a Buenos Aires ocurrió recién en 1913, cuando Foster Frazer tenía 45 años y ya era un reconocido autor que había publicado una docena de libros sobre sus viajes a Siberia, los Balcanes, Rusia, los Estados Unidos, Australia, Argelia, Túnez y Marruecos, entre otros países. Este viajero profesional recorrió la Argentina, cuyo fruto fue su libro The Amazing Argentina: A New Land of Enterprise (La increíble Argentina, una tierra nueva y pujante), publicado en 1914.

El británico venía atraído por los reflejos de una Sudamérica próspera: “No es la tierra del futuro, es la tierra del hoy. En ninguna parte del mundo el especulador, el inversor, está más ocupado que en Latinoamérica. Los cuentos que contaban los españoles (alude a El Dorado) son charlas de niños comparadas con las que hoy se escuchan por parte de quienes han estado allí, lo han visto y quedaron fascinados.”

En este libro, y acorde con el foco de interés de esta sección, John Foster Fraser le dedica a Córdoba el capítulo XIII: Córdoba y sus atracciones. El autor se había formado como periodista. A lo largo del libro despliega muchos números sobre la producción agrícola argentina ya que reunió buena información, pero sorprendentemente comienza su acercamiento a la realidad de Córdoba disparando una serie de errores en sus párrafos iniciales. Afirma que hay ochenta iglesias en la ciudad de Córdoba, lo cual es una exageración ya que probablemente no llegan a treinta, y que la ciudad tenía 80.000 habitantes, aunque el censo de 1914 señalaba casi 135.000. También le asigna a la ciudad como año de fundación 1504, en lugar de 1573, en tanto sostiene que la Universidad se fundó en 1666, cuando lo fue en 1613. Aun con ese cúmulo de errores (omitidos en esta cita) de la apertura, se puede considerar confiable el resto de los datos.



“Una lánguida atmósfera de viejos tiempos parece rodear a Córdoba. (…). La ciudad se llama como la Córdoba española (…) y es la Oxford argentina. Su universidad (…) posee una alta reputación en la enseñanza de leyes y medicina.

“Los viejos españoles que vinieron como pioneros desde el Perú en los tempranos días de la conquista tenía un gran ojo para lo pintoresco. Hablando en general, no pondría a la Argentina en un lugar destacado por su belleza. Pero en las tierras intermedias hay una línea de montañas, la Sierra de Córdoba. Vista desde lo alto, de lejos, cuando el calor danza morosamente, hay algo insustancial en Córdoba, como si fuese la ciudad de un sueño despierto. Vista temprano a la mañana, sin embargo, cuando el aire es fresco y el brillo del sol la alcanza de lado y los edificios se recortan contra las sombras, se es testigo de una imagen que embelesaría a un artista. Para los estándares noreuropeos no es una ciudad antigua. Pero, así como vivir bajo el sol envejece temprano a hombres y mujeres, así las ciudades que han tenido unos pocos siglos de constante brillo del sol adquieren un medievalismo adormilado, que a ciudades hermanas de climas más templados les ha tomado largos años adquirir. El aroma de la iglesia y del escolasticismo se trasluce en Córdoba.”

El visitante capta adecuadamente los contrastes de la ciudad, donde conviven un sólido pasado y una joven tendencia al futuro:

“En muchos aspectos es muy moderna, con sus grandes hoteles nuevos, donde una orquesta toca en el restaurant durante la cena, y hay luz eléctrica en las calles y tranvías eléctricos tintineando a su paso por las plazas, y cantidad de taxis en fila.

“Pero uno tiende a olvidarse de esto y a recordar un lugar del que se piensa más bien en el silencio de la manzana de la universidad, la calma de la gran biblioteca, los muros gastados por el tiempo de las viejas iglesias y las luces tenues de los interiores que hacen bastante por atenuar el mal gusto de la decoración. Hay mucha verdad en la afirmación hecha ocasionalmente de que las ciudades de países recientemente desarrollados carecen de individualidad, de distinción; que, con todo su progreso, son más o menos duplicados unas de otras. Es fácil encontrar evidencia en la Argentina de este espíritu moderno en la planificación de la ciudad. Sin embargo, no conozco ningún país joven donde las ciudades tengan un carácter tan particular como en la Argentina.”

Es interesante ese enfoque de Foster Fraser, y tal vez encierre una verdad de la que no somos del todo conscientes los argentinos.

“Por supuesto, hay puebluchos de ayer que nada tienen que mostrar, más allá de dos pobres hileras de casas mal construidas a ambos lados de la vía del tren, como se encontrará en el oeste de los Estados Unidos y en Canadá. A medida que crecen, las ciudades argentinas no lo hacen de manera uniforme, como si estuvieran diseñadas por el mismo arquitecto, o imitándose una a otra. Muestran individualidad. Si usted quiere, esto se puede ver como un deseo de alardear. Muchas municipalidades están cargadas de deudas. Pero tendrán sus ciudades bellas. Cuando logran contar con una ancha avenida con canteros de hierba y árboles alineados que lleva de la ciudad a la estación de trenes, y el edificio de la estación es bajo y feo, en contraste con el resto de la ciudad, y las autoridades ferroviarias de Buenos Aires hacen oídos sordos a los pedidos a este respecto, se puede apostar a que una de esas noches la estación de trenes será consumida por el fuego, así la compañía se ve obligada a levantar una nueva.”

Esto es sin duda una generalización por parte del autor. En el siguiente párrafo también se equivoca al decir que Córdoba es la ciudad más antigua, ya que Santiago del Estero data de 1553.

“Debido a ser la ciudad más antigua de la Argentina y a que sus habitantes tienen cierto alcurnia, así como por la sociedad que atrae, Córdoba se considera el centro aristocrático de la República. En las sierras vecinas hay sanatorios, como en Jesús María, muy favorecidos por la gente de las llanuras que necesita un cambio. Córdoba, como otros lugares, está convencida de tener las mujeres mejor vestidas.”