Córdoba, 1916: percepciones y fotografías (Tercera Parte)

Concluye en esta nota la versión de la ciudad que da el norteamericano Henry Stephens en su libro. Allí hace caber a Córdoba en pequeño y, a través de sus impresiones y un puñado de fotos, creemos visitar aquella capital de hace ciento cuatro años.

Por Víctor Ramés
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Retrato del viajero norteamericano, tomado en 1915.

Henry Stephens no escribía para turistas. Su mirada era independiente y sus apreciaciones de la ciudad en base a la experiencia directa eran generalmente positivas, pero no ahorraba las críticas. Visita el zoológico, que tenía recién dos años de establecido en sus barrancas del sudeste:

“Está abierto al público los jueves y domingos y se entra a él descendiendo en un funicular o a pie por una senda que lo recorre. Aunque está planeado para contener a varios animales, los únicos mamíferos grandes en la actualidad son algunas focas que juegan bajo una cascada artificial, y un par de leones que un caballero de Montevideo obsequió a un ex gobernador de Córdoba, quien los dio en préstamo a la ciudad, probablemente a expensas de esta.”

A continuación, el visitante estadounidense vuelve los ojos hacia los edificios religiosos, que abundan en Córdoba.



“En contraste con las iglesias del resto de Sudamérica, a excepción de las de Brasil, las del norte argentino son mucho más hermosas con sus espléndidas fachadas, domos y torres cubiertos de mosaicos de porcelana multicolores, con predominio del azul. Córdoba, Tucumán y Salta son especialmente ricas en la apariencia de sus iglesias, Tucumán muestra los mejores ornatos en mosaico. En Córdoba se encuentran las grandes iglesias de La Merced, de los padres jesuitas y de Santo Domingo. Pero por lejos, la mayor y la mejor iglesia en toda la Argentina es la catedral, de tres siglos de antigüedad, con una arquitectura de estilo español que estaba en boga en tiempos en que se construyó. Hay en América catedrales más grandes, como las de Montreal, Ciudad de México, Lima, Nueva York, Santiago de Chile, Bahía, Montevideo y Río de Janeiro, en orden de tamaño, pero ninguna supera a la de Córdoba en su orgullosa riqueza.”

Tras elogiar el boato de los templos, la atención de Stephens se traslada a otros edificios: los hoteles que tuvo ocasión de conocer durante su visita.

“De los hoteles, el Plaza es el mejor. Esta en la esquina noreste de la plaza San Martín y es nuevo. Tiene una estructura de cuatro pisos, con buenas habitaciones. Está muy bien equipado, pero no muy bien administrado. Hay un salón soleado en el segundo piso. El gerente me dijo que la mayoría de las habitaciones tienen baños conectados, pero en esto mintió. No creo que ninguna de las habitaciones tenga baño privado. El mismo gerente, un suizo de Engadina, fue antes portero del Hotel Savoy de Rosario. Lo conocía de antes, y su segunda naturaleza era la falsedad. El restaurante del Hotel Plaza es el mejor de la ciudad. Está en la planta baja y tiene una entrada desde la calle; se conecta con el café y con una confitería. Las carnes son a la carta, pero entiendo que los huéspedes que se alojan durante largo tiempo en el Plaza pueden pedir una pensión. El café es amplio, de estilo vienés, y se comunica con el restaurant por un pasillo, bajo una plataforma sobre la cual se ubica la orquesta, de modo que el apetito musical de quienes beben y quienes comen es satisfecho a la vez.”

Otros establecimientos hoteleros motivan comentarios por parte del viajero.

“Cruzando la calle San Jerónimo desde el Plaza se encuentra el Hotel San Martín, una buena casa manejada por el anterior gerente del Plaza. Este tiene la indeseable reputación de estafar a los empleados extranjeros. En la Argentina, un ciudadano nativo o nacionalizado gana siempre los pleitos judiciales. Cuando pregunté a algunos ex empleados del San Martín por qué no demandaban al gerente por sus sueldos adeudados, retenidos indebidamente, me dijeron:

–Nos las veríamos difícil aquí, como españoles o austríacos, yendo a la corte contra un argentino. El gerente se inventaría alguna mentira y conseguiría hacernos arrestar por falso testimonio.

Otro bueno hotel es el Roma, de dos plantas construidas en torno a un patio.”

En los párrafos finales de su relato Stephen comenta la característica tonada cordobesa, que muy probablemente su oído no pudiese captar y cuya peculiaridad debía de haberle señalado alguien. “Sus habitantes hablan con un cantito y se los reconoce por este modo de articulación en cualquier lugar del país donde se encuentren”. También desaconseja a otros viajeros dejarse estafar por los avisos en las estaciones de trenes que realzan los encantos de las poblaciones en las sierras de Córdoba, “una serie de colinas áridas y vacías próximas a la ciudad”. Así, para Stephens las sierras son “una masa irregular de colinas rocosas que en algunos puntos toman la forma de montañas”. Dice que cuando esas montañas alcanzan la altitud de mil doscientos metros, al oeste, “los cordobeses las llaman Los Gigantes, porque nunca han visto montañas más grandes. Están cubiertas de arbustos y aquí o allá hay unos árboles, pero como escenario de belleza no valen tres centavos”. Alta Gracia es “un gran establecimiento para apuestas”, donde solo hay “un hotel grande, una aldea y una vieja capilla”. Y Cosquín “un pueblo sin atractivos, de trescientos habitantes. El Hotel Mundial sirve buenas comidas, pero los huéspedes no tienen otra forma de entretenerse que pasar el día leyendo en la galería, o dormitando en el jardín.”