Los debates que traerá el final de la pandemia

El mundo está pensando cómo se reordenará la política internacional tras esta crisis, que seguramente cambiará la forma en la que se relacionan los Estados.

Por Javier Boher
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No quedan dudas: el mundo no volverá a ser el mismo después del coronavirus. Seguramente haya muchos pensando -y con razón- en cómo van a volver al trabajo o en cómo se va a recuperar la economía después del receso forzado (con casi el 60% de las empresas paradas). Sin embargo, la cosa va más allá de eso.

Muchos se han puesto a teorizar -en gran medida por el tiempo de ocio reflexivo que les ha dejado está cuarentena- sobre lo que va a venir cuando los gobiernos terminen de controlar la pandemia. El futuro está siendo pensado en cada hora que pasamos en casa.

El grueso de los análisis han girado alrededor de dos grandes debates, que en el fondo hablan de lo mismo. Hablar de los límites del capitalismo o la chance que podría tener el comunismo son formas de debatir el rol del Estado y del Mercado. Esa discusión, en los tiempos que corren, ya es arcaica.



En pleno siglo XXI ya no se puede poner en cuestión la existencia (ni la necesidad de la existencia) de ninguna de dichas estructuras sociales. Podemos discutir las formas que cada uno cree que pueden adoptar, pero sostener que deben desaparecer -o que lo harán- es de necios. El verdadero debate para los años venideros deberá girar en torno a la forma que habrá de adoptar la globalización, un proceso en marcha hace décadas (o incluso siglos), que pone en el centro de la escena a la interacción entre los distintos actores del mundo cómo lo conocemos.

Estados, empresas, ONGs, individuos, pueblos o territorios, todos estamos interconectados y entrelazados mucho más que lo que creemos. Este virus (originado en China y desparramado por todo el mundo en apenas tres meses) muestra el extremo de la interdependencia global. Ahora bien, esa interconexión mostró sus límites en la falta de integración de políticas transnacionales, es decir, a través de las fronteras nacionales.

La crisis del Covid-19 dejó expuestos los límites de los Estados nacionales, que fragmentan la superficie terrestre de manera caprichosa, incluso sin relación con el sentimiento ni las prácticas de quienes los habitan. Esta pandemia dejó en evidencia el aislamiento relativo de los países, que que para hacer frente a la situación reaccionaron cada uno a su manera.

El debate, entonces, girará sobre la forma que debería tomar la globalización, pensando en un futuro de integración supranacional que incluya en sus seno a la población de una sociedad global que cada vez se encuentran más homogeneizada.

La integración global está en marcha hace rato, y los Estados nacionales (con gobernantes que se aferran a su pequeña cuota de poder) no terminan de aceptarlo. No entienden que su temor es ridículo: los Estados no desaparecerán. Deberán reformularse, así como lo hicieron las empresas de correos, que dejaron de trasladar telegramas para pasar a mandar paquetes de e-commerce.

Para pensar la relación entre los Estados nacionales y nuevas formas de organización supranacional que unifiquen políticas o prácticas en territorios más extensos, podemos pensar en lo que pasó en Argentina en las últimas semanas. Mientras el gobierno nacional se resistía a decretar la cuarentena, decenas de municipios y provincias avanzaron por su cuenta: toques de queda, cortes de ruta, cuarentenas locales o suspensiones de clases empujaron al presidente Fernández a qué adopte la decisión de cerrar todo.

Si las acciones locales indujeron a un nivel superior a que adopte medidas, ¿por qué no habría de funcionar algo similar a nivel regional o global?. A nivel internacional todavía no ha funcionado, pero quizás debería. Pensemos en Argentina y Brasil, por ejemplo, que la actitud de Bolsonaro ante el virus es un problema para nuestro país. Mientras en la localidad misionera de Bernardo de Irigoyen hay cuarentena obligatoria, cruzando la calle que la separa de Dionisio Cerqueira, en Brasil, la vida sigue igual. Manejarse de ese modo no pareciera ser lo más inteligente.

Esta crisis seguramente servirá para repensar el equilibrio entre Estado y Mercado. Sin embargo, en esa discusión se entrometerán intereses que empujarán el debate a los pedidos por Estados policiales más extendidos, incrementando y endureciendo los controles sobre los individuos. Esa tendencia a profundizar la fragmentación en unidades aisladas tarde o temprano se mostrará insuficiente para enfrentar los nuevos desafíos del mundo (considerando que ni los regímenes menos integrados con el mundo exterior también sufren en esta pandemia). El riesgo, claro está, es que esas tendencias vigilantes sean las que impulsen esa organización de un orden supranacional que pretenda poner algo de orden a un sistema internacional que -por definición- siempre ha sido anárquico (por la falta de un organismo rector superior a los Estados nacionales).

La crisis del consenso liberal de la segunda postguerra y el ascenso de la China dictatorial como pretendido retador para imponer una nueva hegemonía, determinarán la forma del nuevo orden global que veremos consolidarse en la próxima década post coronavirus.

Nuestro país tiene un gran desafío por delante, para el que deberá estar alerta, atento y vigilante, para saber qué papel jugará -y de qué manera se insertará- en ese mundo que viene.