Lo que dicen en la tele

Mediciones de audiencia que muestran cifras que hacía tiempo no se alcanzaban en la TV abierta y anuncios sobre el regreso triunfal de Marcelo Tinelli, exponen a las claras que la prolongación de la cuarentena comienza a promover tendencias extrañas en los hábitos de las personas.

Por J.C. Maraddón

En otros tiempos, cuando en una charla alguien tenía que citar la fuente de cualquier información temeraria que estuviera compartiendo con sus conocidos, no estaba mal visto que se justificara aduciendo que “lo dijeron en la tele”. Era una frase muy escuchada en las conversaciones entre vecinos, en esas épocas en que la vecindad era sinónimo de diálogo y no de enfrentamientos continuos por nimiedades. Nadie discutía entonces que la televisión era la referencia noticiosa por excelencia, seguida por la radio y la prensa gráfica, por más que en los ámbitos académicos se considerase pernicioso adjudicarle tanto poder a los medios.

Como consecuencia del desarrollo de internet, pero sobre todo a raíz del crecimiento exponencial de las redes sociales y del uso de mensajeros instantáneos como WhatsApp, el origen del material informativo se pluralizó de una manera asombrosa. Y, en un principio, este fenómeno fue saludado como síntoma de la democratización tan reclamada por aquellos que combatían el monopolio comunicacional. Los usuarios, al convertirse a su vez en productores de contenidos, rompían el cerco y posibilitaban acercarse a los acontecimientos desde las más diversas perspectivas, a diferencia del anterior sistema mediático, que era más propenso a la verdad única.

Pero, en su evolución, este panorama que tan alentador parecía, ha empezado a mostrar desviaciones que se han perfilado como sumamente peligrosas para quienes se proveen de ese nuevo mercado noticioso. Las fake news, muchas veces promovidas con intenciones manipulatorias, revelan el costado más oscuro del nuevo esquema de las comunicaciones masivas, donde la réplica de esos datos falsos que con una gran inocencia lleva a cabo la gente común, termina imponiendo una información mentirosa como si fuera real, en una acción cuyas consecuencias son difíciles de revertir si no se logra difundir una desmentida tan rápida como convincente.



La pandemia del coronavirus, con su cuota de pánico y angustia, ha sido un campo fértil para que este tipo de recursos falaces se expanda entre la población, que por estar aislada en su casa no cuenta siquiera con el recurso de contrastar lo que le llega con lo que verdaderamente está pasando. La alarma que generan estos audios, videos y textos truchos que fluyen de teléfono en teléfono, seguida de posteriores denuncias sobre la veracidad de sus dichos, empiezan a desatar una crisis de confianza: tras haber sido engañada varias veces, la sociedad podría optar por descreer de todo lo que le llega por esa vía.

No debería extrañarnos, en este contexto, que se haya vuelto a buscar en la televisión y en la radio el enfoque fehaciente sobre lo que ocurre, a la espera de que allí no se repliquen las falsedades de la web. A la vez, después de haberse saturado del streaming, quizás los espectadores estén rescatando el encanto vintage del entretenimiento televisivo, que venía siendo dejado de lado cuando las obligaciones y responsabilidades de la vida cotidiana expulsaban a los ciudadanos fuera de sus hogares, con el mismo énfasis con que ahora se los instruye a quedarse en casa.

Las mediciones de audiencia, cuyos resultados muestras cifras que hacía tiempo no se alcanzaban en la TV abierta, y los anuncios sobre el regreso triunfal de ciclos como el de Marcelo Tinelli, exponen a las claras que la prolongación de la cuarentena comienza a promover tendencias extrañas en las conductas de las personas. Y de nuevo, salta la pregunta acerca de qué sucederá después, cuando todo acabe, con este cambio de hábitos que ha insuflado bríos nuevos a un soporte mediático que en 2021 se apresta a cumplir 70 años de existencia en la Argentina.