Resistir los tironeos de los extremos, el desafío del AF conductor

Resistir a las presiones extremas para decidir el rumbo de salida de la crisis parece ser el único camino para que Fernández se convierta en el conductor que intenta construir el peronismo.

Por Javier Boher
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Gran parte del periodismo, de la gente y de los políticos coincide en el gran momento de Alberto Fernández. Algunos destacan su serenidad, otros su firmeza, algunos su sentido común y otros tantos su sagacidad. Sus años como Jefe de Gabinete y como operador político parecen haberle dado una cintura para gestionar conflictos mayor que la que muestran dirigentes más ideologizados.

El posicionamiento del presidente en el centro de la escena le está rindiendo frutos, ya que progresivamente ha ido cincelando la imagen de conductor que no tenía al inicio de su mandato. Si bien esto ocurre en medio de una crisis en la que muchos prefieren guardar silencio y “tirar para el mismo lado”, Fernández está sabiendo aprovechar una oportunidad que muchos otros hubiesen desperdiciado.

Sin embargo, el presidente sabe que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. El hecho de que hoy se encuentre en el pico de su popularidad no es garantía de que de acá a dos meses no lo podamos encontrar encontrar andando por lo bajo de los valles del escarnio. La situación que quedará tras este parate de -hasta ahora- dos semanas es una bomba de tiempo que de explotar puede demoler cualquier ilusión política futura.



Argentina es un país con una economía relativamente grande -pero pequeña para sus necesidades-, con un bajísimo grado de integración productiva con otros países y un nivel de informalidad laboral muy alto. Esto significa que acá es difícil saber a quiénes hay que ayudar ni quiénes son los que pueden poner. Además no se cuenta con una capacidad económica real de redirigir partidas para revertir el parate (porque ya hay un altísimo nivel de gasto público improductivo) ni con mercados externos de consumidores y proveedores a los que podamos recurrir para salir del pozo. La perspectiva hacia adelante es, en ese sentido, bastante aciaga.

Partiendo de ese escenario tan particular, todo el capital político propio que pueda construir Fernández le será necesario para gobernar sobre las devastadoras consecuencias de parar la economía por un mes. Con millones de puestos de trabajo en riesgo, una inflación que difícilmente ceda (debido a la menor oferta de bienes derivada de la interrupción productiva) y falta de reglas claras, la imposibilidad de aumentar el gasto público para subir la palanca de la economía (la receta “keynesiana” de los países europeos) amenaza con profundizar la recesión.

En la falsa disyuntiva entre la economía y la vida presentada por el presidente (porque ¿quién puede vivir si no tiene de qué?) anida una trampa que bien pueden pretender utilizar los ultraortodoxos del cristinismo sovietófilo, pero también el cavallismo camaleónico que conoce a Fernández desde que compartían listas y militancia en los ’90.

La contracción del aparato productivo puede conducir a una visión dirigista de la economía, producto de la destrucción de la moneda (que facilita la abolición del mecanismo de precios que rige en un mercado libre) y la ubicación de Estado hipertrofiado pero oligofrénico en el centro de la vida social, política y económica del país.

Este escenario cobra videos de verosimilitud cuando se conocen las tensiones con las provincias y municipios del interior por la centralización de recursos para la campaña contra el Covid-19 en manos del gobierno nacional o la llegada de supuestos médicos cubanos para asistir a los locales en territorio bonaerense (casualmente la Kamchatka camporista), ambas situaciones indicando las presiones a las que someten al presidente. Alberto Fernández deberá dejar de lado los coqueteos con esos sectores si pretende resolver los problemas de la gente, que puede reaccionar mal como consecuencia del encierro al que se la somete con la cuarentena.

El panorama que deberá enfrentar el presidente en las próximas semanas no es alentador: trabajadores sin ingresos, empresarios con deudas, provincias y municipios desfinanciados y una economía recesiva que se hunde más en sus problemas.

Fernández deberá demostrar algo más que lo que actúa para las cámaras y sus seguidores menos juiciosos si pretende despejar las nubes que se ven al frente. Para eso necesitará exhibir verdaderas condiciones de conducción, equilibrando las demandas y definiendo un accionar preciso e inteligente del Estado, para no caer en las fauces de los monstruos que lo acechan desde ambos extremos del espectro ideológico.