Los médicos cubanos de Kiciloff, peor el remedio que la enfermedad

Es increíble la fascinación que ejerce Cuba sobre ciertos políticos e intelectuales latinoamericanos. Increíble e inexplicable.

Por Pablo Esteban Dávila

Es increíble la fascinación que ejerce Cuba sobre ciertos políticos e intelectuales latinoamericanos. Increíble e inexplicable. Porque es un hecho pétreo, innegable, que aquel país es una dictadura totalitaria, que tiene a su pueblo sumido en la pobreza y la más absoluta falta de libertad.

Quizá contribuya a la popularidad de la que goza, contra toda evidencia, que su gobierno sea hijo de una revolución de izquierda, antiimperialista. No importa que haya nacido al calor de la guerra fría -con perdón del oxímoron- y que su liderazgo sea una especie de gerontocracia verde oliva definitivamente herrumbrada en las glorias de Bahía de Cochinos y demás gestas contra los Estados Unidos. Tampoco que su régimen necesite parasitar a otros países para seguir viviendo, como en su momento lo hizo con la Unión Soviética y luego con la pobre Venezuela. Nada de eso interesa porque Cuba es el símbolo de la lucha contra el capitalismo, un paraíso ideológico al que sus admiradores, sin embargo, se resisten a radicarse definitivamente.

Tras más de 60 años de supremacía socialista poco es lo que el régimen puede proclamar de exitoso. La isla vive de las remesas de los emigrados en los Estados Unidos antes que de su producción de bienes y servicios. Si se les diera a elegir, serían pocos los cubanos que optarían por quedarse en su tierra. Como ocurre en cualquier economía de las denominadas “centralmente planificadas”, la población subsiste malamente gracias al mercado negro antes que la munificencia del Estado planificador. Los Castro, efectivamente, han logrado una sociedad de iguales conforme el credo marxista: todos son inmensamente pobres.



Las pruebas de este fiasco son tan concluyentes que incluso a los más izquierdistas más consecuentes les cuesta encontrar alguna arista positiva del experimento, más allá de la supuesta “dignidad” del pueblo cubano por mantenerse en la paleontología política y económica a despecho de los avances del resto del mundo. No obstante, hay dos asuntos en los que parecería haber algún consenso, incluso entre sus críticos, sobre las bondades de aquel sistema: la educación y la salud.

Es cierto que las tasas de alfabetización en Cuba son de primer mundo. No se puede negar tal cosa. Pero la instrucción que imparte La Habana es más ideología que formación crítica. La escuela no está destinada al alumno o a su familia; es una extensión del Estado, de la revolución y, por consiguiente, destinada a conseguir la sumisión, no la libertad del individuo. Si los contenidos que allí se imparten fueran de derecha, el anatema caería desde toda la progresía internacional. Pero no, afortunadamente para los cultores de lo políticamente correcto, Cuba tiene el blindaje de su fama contestataria.

La salud es el otro punto sobre el que siempre se bate el parche para amnistiar el legado de los Castro. Sin embargo, como en tantas otras cosas, es complejo diferenciar la realidad del mito. ¿Cómo comparar el sistema sanitario cubano con otros países semejantes? ¿Por las experiencias como la de Florencia Kirchner, internada en un centro para extranjeros pudientes, o del cubano promedio? ¿Cuan confiables son las métricas del régimen, independiente de cualquier tipo de auditoría externa?

No obstante, mito o realidad, la salud cubana goza del prestigio de la tabla de salvación. Es buena, bonita y barata, al menos para los fans de los dictadores de La Habana. No por casualidad Caracas ha hecho uso y abuso de sus supuestas bondades desde que Chávez se hizo del poder y que, sumida en el desconcierto del coronavirus, Italia también haya solicitado la ayuda de los médicos del Caribe para dotar de soldados a sus trincheras sanitarias. ¿Por qué Axel Kiciloff, el más ideologizado de los gobernadores argentinos, no habría de aceptarlos ante el ofrecimiento de, al menos, 500 facultativos por parte de la embajada cubana?

Más allá de los deseos de Kiciloff, cuesta creer que harían alguna diferencia en el conurbano. La Argentina exporta educación pública al resto de América Latina (no al revés) y no se sabe a ciencia cierta si la experiencia de los cubanos sería mejor que la de sus colegas locales. Además, la ayuda propuesta no sería gratuita: se estima que cada médico provisto por La Habana costaría, al menos, mil dólares (unos 80 mil pesos “solidarios”), cifra por la que muchos profesionales argentinos estarían dispuestos a trabajar con denuedo si desde La Plata se la ofertaran fehacientemente.

Es interesante detenerse, por un momento, en el modelo de negocios subyacente a esta generosidad. El trato, de producirse, no sería con el médico fulano o mengano, sino con el gobierno de Cuba. Es decir, los contribuyentes de la provincia de Buenos Aires girarían unos quinientos mil dólares mensuales -suponemos, más gastos de estadía- a La Habana por el hecho de tener estos talentos en territorio bonaerense. ¿Cuándo embolsaría cada uno de los profesionales expatriados por sus servicios? Aunque de eso no se habla, se estima que bastante menos que lo que cobra el gobierno socialista por sus servicios. Según el diplomático argentino Diego Guelar, de indiscutida experiencia internacional, las Naciones Unidas consideran “trabajo forzoso” las misiones médicas cubanas en el Exterior.

No hace falta forzar la imaginación ni odiar particularmente al castrismo para coincidir con esto. Es el mismo modelo utilizado por el régimen en la industria del turismo. Cuando un inversor occidental decide invertir en Cuba, el Estado pasa a ser su socio inmediato en la mitad de los ingresos que genere el resort, mensurados, claro está, en dólares o en euros. A cambio, La Habana proveerá el personal que requiera el nuevo emprendimiento y les pagará en Moneda Nacional, que es una especie de circulante devaluado y que no sirve para gran cosa. Es decir, el gobierno cubano funciona como un empleador despiadado, que cobra en divisas a los extranjeros y paga con papeles sin valor a sus connacionales por su trabajo.

Es de prever que los médicos que Kiciloff evalúa importar recibirán el mismo trato que los empleados de los hoteles en Varadero o en Cayo Santa María, es decir, serán trabajadores precarizados, sea en Berazategui o en San Fernando. Hugo Moyano o Juan Grabois protestarían indefinidamente ante tal injusticia. Pero el gobernador estaría dispuesto a hacer la vista gorda a estas “inconsistencias” sólo porque a Cuba, como buen progresista, todo se le perdona, incluso las violaciones a los derechos humanos que tanta atención merecen en nuestro país y, especialmente, a las Madres de Plaza de Mayo.

Conste que no se trata el tema que, capciosamente, ha disparado Laura Alonso por Twitter, esto es, que estos médicos son también espías o comisarios políticos. Aunque es seguro que tal cosa sea perfectamente cierta, por ahora no es el objeto de estas reflexiones. Por de pronto, Kiciloff está preocupado por la virulencia del Covid-19 y piensa tomar recaudos, aunque estos requieran del concurso de un régimen dictatorial y de su leyenda sanitarista, de comprobación improbable. Como en tantos otros ejemplos a lo largo de la historia, tal vez el remedio sea peor que la enfermedad.