La clase dirigente no puede ser más que lo que es

Ha crecido un discurso que posiciona a nuestra clase dirigente en un lugar mejor que el que ocupa habitualmente (incluso por encima de la sociedad) aunque eso quizás sea un exceso de optimismo que termine omitiendo los errores.

Por Javier Boher
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Ha crecido un discurso que posiciona a nuestra clase dirigente en un lugar mejor que el que ocupa habitualmente (incluso por encima de la sociedad) aunque eso quizás sea un exceso de optimismo que termine omitiendo los errores.

 

Hay una euforia desmedida respecto a la performance de la clase política argentina frente a esta crisis. Casualmente ayer, en las páginas de este mismo diario, Pablo Esteban Dávila se refería al tema, refrendando esa idea generalizada entre los expertos de que el gobierno está manejando la situación de manera adecuada.



Sin embargo, su visión es considerablemente benévola para con los políticos criollos. Cuando hace referencia a la frase del General Perón sobre aquello de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, Dávila asegura que -al menos esta vez- la clase política ha demostrado estar por encima de su gente.

Es difícil sostener algo así cuando la evidencia señala que los políticos salen de las mismas entrañas de esta tierra en la que pulula un pueblo capaz de pasar de ser un ejemplo de lo bueno a ser todo lo opuesto con apenas horas de diferencia. Hace años que nuestros dirigentes demuestran responder a las encuestas de opinión antes que a una idea de país que desafíe la zona de confort de la mayoría de los ciudadanos (por poco confortable que esta sea).

En tiempos tan confusos como los que corren no son pocos los que prefieren alinearse al discurso oficial por miedo a ser considerados «contreras». Así como ayer podía ser tildado de cipayo alguien que señalara la corrupción, hoy puede recibir etiquetas de distinto tipo por cuestionar las decisiones (o indecisiones) del gobierno.

Por eso no son casuales aquellas expresiones sobre «los chetos que viajan», cuando la misma vicepresidenta violó la cuarentena. Los prejuicios de clase (recurriendo a la vieja antinomia explotada por el segundo peronismo) son parte del pésimo manejo social y comunicacional que se hace de esta crisis.

En esa generalización de «nosotros que peleamos contra el coronavirus» contra «ustedes chetos que viajaron al exterior» o «ustedes que rebajaron salud a secretaría» se oculta un germen fascista que hegemoniza una única visión del problema, que encima es la de aquellos que no supieron (o no quisieron) adelantarse a la situación, endiosando en el proceso al «comandante en jefe» (como bien dicta la tradición justicialista).

Gestos como el del gobernador de Mendoza, Rodolfo Suárez, poniendo un tope salarial a los funcionarios públicos (para destinar el excedente a la lucha contra el virus) contratan con los de dirigentes como el ex Jefe de Gabinete Jorge Capitanich. El actual gobernador de Chaco organizó ayer un acto por el Día de la Memoria, a pesar de la cuarentena y del hecho de que su provincia es el tercer distrito con mayor cantidad de infectados.

La oposición, temerosa de ser acusada de.poner palos en la rueda, prefiere la inacción, como si «hacer el muertito» les sumara puntos frente a un electorado que quiere que la crisis se resuelva, pero no a costa de ceder derechos y libertades futuras al gobierno con un largo historial de tratar de llevárselas puestas.

Quizás muchos dirigentes prefieran el silencio con la esperanza de que Alberto Fernández pueda cosechar el suficiente capital político propio como para sacarse de encima le corsé se su compañera de fórmula. Gobernadores e intendentes temerosos de que sus distritos colapsen a la presión anárquica de un pueblo irresponsable son parte de este grupo.

El descalabro económico que dejará esta cuarentena total, sumado a la tibieza del grueso de los medios y opositores, más las necesidades políticas de una clase dirigente que oscila entre la mediocridad, la indolencia y el patetismo, generan las condiciones para un punto de inflexión en el país.

Si la clase dirigente estuviese por encima de la sociedad se podrían propiciar acuerdos de largo plazo y alcance, como el Pacto de La Moncloa (tal la tesis de Dávila). Sin embargo, las rusticidades y mezquindades de dirigentes con poca visión de Estado fogonearán las internas, alentando reformas estructurales promercado (unos) o una radicalización socialista de corte burocrático (otros).

Dávila eligió citar a Perón para ilustrar su análisis. Para cortar con tanta dulzura hacia nuestra clase dirigente, elegí cerrar con una visión de la conducta expectable de nuestros políticos para después de la crisis citando un dicho popularizado por Moria Casán: «¿qué se puede esperar de un burro más que una patada?».