Efecto “Teté Quiroz”, la apuesta en Instituto

La directiva del club de Alta Córdoba recurrió a un apellido que dejó buen recuerdo a pesar de su final, con la necesidad de combatir las críticas y el descenso. De todas formas, se giró en otra dirección al plan inicial.

Por Federico Jelic

Cambio de mando, un viraje profundo hacia otras latitudes es el que tomó como aventura la dirigencia de Instituto, luego de que el proyecto del club y la política de austeridad parecieran llegar al límite de la paciencia del hincha. La medida fue necesaria para calmar los ánimos en las tribunas, a pesar de que va en contra de los principios planteados a inicios de temporada, en dirección opuesta, aunque la realidad obligó a u golpe de timón cuyos efectos aún no pueden ser analizados.

“La necesidad tiene cara de hereje”, reza el sabio dicho popular, y en eso la dirigencia pudo maniobrar a tiempo en pos de que el barco no siga sufriendo filtraciones. Por eso, la salida del DT César Zabala, por más representación del proyecto que significara, tiene sentido a pesar de que no conformaba del todo. Fue un vuelco a los planes iniciales, pero cuando el descenso amenaza, “una mano lava a la otra”, como se dice en la calle, aunque lo mismo se toma como un retroceso en la planificación.

Por eso, la contratación de Fernando Quiróz en Alta Córdoba amerita un contexto para explicarlo. Porque también cae en contradicciones (dirigenciales y de criterio ambiguo por su primer/último paso por el club), por su recuerdo y por el volantazo en la década pasada. No obstante, al menos por el primer resultado (3-0 al candidato Tigre, de visitante), la decisión no parece haber sido errónea. En el saldo político, el presidente Roberto Castoldi era consciente de que ponía mucho en riesgo después de la debacle deportiva y eligió ceder algunos principios para no sufrir más adelante.



Chau Zabala, hola Teté

Antes de que empatara Silva de tiro libre en tiempo de descuento, Alta Córdoba era una caldera como hacía tiempo no se sufría. Instituto igualaba agónicamente ante el humilde Brown de Adrogué, pero bien pudo ser una derrota. Hacía tiempo que la manifestación de la gente no era tan adversa hacia la dirigencia y contra el plantel. Ya Zabala era historia. Nunca logró feeling con la gente, fue terco y obstinado con el modo de jugar y lo que encantó en su momento fue su propio veneno. Con apenas un empate y cuatro derrotas,más la eliminación de la Copa Argentina, ya nada pudo sostenerlo en su cargo, a pesar de que Castoldi había anunciado en las radios el respaldo taxativo de la dirigencia a su gestión.

Tras su renuncia o invitación a irse, necesitaba Instituto cambiar de imagen. Dentro de la cancha, para no sufrir la agonía de los descensos y en los escritorios, para no ser blanco de críticas ni carne de cañón de los opositores, a esa altura con las garras afiladas y agazapados, esperando dar el próximo zarpazo político.

Y claro, el apellido Quiroz despertó sensaciones ambivalentes. Porque “Teté” salvó al equipo tras un diagnóstico casi irreversible en 2005 en Primera División, pero la contradicción ideológica llegó en la temporada siguiente: apenas recibió la oferta de Racing Club, no esquivó la posibilidad de emigrar hacia Avellaneda, abandonando el barco que él mismo había conformado con jugadores a su gusto y placer. Para muchos, eso fue tomado como una traición, pero en el ambiente del fútbol, es moneda corriente. Y como la gente olvida rápido…

Por eso, a nadie sorprendió su contratación al año siguiente, ya en la B Nacional de 2006, como un indulto después de lo gratificante de su primer paso. “Las segundas vueltas nunca fueron buenas”, vaticinan los sabios populares y no fue la excepción: Quiroz renunció con el rumbo a la deriva y lejos del protagonismo en una categoría que casi por naturaleza lo tiene que tener a Instituto como candidato al título. Se fue en silencio y sin paraguas protector, en aquel entonces, con Diego Bobatto como presidente, bien podría decirse uno de sus mentores.

Ahora el teléfono de Quiroz volvió a sonar, casi 13 años después, ya en otro contexto y con otros horizontes, más de emergencia que por convicción. Fue como un pedido de auxilio, generando esas sensaciones encontradas en el corazón del hincha, entre la ilusión de su primer desembarco y el desencanto y despecho por su abandono posterior.

Pero si de amores se trata, el triunfo ante Tigre comenzó a generar otros sentimientos. El parate por coronavirus puede influir, claro está, pero lo mismo ya arrancó con otra base, otro plafón que permite ocultar los malestares del pasado.

Y la dirigencia respira. Castoldi luce indemne después de esta decisión, con un Zabala desgastado y con el acierto prima facie de Quiroz. El tiempo será juez o verdugo; no obstante, hay escudo para un buen rato. O hasta el próximo partido, vaya uno a saber…