Aprender

Cuando me enfermé de cáncer, hace seis años, el diagnóstico era irreversible. Me dieron de tres a seis meses de vida. Claro que a mi no me lo dijeron. En la sala de terapia intensiva, allá por el 2014, aprendí a valorar lo importante que era poder tomar una cucharadita de té. Nada más que eso. Después poder volver a sentarme en la cama e ir al baño sola.

Por Alejandra Elstein

Cuando me enfermé de cáncer, hace seis años, el diagnóstico era irreversible. Me dieron de tres a seis meses de vida. Claro que a mi no me lo dijeron.

En la sala de terapia intensiva, allá por el 2014, aprendí a valorar lo importante que era poder tomar una cucharadita de té. Nada más que eso. Después poder volver a sentarme en la cama e ir al baño sola.

En terapia recibía a mi familia y a mis amigas. Mi papá me hacía masajes en los pies, mi tía Tere me tejía un chal al crochet, mi amiga me trajo unas cros y otra un teléfono; mis hijos entraban con los ojos llorosos y me alentaban a recuperarme.



Gente que conocía poco también se acercó. Gimena Bertola me mandó un rosario, una vecina de Holmberg me dio una imagen del Papa que había acompañado a su esposo, Hugo Irusta me consiguió una droga que no podía conseguir; las amigas de Emilia se juntaban para doblar el Otro Punto y pudiéramos salir a la calle y otra amiga nos prestó su tarjeta de crédito para comprar una notebook y así poder trabajar desde la clínica.

Mariana Lencinas me trajo el ponchito del Cura Brochero, Germán Balladares, mi dentista, me atendía gratis y a cualquier hora; Alejandro Fara me dedicó un gol y el Gurca, que no se su apellido pero sí que es Héroe de Malvinas, me trajo una piedra de las islas.

Alejandra Mundet me hacía Reyky y Estela pedía misas en la Iglesia San José por mi salud. Soledad Nieto, que hoy no está entre nosotros, vino a casa para rezar conmigo. Jorge Cena, que tampoco está, me enseñaba a comer y a pensar. Marta Alicia no faltó uno solo de sus viernes de franco para estar conmigo.

Todos querían colaborar para que yo me sintiera mejor. Mi hermana Rebeca se quedó toda una noche teniéndome el nebulizador para que no tosiera y no me doliera la herida. El padre Juncos me visitó, me dio la unción de los enfermos y me abrazó tan fuerte que creo que me acercó al cielo. También vino el pastor Kique Melegatti y aunque me retaba porque yo creo en la Vírgen, también rezaba al lado mío.

El juez  Ochoa me llamó por teléfono y se puso a mi disposición. Y también Carlos Gamond (1) que años atrás me había echado del diario. Mis colegas escribieron en el Otro Punto (2) para no dejar ese espacio vacío y los anunciantes no nos abandonaron.

A cualquier lado que voy, y gracias a Así son las Cosas (3) en la tele que me hizo un poco conocida en la ciudad, siempre hay alguien se acerca para contarme cómo hicieron ellos para curarse. Me dan recetas, estampitas, graviola, direcciones de médicos, sugerencias, abrazos, bendiciones.

Ni qué decir de mi familia. Jorge se multiplicó y se convirtió en enfermero y cocinero y con mis hijos nos volvimos a descubrir.

Mis lectores incondicionales me perdonan todos los errores de ortografía que publico y me llenaban de halagos y críticas.

Estoy segura, de que recibo mucho más de lo que merezco.

Hasta ese momento yo vivía preocupada. Preocupada por la plata, porque me había perdido una noticia, por el trabajo, porque los chicos no se sacaban diez sino sietes, porque el piso de arriba no tenía cerámicos, porque estaba gorda, porque las fotos que  sacaba no eran buenas,  y no sé por cuántas estupideces más.

Pero aprendí algo. No todo claro, porque los humanos somos así. Nos cuesta aprender.

Aprendí a valorar la vida y a los otros. Aprendí a no callarme tanto por conveniencia.

Aprendí a escuchar y a rebelarme.

Aprendí que no importa el lugar donde estés, si en la Pelopincho o en una piscina, si en Brasil o en los azudes, sino con quién compartís ese momento.

Volví a jugar con los chicos. A tirarme al suelo, a bailar, a escucharlos, a darles prioridad.

Aprendí a agradecerle al universo por cada día que me puedo levantar.

Aprendí a resignar cosas para priorizar otras más importantes y que a veces no se valoran en su real sgnificado.

Aprendi a decir gracias.

Seguí trabajando pero con más tranquilidad, a veces.

Aprendí una frase que uso de cabecera: “Que seamos felices y que nos demos cuenta”

En este tiempo de enfermedad, donde a veces estoy bien y a veces estoy mal, donde a la noche me asusto porque no quiero morirme y porque no me curo, aprendí a no ofender a los otros, a no enojarme, a no gritarle a mis seres queridos ni a nadie, a reírme de mí, a tener paciencia.

(1)    Ex director del diario El Puntal, ya desaparecido.

(2) Publicación quincenal a cargo de Alejandra Elstein.

(3) Programa que hace un tiempo conducía el actual columnista de Alfil Rio Cuarto, que hoy colabora en este diario.