A.F. crece y se alteran variables en la relación Córdoba-Nación

La figura de Fernández aparece fortalecida por una percepción positiva acerca de cómo viene gestionándose la crisis sanitaria. Ésta, adicionalmente, genera una situación límite que no admite reclamos sectoriales o localistas y que reivindica no sólo al gobierno, sino más aún al Estado.

Por Felipe Osman

Argentina cerró la última jornada con 387 infectados (identificados) con Covid-19. El número es, en proporción, ostensiblemente menor al de sus vecinos más inmediatos, Chile y Brasil, que al final del día contaban con 922 y 2201 casos confirmados respectivamente.
Desde la detección de los primeros casos, la respuesta del Gobierno Nacional ha sido rápida. Se adoptaron medidas difíciles, que implican enfriar una economía que necesita reactivarse, pero que no sólo fueron bien recibidas por la gran mayoría de los argentinos sino que además fueron respaldadas por el FMI, que hizo un guiño al país días atrás al considerar, en un análisis técnico de la situación financiera argentina, que debe hacerse un recorte de 85.000 millones de dólares en la deuda nacional. El dosier tomó en consideración el impacto económico del Coronavirus en el país.
La comunicación también ha sido un punto alto del Gobierno Nacional desde el comienzo de la propagación del virus. Las instrucciones a la población fueron transmitidas por el presidente y su gabinete con claridad, sin sobrepasar la delgada línea que separa la severidad que las circunstancias demandan de un alarmismo que resultaría totalmente contraproducente.
Desde luego, la mayor parte del problema está aún por delante, pero hasta el momento el Gobierno Nacional ha sido diestro en el manejo de una situación tan grave como atípica, y esto reportará, necesariamente, importantes dividendos -en términos políticos- a un Alberto Fernández que llegó al poder acusado de ser poco más que una carnada tendida por CFK al electorado y que, durante los primeros meses de su gestión, no logró avances significativos en la reestructuración de la deuda y la reactivación de la economía.
Hoy, en clara adversidad y alejado de la figura de su mentora, el mandatario nacional ocupa sin tribulaciones el centro de la escena y la completa, robusteciendo el apoyo político propio más allá del que buena parte de los argentinos predica a Cristina Fernández o al Frente de Todos.
Este “crecimiento” del mandatario nacional de seguro pesará en la relación que une a la Casa Rosada con cada uno de los gobiernos provinciales y, entre ellos, con el de Córdoba, encarnado por el gobernador Juan Schiaretti.
Pero este no es el único efecto de la pandemia sobre la relación Nación-Córdoba. La vertiginosa propagación del Covid-19 genera una situación límite que altera una infinidad de variables.
En primer lugar, la emergencia sanitaria inutiliza cualquier reclamo sectorial o localista, que en el escenario actual luciría inoportuno, egoísta y desmesurado. En tiempos de pandemia no existiría, por ejemplo, espacio para un reclamo del sector agropecuario que, de suceder, seguramente redundaría en una mayor legitimación concedida por la sociedad al Gobierno Nacional para avanzar sobre el campo. Cuesta también pensar que el cordobesismo, esgrimido como una anteposición innegociable de los intereses de Córdoba, mantenga su efectividad argumental durante la tormenta.
La amenaza de un “enemigo común” hace necesario que toda diferencia política sea pospuesta en pos de la defensa del bienestar general y, consecuentemente, demanda que los gobernadores cierren filas en torno a la Casa Rosada.
Por otro lado, la reducción de la actividad económica golpea fuerte en la recaudación de las provincias, que necesitarán de un apoyo extraordinario de la nación para sobrellevar la crisis y reactivar sus economías cuando pase el vendaval. La nación, a diferencia de las provincias, puede imprimir moneda, y los efectos adversos que esto genere sobre la inflación serán aceptados por la emergencia.
Si cada crisis entraña una oportunidad, la crisis generada por el Covid-19 -con la infinidad de riesgos que conlleva- puede convertirse en una oportunidad para Alberto Fernández, que de sortear la complejísima encrucijada podría dar con el capital político que le permita afrontar un escenario económico sumamente adverso.