El vocero de una misión catalana, 1903 (Tercera parte)

En su libro “Sangre nueva”, el político, periodista y escritor Frederic Rahola relata su asombrada visita al dique San Roque, y describe objetos de pequeños museos cordobeses de principios del siglo XX, antes de regresar con su comitiva a Buenos Aires.

Por Víctor Ramés
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El periodista, escritor y político Frederic Rahola y Tremols en un retrato fotográfico, Barcelona, 1901.

Próxima al fin de su visita a Córdoba, la delegación procedente de Barcelona se trasladó a Punilla a conocer la obra magna de la ingeniería local: el dique San Roque a la que Federico Rahola se refiere como “monumento romano, una de las obras de mampostería notables del mundo, quizás el embalse mayor de aguas existente”. En su libro “Sangre nueva”, Rahola describe el paisaje de las sierras próximas a la capital cordobesa.

“A las cinco y media de la mañana, en el ferrocarril Córdoba Noroeste, de vía angosta, salimos

para el Dique de San Roque, embolsamiento colosal del río Primero.

“Al salir de Córdoba pasamos una gran extensión de monte bajo, churcal como aquí le llaman, en el cual crecen la tala, el espinillo y el algarrobo. Antes de que el riego hubiese transformado el terreno, la parte alta del valle de Córdoba presentaba idéntico aspecto.

Nos aproximamos a la Sierra y se distingue el color blanco de las canteras de cal en explotación, que se elabora en forma parecida al Portland.

Para llegar a la altura del dique sigue el tren el valle hermosísimo del río Primero, con sus pendientes llenas de arbolados, que recuerda a trechos el Congost de Vich y a trechos el valle de Ribas.”

Entonces los viajeros llegan al dique y pueden apreciar de forma directa esa gran obra de ingeniería:

“Al dominar el agua embalsada desde la estación San Roque, permanecimos asombrados. Se extiende ante nuestros ojos un lago entre montañas, bello y misterioso como una obra de la naturaleza, cuya grandiosidad hace dudar que pueda ser creación del hombre, a no estar allí el gigantesco dique de contención para atestiguarlo. Se realizó en tiempo de Juárez Celman, durante cuya Presidencia, si bien se tiró mucho dinero, se hicieron buenas cosas, siendo proyecto del Ingeniero argentino D. Carlos A. Casaffousth y obra del empresario constructor Dr. D. Juan Bialet Masset, catalán que honra a su tierra.

La naturaleza había ya formado este lago. En 1827 tuvo el río Primero una avenida colosal, la cual arrastró grandes moles de piedras que cerraron la quebrada, y el lago de San Roque se creó por obra de la Providencia. En 1831 una gran creciente arrancó las piedras que constituían el muro natural y el lago desapareció; más tarde, después de vanas tentativas, se acordó su realización, y en menos de veinte meses, fuera de las instalaciones preparatorias, se construyó este monumento romano, una de las obras de mampostería notables del mundo, quizás el embalse mayor de aguas existente, antes de que los ingleses hubiesen construido las maravillosas obras hidráulicas del Nilo. Es capaz para contener 300.000,000 de metros cúbicos de agua, con la seguridad de llenarse dos veces por año.”

El autor catalán va tomando concienzudas notas de lo que ve y de lo que le explican los cordobeses que acompañan la expedición al dique.

“En el fondo del lago, a una profundidad de 33 pies, yace todavía el pequeño pueblo de San Roque, cuyas casas, después de expropiadas, ni se tomaron los constructores la pena de derribar por ganar tiempo.

“La belleza del lugar y la fresca temperatura hacen sus orillas apropiadas para quintas de recreo veraniegas. Es difícil dar, en la proximidad de Buenos Aires, con un sitio tan elevado y hermoso como San Roque, no extrañándonos que Cosquín, situado algo más allá en la Sierra, se haya convertido ya en residencia de moda durante los meses calurosos.

Hay dos canales maestros que parten del Dique, uno al Norte y otro al Sud, saliendo de los mismos sucesivos repartimientos, que sirven para regar gran número de hectáreas, trocando en tierras de labor los churcales. La masa de agua allí acumulada se traduce en 30,000 caballos efectivos, y potencialidad para regar 100,000 hectáreas de terrenos.”

Rahola señala también que esa obra enorme no estaba siendo aprovechada en todas su potencialidad por el estado cordobés: “Lo que falta allí es empresa: no se ha sabido aprovechar aquel instrumento poderoso para el desarrollo de la industria y de la agricultura. Los hombres del litoral poco a poco van labrando las tierras e introduciendo industrias, en lucha con la resistencia del antiguo espíritu señorial, pero el avance es lento. Hasta ahora, por virtud de concesiones gratuitas del Gobierno Provincial, que es el propietario del Pantano, se ha aprovechado una mínima parte de su fuerza para una central de electricidad y para una fábrica de carburo de calcio, pero miles de caballos duermen, y los cañales de riego se ofrecen en vano a las tierras sedientas.”

De vuelta del provechoso paseo a las sierras, los visitantes catalanes reciben de los anfitriones los últimos agasajos:

“Antes de salir de Córdoba fuimos obsequiados por el Ministro de Hacienda, D. Pablo Argañarás, con un almuerzo íntimo, teniendo la satisfacción de ver en este acto cómo los gobernantes y los hombres de mayor prestigio compensan con su elevada consideración las amarguras del Doctor Bialet Masset, que encontró la ruina y el sufrimiento en la realización de la obra de ingeniería más grande de la América del Sud.

“Visitamos la curiosa colección de antigüedades del Doctor Jacobo Wolf, compuesta de cuadros, objetos de arle, alfombras y tejidos, adquiridos en Córdoba, casi todos de procedencia española y americana. Entre ellos recuerdo un San Antonio con el Niño, atribuido a Murillo, dos mujeres tocando la vihuela, de factura goyesca, y una Virgen con el Niño y los ángeles, de escuela italiana.

“Nos entretuvimos viendo una original arquilla de cuero repujado, para joyas, con la siguiente inscripción: «Buelbe tirana a mis brasos asi lo fyrme yo Jvan Agustín del Pino el año 1785». Contemplamos también multitud de vasos, ídolos y objetos procedentes de los indios calchaquíes y comenchingones, que traen a las mientes los vasos é ídolos egipcios.

En el Museo prehistórico del Sr. Bialet observamos también, pertenecientes a los indios americanos, amuletos parecidos a esfinges y ciertas pirámides que servían para el culto.”

Federico Rahola y sus acompañantes partieron rumbo a Buenos Aires en el tren de las 2 de la tarde.