El coronavirus como ventana al mundo del futuro

Los abruptos cambios a los que nos obligó la cuarentena muestran algunos desafíos a esperar de la sociedad posindustrial, donde las formas sociales tradicionales dejen de tener sentido.

Por Javier Boher
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La crisis del coronavirus nos ha puesto ante una situación inédita, que presenta un sinfín de desafíos. Como cada vez que alguna crisis irrumpe en la vida de la gente, alguien recuerda que para los griegos era sinónimo de oportunidad. Esta vez no va a ser la excepción.

La cuarentena obligatoria para grupos de riesgo, para escuelas y para casi la totalidad de la administración pública nos presenta un escenario sobre el que mucho se ha hablado pero sobre el que poco se ha experimentado: ha llegado ese futuro tan temido en el que las máquinas reemplacen a las personas.

Quizás no haya que magnificarlo tanto, pero de alguna manera la política de aislamiento social ha generado condiciones similares a las que habríamos de encontrar en un futuro postindustrial de alta informatización y robotización. Aunque no hay inteligencia artificial dando clases o resolviendo trámites, ciertamente las nuevas tecnologías se han convertido en protagonistas.



Esta situación de clases a distancia como regla para millones de alumnos argentinos, el incentivo de los bancos para que sus clientes usen las plataformas virtuales o las dependencias públicas agilizando los trámites online son una pequeña muestra de cómo nos tocaría vivir en el futuro.

Como no podía ser de otra forma -y pese a que el gobierno está manejando con bastante muñeca la situación- quedan absolutamente en evidencia las fallas de un sistema que no termina de aceitarse pensando hacia adelante, sino que por el contrario se engrana deseando volver hacia atrás. La nostalgia como lastre burocrático, una extraña causa de la parálisis administrativa.

La reclusión por la pandemia ha obligado a casi todo el país a cambiar sus hábitos. Independientes, autónomos, cuentapropistas, changarines, todos ellos se han visto imposibilitados de detener su trabajo para aislarse. Ahí tenemos a las futuras víctimas de una sociedad que irá virando hacia la virtualidad: si hoy no pueden mantenerse al margen de la situación, ¿cuales son las probabilidades de que logren adaptarse a lo que venga en el futuro?.

Aquellos que están en su casa por la fortuna de trabajar en relación de dependencia, aquellos a los que se les puede otorgar el beneficio del “home office” o aquellos que son pasibles de recibir asistencia estatal por la cuarentena se enfrentan a otro espectro distinto de problemas, que no tienen que ver con su sustento sino con la posibilidad de insertarse en ese mundo del futuro que nos golpeó de golpe y de lleno.

Pese a que el gobierno anterior apostó fuertemente a la adquisición de smartphones por parte de la población (suponían que por allí llegarían los mensajes de la “nueva política” peñista a través de spots o videos descontracturados) el manejo de esas tecnologías no está tan extendido como se cree: ¿cuánta gente tiene caja de herramientas en su casa pero llama a un especialista incluso para cambiar un cuerito o un enchufe?.

En segundo lugar se encuentra la infraestructura de las comunicaciones, que aunque todavía puede soportar el aumento del tráfico de datos por las redes tal vez no esté completamente preparada para soportar que todo el ocio y gran parte del trabajo pase por ella. Incluso existiendo una estructura adecuada, las conexiones en cada hogar presentan limitaciones para una cantidad creciente de dispositivos: en mi barrio, por ejemplo, la conexión no supera los 6Mb.

Finalmente, la larga tradición burocrática según la cual cada nueva camada de empleados sostiene la insuficiencia de la cantidad de trabajadores y la necesidad de contratar a más personas, todo para justificar su existencia. Cada trámite, cada papel, cada formulario que se debe rellenar para acceder a todo un universo más amplio de recovecos administrativos (que siempre terminan siendo insuficientes para lograr el éxito en lo que se emprende) difícilmente estén próximos a desaparecer. Así ha sido siempre y probablemente siga siendo así aunque la presión a la modernización se incremente.

La cuarentena nos ha mostrado una parte de lo que puede ser el mundo del futuro, con la tecnología ocupando el centro de la vida laboral, social, administrativa y económica. Nos divertimos por las redes, trabajamos por internet, hacemos trámites en las plataformas del gobierno o pagamos servicios e impuestos desde el celular. Al margen de eso quedan los que sufrirían con el cambio.

Pese a la incapacidad de nuestra clase dirigente de plantear escenarios a futuro para adelantarnos como sociedad a los cambios y desafíos que están por venir, esta situación imprevista puede servir para hacerles abrir los ojos y lograr que con la cooperación entre gobierno y oposición se alcancen los acuerdos necesarios para prepararnos. Quizás no tanto pensando en los que se adaptan rápidamente, sino en todos los que quedarían al margen.