Por suerte existe Cuba

La extraña hipótesis según la cual Cristina Kirchner viajó a Cuba a buscar la vacuna para el coronavirus nos recuerda que si alguien cree en el modelo cubano no hay que tomarlo en serio.

Por Javier Boher
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La cuarentena ya está surtiendo efecto en varias personas, que empiezan a acusar la fatiga de un par de días de encierro. La falta de contacto con otros y la obligación de interactuar con ellos mismos los ha convertido en seres mucho más delirantes, aislados por completo de la realidad y la evidencia empírica.

A raíz de la partida de Cristina Fernández de Kirchner a Cuba, un puñado de sus más férreos defensores se atrevió a conjeturar que la ex presidenta habría viajado al país caribeño a buscar la vacuna contra el temible Covid-19. Asombroso: otra vez un miembro de la familia Kirchner trabajando por el bienestar del pueblo argentino arriesgando su bienestar y su salud.

Esa hipótesis respecto a la motivación de Cristina abrió un debate en las redes, como cada vez que se toca a la tierra prometida del progresismo latinoamericano, un experimento que en 70 años logró una sociedad materialmente más igualitaria… hacia abajo.



Ese país de fantasía -casi parte del realismo mágico que los autores del boom latinoamericano legaron al mundo- no deja de irradiar sus cautivantes rayos sobre inocentes militantes que todavía prefieren creer en la utopías, sin darse cuenta de que éstas suelen ser las egoístas causas personales de los que pueden aprovecharse de la nobleza de sus intenciones.

El mito de la vacuna cubana contra el coronavirus es un spin-off (por usar lenguaje propio de las series y películas) del mito madre detrás del modelo cubano, el de su sistema de salud. Es difícil discutir respecto a esto con datos concretos, porque la información disponible es la que el régimen decide compartir con el mundo.

La idealización del sistema cubano viene de los años de la guerra fría, en los que la información no era un bien tan común como hoy, que además podemos ser productores de noticias por nuestra cuenta. Años y años de propaganda dirigida por el feudo de los Castro surtieron efecto, al punto que ya nadie en el progresismo parece cuestionarse la naturaleza autoritaria del régimen cubano.

Mientras el mundo colapsa, Cuba puede sobrevivir con pocos contagios por dos motivos muy simples: es una isla con casi nulo contacto con el exterior y hay un estado policial que puede aislar por completo a los contagiados como hace con los disidentes. Contraer coronavirus en Cuba puede ser casi tan malo como pretender defender la propiedad privada o la libre expresión.

Si hay algo en lo que logró avanzar el comunismo -el cubano y el genérico- fue en curar la obesidad, la única plaga del siglo XXI que seguramente no le tocará a los caribeños mientras sobreviva el sistema de partido único y economía centralizada. La salud preventiva -es decir, aquella para la que no hace falta plata- también es de destacar. La paliativa, esa para la que hay que tener recursos, brilla por su ausencia.

Cuesta entender que en pleno desarrollo de la pandemia, con una vicepresidenta que ignora las recomendaciones de los médicos y del presidente, todavía haya gente dispuesta a dedicarle tiempo a justificar el accionar irresponsable de una figura pública montados en un discurso que a todas luces es -en el mejor de los casos- sesgado o incompleto.

Esos mismos cultores del socialismo en tierras lejanas argumentan que el régimen cubano sería una especie de “reserva moral” de los pueblos dignos, que se comporta con una altura y una empatía superior a la del resto de las naciones, pese a que la investigación más fructífera suele realizarse en las democracias capitalistas. Esas cándidas miradas parecen olvidarse del hecho de que Cuba sigue manteniendo firme su estructura de propaganda y necesita seguir cautivando a jóvenes desprevenidos e inexpertos.

Las imágenes de los médicos cubanos viajando a Italia, o el supuesto envío de interferón (que a juzgar por un discurso de más de 30 años, pronunciado por Fidel Castro, que se encargaron de hacer circular por redes, tiene más usos que el WD-40) son otro capítulo más en la construcción de una imagen pulida y controlada para aquellos que son un poco perezosos como para buscar un poco más allá de lo que les muestran.

El supuestamente excelente sistema de salud cubano no ha sido capaz de curar a Florencia Kirchner, aunque sí ha sido efectivo en aislarla de los medios. Tampoco pudo en su momento curar a Maradona, aunque sí logró aumentarle exponencialmente la fecundidad: llegó con tres hijos y hoy ya se le conocen diez. Ni hablar de aquel milagro científico por el que Hugo Chávez llegó para tratarse un cáncer y lograron trasvasar su alma a un pajarito que luego hablaba con Maduro.

La gente está dispuesta a creer cualquier cosa que reafirme lo que ya creía. En momentos de cuarentena, con mucho tiempo para bucear en redes, bajo el efecto de la burbuja de nuestro círculo más cercano y con algoritmos que filtran la información a la que accedemos, esas creencias previas afloran como nunca.

Por eso, que Cristina haya viajado a un país milagroso para traernos un medicamento que también lo es, no resulta inverosímil para aquellos que -tal como le pasa a los chicos con Papá Noel, los Reyes Magos o el Conejo de Pascua- han elegido la tranquilidad de creer en lugar de desilusionarse en la búsqueda de la verdad. Por suerte para nosotros, escuchar esos argumentos nos ayuda a saber con quiénes estamos hablando.