Entre la tradición cristinista y la racionalidad albertista

El viaje de Cristina Kirchner a Cuba es un abierto desafío al liderazgo del presidente Fernández, que está ante la posibilidad de empezar a ejercer el poder para despegarse de su tutora.

Por Javier Boher

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Tradición y racionalidad son los elementos que el pensador alemán Max Weber identificaba como dos momentos en el tránsito de las sociedades hacia la modernidad. Mientras el primero de esos elementos implica obrar en base a parámetros consolidados en el tiempo, el segundo implica hacerlo según cálculos de costo y beneficio.

Así, seguir las tradiciones es obrar como siempre se lo ha hecho, mientras que actuar de manera racional es hacer cuentas respecto a qué es lo más conveniente en un determinado momento. Pensar que el coronavirus se combate tomando caña con ruda sería el pensamiento tradicional, mientras que la forma racional de actuar sería tratar de identificar las condiciones de propagación del virus para definir posibles cursos de acción para minimizar sus potenciales consecuencias.



En estos días de incertidumbre, la firmeza de las decisiones y la coincidencia de todos los espacios políticos respecto a las medidas que se toman son una garantía para lograr una mejor llegada a la gente, que puede así entender la gravedad de la situación para tomar conciencia al respecto. Es fundamental que la respuesta de la clase política sea unívoca.

Por eso a algunos les llamó la atención que la actual vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, haya decidido viajar al exterior cuando todas las recomendaciones apuntan en otra dirección. Aunque su destino haya sido Cuba -donde reside su hija y donde sólo hay cuatro casos reportados de Coronavirus- el viaje no deja de sorprender, porque la ex presidenta tiene 67 años, lo que la ubica dentro del grupo de riesgo.

Sin embargo, lo que se ve en Cristina es una acción que podría considerarse una tradición: cada vez que debió enfrentar una crisis optó por la negación y el perfil bajo. Lo hizo cuando fue la inundación en La Plata, cuando fueron las inundaciones en Córdoba, cuando explotó el edificio en Rosario, cuando fueron los motines policiales o cuando el fiscal Nisman amaneció muerto. En todos esos casos sus respuestas demoraron o nunca aparecieron.

Su forma de actuar deja ver su habitual modus operandi de esperar que todo se diluya antes de convertirse en una bola que le juegue en contra. Imagina que eventualmente todo se desvanecerá, con alguna otra noticia que opaque su decisión de marcharse en tan delicado momento. Aunque sus obligaciones no son las mismas que cuando presidenta, no parece el mejor ejemplo para darle a la ciudadanía.

En algún punto, tal vez su decisión no tenga que ver exclusivamente con un mecanismo reflejo de evasión de la responsabilidad, sino también un abierto desafío a la autoridad presidencial. Aunque se sabe que la relación es asimétrica en favor de la ex presidenta, esto parece confirmar que la interna se mantiene incluso cuando debería entrar en cuarentena.

La racionalidad, en este caso, figura como un cálculo de costo y beneficio en el que se plantea la probabilidad del contagio frente al daño simbólico que le hace a un presidente que está tratando de liderar en una crisis que se suma a los múltiples escollos que ha encontrado para tratar de sacar el país a flote.

Caída del precio de la soja, caída de la bolsa, freno a la actividad económica, presión sobre el valor de la moneda, restricciones al comercio internacional, caída del turismo o futuras dificultades para renegociar una quita de la deuda son todos efectos asociados a esta pandemia que se instaló como la madre de todos los cisnes negros.

En este contexto tan desfavorable en el que Cristina actúa como siempre pero con una cuota de racionalidad (escapando en medio de la crisis pero intentando a su vez erosionar el liderazgo de Alberto) la verdadera oportunidad la tiene el presidente, que está en condiciones de fortalecer su liderazgo legitimando su presidencia ante todos los argentinos.

La legitimidad de las urnas (racional-legal en términos de Weber) no alcanza por sí sola. Hace falta que la gente se identifique con algo más que un conjunto de reglas, por eso que el desafío de Cristina se presenta para Alberto como una posibilidad de despegarse de su tutora para independizar su figura.

Alberto debe incluir en sus cálculos de costo-beneficio que la oposición ha decidido apoyarlo antes que atacarlo, que el peronismo se ha mostrado alineado con su figura y que él ha transmitido una imagen sólida en la cadena nacional y en la conferencia de prensa, una imagen de líder que lo aleja de su habitual perfil de operador (aunque igualmente refleja una racionalidad política distinta) .

Si a eso se le suma que las crisis profundas como esta en general desorientan a la gente, si se fuerza un poco el argumento de la Teoría del Shock de Naomi Klein, tal vez sea el momento de adoptar reformas fuertes que sirvan como contraataque al desafío de Cristina. No parece que los costos a pagar por arrancarse la curita sean más altos que los potenciales beneficios de hacerlo.

Por último, una vieja máxima de la política reza que el poder que no se ejerce se vuelve en contra. Antes de convertirse en un presidente que quede en la historia con un tibio perfil radical, Alberto tiene la posibilidad de enfrentar con firmeza su principal oposición interna con todo el margen que le da la crisis. Quizás sea su última oportunidad para hacerlo.