Políticos y ciudadanos subestimando los riesgos de la indolencia

La magnitud del brote de dengue y la definición del coronavirus como pandemia son la muestra de que sólo existe alarmismo si se actúa ante la primer señal de alarma. Si no se lo hace, ya es tarde.

Por Javier Boher
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El estereotipo del argentino que comparten los distintos países del mundo es bastante claro: es agrandado, simpático, le gusta la vida sin complicaciones y sabe siempre más que el resto. Quizás un poco por la influencia de la terca inmigración que llegó a estas tierras, acá a nadie le gusta que le digan qué debe hacer.
Mientras el coronavirus sigue extendiéndose por el mundo -al punto de ya haber sido definido como pandemia por la OMS- por esta parte del globo todavía no terminamos de procesar el dengue y ya tenemos que meternos de lleno con otra cosa, a tono con esa manía de no terminar de cerrar nunca los procesos/programas/proyectos que emprendemos.
Casi como un acto de fe propio de la época medieval, gran parte del colectivo kirchnerista se siente a salvo porque ahora Salud es Ministerio en lugar de secretaría, algo así como vivir en el siglo XIV y creer que por aferrarse a la biblia y rezar muchos padrenuestros no los iba a alcanzar la peste negra. La ciencia aplicada previene o cura enfermedades, no lo hacen las denominaciones de los organismos ni los cargos de los que deben ejecutar políticas claras, decididas y rápidas.
En esa extraña condición de los argentinos de tomarse todo a modo de broma, los memes hacen lo suyo para restarle dramatismo a un escenario que parece complicado. Imágenes y videos estigmatizando a ciertos grupos sociales o diferenciando el estatus social según las potenciales enfermedades a contraer son sólo una parte de la asombrosa proliferación de material al respecto.

Reacción antes que acción
La decisión del gobierno de obligar a los argentinos que regresan del exterior a permanecer en cuarentena y la restricción al ingreso de ciudadanos de algunos países afectados, son algunas de las medidas que se han tomado en un país en el que no hay una larga tradición de apego a las normas.
¿Qué incentivos de no contagiar al resto de la gente puede tener la población de un país en el que los antivacunas figuran en diarios de tirada nacional o en el que la sífilis se ha extendido como nunca en los últimos años?.
La confianza de las autoridades en la buena voluntad de los argentinos es excesiva respecto a las muestras de madurez que ha dado un pueblo que intenta regularmente evadir sus responsabilidades, lo que se suma a una falta de iniciativa alarmante para frenar la propagación del virus.
La subestimación de las posibles consecuencias del Covid-19 (en un país que ya tiene un sistema de salud al borde del colapso y a donde todavía no han llegado las bajas temperaturas que contribuyen al desarrollo del pico del virus) hace pensar que esto puede ser solamente el inicio de un nuevo desafío para un gobierno que hasta ahora sólo ha sabido desviar la atención instalando cuestiones mediáticas como el lenguaje inclusivo, el aborto o la conformación de una Mesa Contra el Hambre.
Aquellas posturas iniciales de “no es tan grave como se cree” o “el riesgo de que llegue a Argentina es bajo porque no circula en verano” del ministro de Salud Ginés González García derivaron en “yo no creía que iba a llegar tan rápido, me sorprendió” que se viralizó en las redes y por lo que muchos piden su cabeza.
No se resolvería nada cambiando el ministro, porque no se le debe dar con el gusto a los que critican sin mayores responsabilidades: lo que era válido para Peña o Dujovne durante el gobierno de Macri también vale ahora para el gobierno de Alberto. Salvo que la crisis se desboque, no ayuda a controlar nada, sino todo lo contrario.
Las consecuencias de la improvisación y la subestimación de los riesgos son propios de toda la administración pública en los tres niveles de gobierno, que se acostumbra a reaccionar cuando ya es demasiado tarde. El ejercicio de pensar a futuro no está muy arraigado en funcionarios que viven el día a día, resolviendo sobre la marcha -y mal- los problemas que surgen.
Finalmente, el “no hay que preocuparse tanto, porque sólo mata a los viejos” es lo que pinta de cuerpo entero a una sociedad que declama solidaridad porque queda bien ante las cámaras, pero que demuestra el egoísmo en sus acciones cotidianas.
Está claro que los jubilados ya aportaron con su trabajo y que nuestro sistema previsional no puede sostener a tantos inactivos, pero es una falta de respeto demasiado grande para otros que ya mantuvieron en pie al sistema cuando fue su momento. Es la lógica del geriátrico aplicada a la salud pública.
Por ahora, la forma más efectiva de crear conciencia de la situación parece ser la misma que se usa para desdramatizarla, es decir, los memes y videos virales. Esas breves piezas de información son útiles para hacer llegar el mensaje a un colectivo social que cree que no le va a tocar, que cree que se las sabe todas y que cree que de esto se sale solos, cuando toda la evidencia de los que ya están sufriendo las consecuencias globales de la imprevisión demuestran que -para frenar esta epidemia- se debe hacer exactamente todo lo contrario.