Habló Alberto, gesticuló Cristina

El intercambio entre presidente y vice fue una de las perlitas del discurso de apertura de sesiones pronunciado por Alberto Fernández, que no se apartó de las líneas gruesas del relato acordado.

Por Javier Boher
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El inicio del ciclo lectivo ciertamente ocupa el grueso de la atención de la mayor parte de los argentinos. Preparar útiles, alistar uniformes, cortar el pelo o enfrentar la incertidumbre de que haya nuevos compañeros o nuevos padres distraen a la mayoría de padres y alumnos.
El domingo antes de reiniciar las actividades escolares seguramente haya distraído a más de uno del discurso de Alberto Fernández frente a la Asamblea Legislativa. Mientras la gente resolvía algunas cuestiones de la lista de útiles o preparaba la mesa para el almuerzo, los datos de color destacaron en redes sociales.
Aunque rara vez el discurso concentra la atención de los argentinos de a pie (quien diga que espera ansioso la llegada de ese momento es un mentiroso, un politizado por sobre la media o un periodista que gana sus sustento cronicando tales eventos) las redes no pueden ser indiferentes a lo que desafía la aburrida previsibilidad de la política.
Entre los disparadores del diálogo virtual estuvo la foto de los líderes sindicales observando (con muy pocas ganas) el discurso. La misma motivó numerosos análisis, especialmente los de la baja combatividad de los ex opositores por haber aceptado paritarias por debajo de la inflación. Es el precio a pagar para pertenecer al selecto club del justicialismo.
La otra foto (o serie de fotos, porque fueron varias) fue la de Menem dialogando con Kicillof. Los diálogos imaginarios fueron hilarantes, pero sin lugar a dudas lo más destacable fue la caballerosidad de ambos, porque prefirieron no ignorarse. ¡Cuánto tiempo pasó desde que un socarrón Néstor tocara madera en la asunción como senador del ex presidente, pese a todo lo que le debía!.
Sin embargo, lo que capturó la atención de ese puñado de gente sobrepolitizada (desde el gorilismo ortodoxo hasta el kirchnerismo de barricada) fue la escena del encuentro entre la vicepresidenta y el presidente. Tensión en el aire, caras feas, gestos adustos y sorpresa por una cámara indiscreta. Un elevado énfasis en el dialogo y una expresión poco amigable dispararon las conjeturas y refutaciones.
Los opositores no demoraron un segundo en salir a hablar del supuesto reto de Cristina. Los improvisados lectores de labios que ruborizarían a los expertos de las series policiales salieron a afirmar que lo quiso hacer a propósito para dejar en claro quién manda, un gesto de poder para demostrar que en el peronismo sólo hay un líder.
Los defensores del binomio ejecutivo difundieron numerosos escenarios alternativos, ninguno involucrando una pelea (aunque sí algún malestar). El exembajador argentino ante el Vaticano, Eduardo Valdés, dijo que Cristina le explicaba el protocolo “con docencia platense”. Seguro es una maestra hincha de Gimnasia y Esgrima, sufriendo por el potencial descenso, porque estaba lejos de ser una señorita cariñosa.
Otros dijeron que era por el calor que emitían las luces preparadas para la transmisión televisiva. Si bien es cierto que esas luces dan mucho calor, aunque sea el presidente Alberto no podía pedir que las saquen. El enojo estaría mal dirigido, salvo que fuese una reprimenda por alguna demora que la hiciera transpirar y perder el glamour.
Puestos a arriesgar explicaciones (e imaginando posibles diálogos, absolutamente inventados) sería lindo pensar que Alberto le estaba pidiendo permiso para ir a la asunción de Lacalle Pou en Uruguay, país vecino con el que nos une una larguísima historia de cooperación. Sólo se entiende el faltazo en un veto vicepresidencial, porque la distancia no era excusa en este caso.
Esa decisión seguramente impactará en la relación a futuro entre dos gobiernos que están empezando a andar. La relación con Brasil probablemente se convierta en prioridad para nuestros vecinos, principalmente por la sintonía ideológica que han establecido entre sí los gobiernos de nuestros socios del Mercosur, decididos a abandonar el proteccionismo de antaño.
El discurso buscó inflamar a los propios y trazar una línea con los ajenos, delimitando el espacio en el que se debe estar para pertenecer al pueblo, esa entidad abstracta en base a la cual se justifican las peores prácticas y políticas hacia aquellos que no cuadran en dicho colectivo.
Como siempre, y con cada nuevo inicio del año legislativo, el deseo del grueso de los argentinos que exceden el fanatismo de antinomias persistentes es que el período que se inicia sea de aciertos y prosperidad. Fuera de la grieta, con el presidente conduciendo, el legislativo parlamentando y el judicial impartiendo justicia, el bienestar de los argentinos sólo puede venir de la mano de resolver la crisis económica y consolidar las instituciones, para que una simple discusión o algunos excesos gestuales no se interpreten como una señal de desorientación y desmanejo del gobierno.