De vuelta al baile

El DJ inglés Andrew Weatherall, quien falleció el lunes a los 56 años, deja un legado en cuyo renglón más impactante figura el haber sido el productor, en 1991, del álbum “Screamadelica”, con el que el grupo Primal Scream consolidó una influyente movida de rock bailable en el Reino Unido.

Por J.C. Maraddón
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El rocanrol nació como un fenómeno bailable, que provocaba en los jóvenes un frenesí cuya expresión danzante traducía en movimientos esa energía que provenía de la música. Las imágenes de aquel periodo germinal muestran siempre los cuerpos en movimiento: no había forma de quedarse quieto ante el estímulo de un ritmo contagioso que obligaba a acompañarlo con sacudones que fueron componiendo una coreografía específica. Eso que aparentaba ser una moda más, extendió su vigencia y, después de varias temporadas, se consagró como el consumo cultural predilecto de las nuevas generaciones, nacidas durante los años de la Segunda Guerra Mundial.
Tras ese arranque incandescente, el rock fue mutando de formas y abordajes sonoros, hasta contemplar un campo de acción variopinto, en el que también podían brillar las canciones melódicas de un tono más emotivo y menos frenético. En estas ocasiones, bajaba la intensidad pero no desaparecían los bailarines: las parejas permanecían en la pista pero unidas en un abrazo que contrastaba con las torsiones caprichosas del rock & roll. Durante la primera mitad de los años sesenta, esas fueron las piruetas coreográficas vigentes, junto a otras que representaban tendencias fugaces, como fueron en su momento el twist o el limbo.
Cuando a finales de esa década se desató la psicodelia y se empezaron a manifestar las ínfulas de experimentación por parte de los talentos rockeros, aquel espíritu danzarín cayó en desuso, porque el rock se apartaba de la frivolidad y golpeaba las puertas de la alta cultura. Piezas de mayor complejidad y duración, poblaban los álbumes de bandas que trabajaban sobre obras conceptuales cuyo objetivo era provocar una reacción en el intelecto del público, antes que motivar una respuesta en su cuerpo. Los espectadores de los conciertos de ciertos grupos podían pasar el rato sentados y aplaudiendo, sin necesidad de ninguna otra agitación.
Por este mismo motivo, que el punk –en su desborde de mediados de los setenta- tuviera un correlato bailable en el pogo resultaba difícil de asimilar por el establishment del género. De la misma forma, también mereció el rechazo de la grey rockera la música disco, que dominaba el paisaje bajo las bolas de espejos pero que no contaba con el beneplácito de la prensa especializada, que la trataba como un producto pasatista, sin fundamento artístico. Incluso en los años ochenta, a figuras como Madonna o Michael Jackson se las catalogaba como fabricantes de mercancías en serie, sin la estatura de un auténtico creador artístico.
Hasta que, entre fines de los ochenta y comienzos de los noventa, la electrónica inició su etapa de despegue en las discotecas y, a través del house, conquistó el mercado internacional y obligó al rock a quitarse su etiqueta conservadora. Los artífices de esa transición fueron algunos deejays que, mientras otros discutían si entraban o no en la categoría de músicos, se dedicaron a trabajar con ahínco para cambiar la faz del sonido imperante, hasta imponer sus procedimientos, que incluían técnicas heterodoxas como el uso de samplers para la reapropiación de inventos ajenos.
Uno de esos DJs fue Andrew Weatherall, quien falleció el lunes a los 56 años y deja un legado en cuyo renglón más impactante figura el haber sido el productor, en 1991, del álbum “Screamadelica”, con el que el grupo Primal Scream consolidó una influyente movida de rock bailable en el Reino Unido. Sus remezclas de Happy Mondays y New Order, entre muchas otras faenas, le reportaron a Weatherall una fama por demás merecida, que lo sindica como uno de los cerebros de ese proceso que sacó al rock de su letargo y lo devolvió al terreno de la danza, que le había sido propio en su misma génesis.