¿Más solidaridad compulsiva?

La bulla sobre la modificación de la edad jubilatoria enciende las alarmas entre aquellos trabajadores próximos a jubilarse, reacios a ser solidarios porque les dilaten forzosamente el retiro.

Por Javier Boher
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La edad jubilatoria es motivo de discusión y disputa en todo el mundo, que se encuentra en distintas etapas del proceso de transición demográfica, el proceso por el cual las sociedades pasan de ser sociedades de alta natalidad y alta mortalidad a unas de baja natalidad y baja mortalidad.
Dicho proceso implica un cambio en la cantidad de personas pasivas de avanzada edad respecto a la cantidad de trabajadores activos. Los primeros sistemas jubilatorios de reparto descansaban en el hecho de que los pasivos de edad avanzada eran muchos menos que los activos que debían solventar con su esfuerzo todo el costo del sistema.
Ese fenómeno es el que motivó las palabras del Ministro de Trabajo, Claudio Moroni, cuando habló de que el aumento de la esperanza de vida obliga a replantearse la edad jubilatoria, que debería adaptarse a las transformaciones demográficas que cambian la estructura etaria de la población.
El planteo parece lógico, ya que la edad de 65 años fue establecida como edad jubilatoria en el mundo cuando Otto Von Bismarck, canciller alemán del siglo XIX, estableció el primer sistema de jubilaciones.
La esperanza de vida en la Alemania de aquel entonces era de unos 44 años, lo que con una regla de tres simple con la esperanza de vida actual de 76 años determinaría una edad jubilatoria actualizada de 112 años. ¿Cuántos podrían hoy disfrutar del retiro a esa edad?
La realidad detrás de aquel primer sistema jubilatorio es que casi nadie llegaba al premio de poder ser mantenido por los trabajadores en actividad, algo parecido a lo que podríamos ver si se estirara la edad jubilatoria a los 112 años (algo que seguro rechazarían todos los trabajadores pero no los secretarios generales de los gremios, dispuestos a eternizarse en el poder o aceptando las órdenes del espacio político en el que abrevan).
El debate sobre la edad de retiro es un tema que sigue sin resolverse, incluso en los países desarrollados, que al menos encontraron algún tipo de respuesta en los sistemas de capitalización individual como el que el kirchnerismo desmanteló por su habitual voracidad por las cajas para hacer política.
Por su parte, ayer fue el turno para que el titular del Anses, Alejandro Vanoli, para desmentir que el gobierno tenga en mente una reforma tan impopular como esa, llenando de loas a la fórmula pergeñada bajo el kirchnerismo, que dependía de índices manipulados por un Indec militante.
Ayer fue también el turno del ministro Moroni, que reculó sobre sus expresiones del martes para asegurar que no hay ningún proyecto de reforma en vista. Sin embargo, si el río suena, es señal de que agua trae.
Aunque todo indica que fue un globo de ensayo para medir el estado de la opinión pública al respecto, la urgencia por lograr mayor sustentabilidad del sistema empuja a la necesidad de reformarlo. Ampliar la cantidad de activos que aporten y sostengan a un menor número de pasivos es la única forma de lograrlo sin depender de ocasionales rentas extraordinarias que engañen a malos administradores de recursos públicos.
Bajo la retórica de la solidaridad y la redistribución han achatado la pirámide jubilatoria (manteniendo los privilegios de los que fueron servidores públicos) sin hacer ningún ajuste de fondo a la forma en la que se calculan jubilaciones o aportes, bajo el único objetivo de obtener recursos extra para hacer política.
Los cambios demográficos que identificó Moroni antes de replantear sus dichos y dejar en evidencia el sondeo que pusieron en marcha, obligan a que el país piense en otras formas de lidiar con la cuestión. Unificar la edad jubilatoria entre hombres y mujeres puede ser un primer paso para llevar igualdad entre los géneros y dinero a las arcas públicas.
La decisión de modificar la edad de retiro (por ejemplo, agregando tres años más a todas las personas) puede ayudar al gobierno a prácticamente cancelar el ingreso de nuevos jubilados bajo su actual período de gobierno, un artilugio que nadie descartaría de lleno tan rápidamente.
Aunque la retórica de la solidaridad empapa a los funcionarios de gobierno, con el antecedente del ajuste en marcha no se pueden descartar cambios como los que insinuó Moroni y negó Vanoli. Porque aunque el peronismo es el partido al que más le gusta colgarse la medalla de la ampliación de derechos, en su conformación movimentista y atrapatodo también puede ponerse los galones de recortar derechos cuando la plata no alcanza. Pero con solidaridad, por supuesto.