Autor, pero no anónimo

En el documental “Cuello”, de Mario Gómez, estrenado en el Cineclub Municipal, se aprecia cómo un artista plástico cuyo sobresaliente despliegue de formas y colores le ha otorgado un merecido renombre, se desenvuelve con un comportamiento que es ya, de por sí, cinematográfico.

Por J.C. Maraddón
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En el ancho universo del arte, hay disciplinas que obligan a sus cultores a desplegar argumentos que van mucho más allá de sus capacidades y derroches creativos. Uno de ellas es, por ejemplo, la actuación, que exige a quienes la practican ponerle el cuerpo a los personajes, ya sea sobre un escenario como en una pantalla. Y, además, los somete a una exposición pública que invade su vida privada y que trae como consecuencia la obligación de estar “en pose” las 24 horas del día, en consecuencia con el grado de fama alcanzado y con el reclamo de sus seguidores.
Para una actriz o un actor que no derrocha simpatía en una entrevista o que prefiere retraerse y mantenerse alejado de los flashes, se hace muy difícil alcanzar el reconocimiento general, que necesariamente incluye una alta cuota de figuración mediática. En mayor o menor medida, todos deben entrar en el juego, sobre todo cuando se encuentran en la etapa en que todavía no han asumido roles protagónicos. Recién al convertirse en figuras del cine o la TV, podrán darse el lujo de evitar el acoso de los paparazzi, sin por ello quedarse afuera del codiciado círculo de las celebridades.
Ni qué hablar de los músicos, sobre los que ha recaído siempre una responsabilidad extra que gira en torno a habilidades para la animación y el entretenimiento que se adicionan a su talento como cantantes, compositores o instrumentistas. Una estrella de rock, para serlo, tiene que poseer un magnetismo especial, un carisma a prueba de balas y un movimiento escénico que capture la atención de los fans. La vestimenta, el peinado y hasta la fotogenia de un intérprete son aspectos que pueden llegar a ser determinantes en su éxito. Y esas cualidades no pueden circunscribirse a la instancia del concierto, sino que le son requeridas en cualquier circunstancia que se encuentre.
En otros géneros, como podrían ser la literatura o las artes plásticas, estas imposiciones parecieran no regir, aunque está claro que los rasgos de la personalidad del autor de las obras tendrán cierta incidencia en el suceso que obtenga. Un escritor que tenga un buen desempeño en cámaras o un pintor que brinde respuestas ocurrentes al ser entrevistado, se acreditan un plus en la consideración masiva y, muchas veces, también obtienen la incorporación al mundo de la farándula, que premia así a aquellos cuya extraversión o excentricidad resulte atrapante.
En el documental “Cuello”, de Mario Gómez, estrenado el viernes pasado en el Cineclub Municipal, se aprecia cómo un artista plástico cuyo sobresaliente despliegue de formas y colores le ha otorgado un merecido renombre, se desenvuelve con un comportamiento que es ya, de por sí, cinematográfico. A lo largo de 30 minutos, Jorge Cuello diserta, pinta, arma estructuras de muñecos, invita a cruzadas solidarias y fantasea con viajes individuales que remiten a causas colectivas. Jamás se queda quieto y sólo hace silencio cuando, aerosol y brocha en mano, trabaja sobre un mural con el entusiasmo propio de quien ama lo que está haciendo.
Presente en la sala junto al director y al editor del largometraje, al momento de hablar de esa pieza audiovisual Cuello hizo gala de sus dotes como espontáneo performer y dejó en claro, por si hiciera falta, que no sólo actúa de esa manera cuando lo están filmando, sino que en todo momento es como es porque no le sale ser de otra manera. En ese sentido, reúne en su persona la condición de artista de originales trazos y también de showman, que es ese bonus track que se le pide hoy a todos los que abandonan el anonimato.