La otra viajera que se detuvo en la Docta (Segunda Parte)

Ethel Moffatt Vincent pasó por Córdoba en 1893 y dejó testimonio de su visita en su libro “De China a Perú sobre los Andes, un Viaje por Sudamérica”, publicado en Londres en 1894. Se cita su descripción de la ciudad.

Por Víctor Ramés
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Retratos de Lady Ethel Vincent en dos viñetas: en mula para cruzar los Andes y en rickshaw en Kioto.

La viajera inglesa Ethel Moffatt Vincent y su esposo Howard Vincent llegaron a la ciudad de Córdoba en tren, a fines de octubre de 1893. A poco de su arribo, se sentaban a comer con un inglés del ferrocarril. Su descripción de la ciudad parece hecha treinta años antes ya que, por ejemplo, la ciudad contaba entonces con varias imprentas, pese a lo que menciona la visitante británica.
“Cenamos y pasamos un buen tiempo con Mr. Munro, el administrador del Ferrocarril Central Córdoba. Pasamos la noche en el vagón, sobre una vía de servicio. Por la mañana estaba frío y lluvioso para nuestra exploración de la vieja ciudad. Nos sentíamos transportados a un mundo diferente, pues Córdoba es una antigua ciudad española, llena de reminiscencia de los jesuitas, cuyo cuartel general estaba instalado aquí en el siglo XVI, centro de estudio y civilización, y el único lugar al este de los Andes con una imprenta. Una caminata nos llevó pronto a la Plaza San Martín, con su doble paseo de granito rojo, un lugar favorito para las caminatas vespertinas de los vecinos, quienes lo recorren en círculo varias veces, por dentro y por fuera. La plaza brinda las sombras de los molles mezcladas con las delos paraísos de dulce aroma.”
Tras esa primera descripción céntrica en tornoa la plaza, Mrs. Vincent pasa a observar la indisimulable mole del templo mayor de la ciudad.
“La catedral domina la plaza, y es la única cosa bella de Córdoba. Es un edificio grande y complejo de estilo moro, su color rosa está manchado y oscurecido por el tiempo en varias partes. Las torres con sus campanarios de bronce verdoso son coronadas por otras torretas menores, unidas con un arco morisco, mientras el gran domo se levanta por detrás, flanqueado por contrafuertes, luciendo en su punta un crucifijo al que rodea un halo de hierro entretejido. El interior es frío y desnudo, según dicen, pero como es costumbre, la iglesia estaba cerrada. Abiertas muy temprano, solo por la mañana, siempre encontramos que, al contrario de lo que ocurre en los países romanos católicos, las iglesias se mantienen cerradas todo el día. Esto no transmite la idea de una gran devoción religiosa. Sin duda esta catedral es una pilar insoslayable, y uno la aprecia aún más cuando se acostumbra a no hallar belleza arquitectónica en una ciudad de la América hispana. La verdad es que no habíamos visto nada más pintoresco que esta adusta mole almenada, construida como si sus fundadores le hubiesen asignado el lugar de baluarte histórico de la fe.”
Luego de describirla sede religiosa, la viajera repara en el edificio más antiguo junto al templo, vieja sede del poder civil, y divisa a lo lejos otras construcciones:
“El Cabildo de estilo morisco está frente a la plaza. No mucho más lejos se ve la iglesia jesuita, cuyas vigas de madera labradas fueron unidas sin clavos ni tornillos, signo de la capacidad de los antiguos padres. Según la tradición, los troncos de cedro con los que se hizo el techo fueron transportados sobre rodillos desde Tucumán. El oro con que está decorada vino del Perú. Pasamos luego junto al cuadrángulo de la Universidad, con su salón académico donde se confieren los grados.”
En el párrafo anterior Lady Ethel echaba mano a la descripción de su antecesora visitante en Córdoba,la irlandesa Marion Mulhall, en su libro Handbook of the Argentine Republic, aparecido en 1884. Enseguida, Ethel Moffatt Vincent habla dela vista del Observatorio Astronómico:
“Parece coherente que el Observatorio del hemisferio sur haya sido fundado en esta sede de conocimiento. Ascendemos la barranca y podemos ver el telescopio giratorio contenido por un edificio circular, que sigue el curso y chequea la posición de cada estrella con ayuda de instrumentos semejantes a un reloj. El cielo es tan claro en Córdoba que se puede ver estrellas de séptima magnitud, si bien la norma de observación se centra en las de décimo grado. En una edificación adyacente se registran las observaciones meteorológicas de la República Argentina. Molinetes en su techohacen que unos lápices tracen delicadas sombras y trazos finos según la velocidad del viento, a cada minuto y hora del día.”
La recorrida no estaría completa sin una vista del lago del Paseo, que distaba de su esplendor:
“Al regresar, nuestro coche bordeó la Alameda con su depósito de agua y sus balaustradas de piedra de la Plaza Sobremonte. Su gloria le fue arrancada por un gran tornado que visitó la ciudad, arrancando los árboles de raíz y dejando a la plaza desnuda y desolada. El teatro, con sus columnas y fachada corintias, está sin terminar. El Banco de la Nación ocupa una especie de palacio a medio completar. Es la vieja historia que hemos oído hasta el cansancio: el boom seguido del colapso de la burbuja.”
La expresión remitía a la crisis del 1890, a la caída del juarismo, a los años de malaria luego de la plata dulce de los créditos. Lo que narra la visitante inglesa, antes de partir, confirma el estado de quiebre de la ciudad.
“Córdoba, con sus actuales 30.000 habitantes, se parece a una ciudad de muertos. Las calles están desiertas. Dos personas ocupan la principal avenida. No hay carros con mercadería, ni movimiento en las calles. Tranways ocasionales pasan medio vacíos. Los negocios están abiertos, pero no hay clientes adentro. Las casas españolas, con sus ventanas de rejas se ven misteriosamente desoladas. Buscamos en vano, mirando al pasar, alguna señal de vida en sus hermosos patios. La ciudad parece golpeada por una plaga, una impresión luctuosa ayudada por el viento frío de un día inhóspito. En ese contexto fue una nota sarcástica que, en medio de la calle vacía, un policía hiciera parar a nuestro cochero en la esquina paraobligarlo a cruzar al paso. Esta vieja costumbre es un residuo de cuando las calles estaban plenas de vida y los cruces eran frecuentes. (…) Volvimos a nuestro coche, ahora acoplado a un buen tren de quince vagones, para retomar nuestro camino hacia Villa María.”