Juntos por el Cambio puede capitalizar el descontento con Fernández

Formalmente, Juntos por el Cambio es la oposición. Como tal, debería ser el receptáculo natural de este trasvasamiento. ¿Estaría en condiciones de capitalizar el descontento ante las crecientes dificultades del gobierno? Nos inclinamos a pensar que sí.

Por Pablo Esteban Dávila

Han transcurrido algo más de sesenta días desde la asunción de Alberto Fernández y no hay dudas de que su presidencia está lejos de transitar por un camino de rosas. No es necesario hacer una enumeración muy prolija de los escollos por los que atraviesa: ajustes sobre los jubilados, atraso tarifario, peligros de default, incremento de la presión impositiva y un inestable equilibrio con la vicepresidenta son algunos de los temas que conspiran contra su popularidad. Si a esto se le agrega el dato, no menor, de que la estanflación se encuentra lejos de ceder, el combo se revela como no apto para cardíacos.
Resulta lógico suponer que, ante este panorama, los niveles de apoyo social para con Fernández vayan difuminándose más temprano que tarde, a menos que el hombre se revele como el Carlos Pellegrini del Siglo XXI. Sin embargo, la sugestiva ausencia de un plan económico reconocible como tal y su dudosa capacidad para mantener a raya los elementos más jacobinos del kirchnerismo hacen pensar que el presidente, antes que liderar cabalmente las circunstancias que le toca enfrentar, intentará surfearlas con ingeniosos movimientos de cintura.
No es un panorama homérico, precisamente, para alguien que se comprometió a poner la Argentina de pie. Por el momento, ni siquiera encuentra una muleta que colabore en el propósito. Los próximos meses dirán, en este sentido, si el tullido tiene alguna chance de volver a caminar gracias a la alquimia K.
Mientras tanto, y por imperio de la primera ley de la termodinámica (la energía no se crea, ni se destruye, sino que se transforma), es lícito suponer que las pérdidas que experimente el oficialismo, en lo sucesivo, serán transformadas en energía política para la oposición. No obstante, la presunción debe pasar forzosamente por un primer filtro, que no es otra cosa de preguntarse si existe un espacio preparado para asumir activamente el imaginario de alternancia que alimenta la ambición de quienes, no estando en el poder, desean asumirlo llegado el momento.
Formalmente, Juntos por el Cambio es la oposición. Como tal, debería ser el receptáculo natural de este trasvasamiento. ¿Estaría en condiciones de capitalizar el descontento ante las crecientes dificultades del gobierno? Nos inclinamos a pensar que sí.
En ciertos aspectos, la situación de Juntos por el Cambio es histórica, dado que es la primera vez desde la recuperación democrática que una expresión política no peronista y relativamente consolidada es puesta en tal posición por el electorado luego de haber completado un período de gobierno completo. Basta repasar la historia contemporánea del país.
En 1989, el presidente Raúl Alfonsín tuvo que renunciar seis meses antes de completar su mandato en medio de una severa crisis económica. Esto condicionó al radicalismo -hasta entonces en el gobierno- al menos por los siguientes diez años, dado que el votante promedio desconfía (y nadie podría reprocharle tal cosa) de quienes se van antes de tiempo del poder. Recién con el aporte del FREPASO de Octavio Bordón y Carlos “Chacho” Álvarez el centenario partido pudo regresar a la Casa Rosada en el año 2000.
Duró poco, como se recuerda. Apenas dos años después de haber asumido, Fernando de la Rúa se vio obligado a abandonarla en medio de furiosas protestas por la situación económica y social. No solo el radicalismo estalló luego de aquellas convulsiones, sino también el sistema político por entero. En 2002, tanto el oficialismo como la oposición se transformaron en términos aleatorios aunque, justo es decirlo, una parte del justicialismo se las arregló para convertirse en la nueva hegemonía hasta su derrota en 2015.
En semejantes contextos hubiera sido una quimera pretender que la oposición (que durante mucho tiempo nunca fue realmente una) pudiera convencer al electorado de sus bondades para conducir los destinos del país. El cuerpo social detesta la anarquía y escapa de quienes no son capaces de exorcizarla. Pero esto cambió a partir de la gestión de Mauricio Macri.
El expresidente gobernó con múltiples dificultades, acrecentadas desde abril de 2018. Sin embargo, se las arregló para entregar los atributos del mando tal como establece la Constitución tras haber obtenido un más que aceptable 40% de los votos el 27 de octubre pasado. Dejó el poder con dignidad y, lo que es lo más importante para este análisis, con muchos legisladores de su propio espacio en el Congreso de la Nación.
Esto significa que, a diferencia de aquellos traumáticos antecedentes, hoy la oposición ha logrado cierta conciencia de clase, utilizando una expresión marxista. Sus integrantes más connotados tienen un debate pendiente sobre quién, o quienes, serán los conductores en lo sucesivo, pero están lejos de pensarse a sí mismos por fuera del entramado que los contiene. Esto es un avance respecto a otras épocas, en donde los outsiders solían trepar más rápido en la consideración pública que los pacientes constructores de la política.
También es positivo que hasta el propio Macri deba revalidar su propio liderazgo, más allá de sus recientes responsabilidades. Tiene competidores internos de peso, especialmente dentro del radicalismo, y tanto Patricia Bullrich como María Eugenia Vidal pueden fungir como potenciales recambios en el seno del PRO. El caso del alcalde de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta también es paradigmático: dueño de una gestión impecable en la ciudad, sus chances como presidenciable son indiscutibles. De no tener alternativas, la oposición presenta ahora múltiples opciones, muchas de ellas razonables. Es buena cosa de cara al futuro.
Resulta auspicioso, dentro de esta línea, que muchos de estos dirigentes se muestren decididos a bajar línea públicamente contra las iniciativas del oficialismo con las cuales disienten. No hay peor señal para el mundo político que la ausencia de señales. Plantar cara en temas tan sensibles como la inseguridad, la política económica o las relaciones exteriores es manifestación de que existe el nervio indispensable como para tomar el relevo cuando se presente la oportunidad.
En definitiva, Juntos por el Cambio tiene chances ciertas de heredar las expectativas que Fernández ha comenzado a defraudar. A diferencia de otros momentos de la historia reciente, no sufre de complejo de culpa alguna. Con mayor o menor acierto, la coalición gobernó la Argentina sin morir en el intento y fue la primera vez que, desde 1938, un presidente no justicialista entregó el mando a otro elegido por el pueblo. Buena parte de la sociedad, asimismo, se ha liberado de la maldición que dictaba que sólo el peronismo o sus satélites podían manejar el país y, especialmente la clase media, ha comprendido cabalmente que puede disputar la calle a quienes pretenden imponerle por la fuerza criterios que le son ajenos. Tanto el macrismo como el radicalismo se consideran, en conjunto, como el vehículo adecuado para mantener esta dialéctica y, por lo que se advierte, están dispuestos a continuar por ese camino. Tienen cuatro años por delante para demostrar que son dignos de disputar nuevamente los espacios que acaban de perder.