Llaryora, por ahora, fuera del juego interno; antes, gestión

El flamante intendente de la ciudad Capital no tiene margen para meterse en la interna que ya arrancaron a jugar otros interesados en la carrera por la sucesión. Del éxito o fracaso en la gestión, depende su futuro político provincial.

Por Yanina Soria
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Cuando el gobernador de Córdoba eligió a Martín Llaryora como la llave para recuperar la ciudad Capital en las elecciones del año pasado, lo hizo pensando también en el futuro de la ex Unión por Córdoba.

El peronismo local, justamente, después de Juan Schiaretti. Como se sabe, impedido por la Constitución, el tres veces mandatario quedará fuera de la próxima contienda provincial y ya sin la presencia de José Manuel de la Sota, Schiaretti debe dejar en marcha un plan político para extender la vida de Hacemos por Córdoba en el ´23. Desde aquella selección entonces, el sanfrancisqueño se convirtió en la apuesta del Gobernador para retener por séptima vez consecutiva el poder político provincial.

Dos veces intendente de la principal ciudad de San Justo, Vicegobernador, diputado nacional, entre otros, fueron pergaminos más que suficientes para que el jefe del PJ Córdoba transformara al ex diputado en intendente de ésta ciudad. En la noche del 12 de mayo, cuando Schiaretti arrasó prácticamente sobre todo el mapa provincial y el peronismo celebró haber desbancado a la UCR del Palacio 6 de Julio, Llaryora quedó posicionado como uno de los hombres más importante dentro del justicialismo y se convirtió de inmediato en “la” promesa política de la renovación dirigencial.



Hacia adentro de Hacemos por Córdoba, el ahora jefe comunal llegó con el rotulo de “heredero natural”; visto así por sus propios pares quienes lo ubicaron como el número puesto para competir por la gobernación dentro de cuatro años. Al menos así lo leyeron quienes descontaban que, con la tutoría casi exclusiva de Schiaretti apuntalando la gestión, la estadía en el municipio más complejo de la provincia, sería exitosa.

Y si bien aún es muy prematuro para sentencias definitivas y mucho más para aventurar cuál será el escenario de acá a cuatro años, hay una coincidencia generalizada: el debut de Llaryora no fue el imaginado. Los primeros dos meses de gestión municipal no pudieron sortear la crisis general que azota al país y el ajuste también se sintió a nivel local. Y aun cuándo desde la Provincia tienen un trato preferencial en términos de asistencia financiera con el Palacio 6 de Julio, las primeras medidas tomadas por el equipo de Llaryora no cayeron bien en la consideración pública. Pero como todo gobierno que recién estrena, el jefe comunal cuenta todavía con mucho crédito para mostrar qué tipo de administración proyecta para la ciudad.

Seguramente el 1 de marzo será un momento bisagra cuando, en su discurso, ofrezca los lineamientos que traza para su gobierno. Cuenta también con el plus político de haber desembarcado con un amplio y cerrado apoyo de todo el PJ, incluso el capitalino que además de brindarle su estructura política, lo acompañan desde el ámbito legislativo tanto municipal como provincial.

La cosa es que en éstos primeros 60 días de gobierno, aquella fama del “heredero” cantado ya no es tal, o al menos, comenzó a ser relativizada en Hacemos por Córdoba. Está claro que el destino político de Llaryora está sujeto al éxito o fracaso de su paso por el Palacio 6 de Julio.

Se sabe que, desde hace décadas, la Municipalidad de Córdoba no es precisamente una catapulta para desembarcar en el Gobierno Provincial. Más bien todo lo contrario.
Es por eso que el actual intendente no tiene margen para jugar la interna que ya sí arrancaron otros interesados en ser protagonistas del recambio que se viene. Por caso, el actual vicegobernador Manuel Calvo puso primera dando claras señales de su predisposición para exprimir con todo el lugar que ocupa en el Gobierno, pero también como presidente de la Legislatura. Otro es Martín Gill, el intendente de Villa María en uso de licencia que, desde su nuevo despacho en la secretaría de Obras Públicas de la Nación, busca reposicionarse dentro del peronismo cordobés con la mira puesta en el ´23.

Llaryora aunque quisiera no tiene tiempo para armar ni tejer políticamente. Entiende a la perfección que éste es el momento de la gestión y que no hay resto para distracciones. Quizá le sea un aliciente saber que, a diferencia del pelotón de anotados en la carrera por la sucesión, sigue siendo todavía el elegido de Schiaretti.

Tan alejado se muestra de la rosca política que, corriéndose de la premisa peronista que quien gana conduce, Llaryora renunció a la jefatura de facto del PJ Capital antes de asumir. En la misma campaña y para calmar el siempre latente internismo peronista, dijo no se metería en el terreno que hoy es liderado por la diputada Alejandra Vigo. Una promesa que se viene cumpliendo a rajatabla.

Tampoco quiere ser quien presidente del bloque de intendentes PJ, un lugar codiciado por varios de sus colegas peronistas y que debería ocupar justamente por ser el dirigente que comanda el municipio más importante de la Córdoba. Se negó a ello como también lo hizo con la presidencia provisoria del partido cuando el senador Carlos Caserio renunció meses atrás.

Por ahora, el intendente hace saber que su prioridad no es otra que gestionar para dar respuesta a las necesidades de los vecinos y encaminar un municipio que, a través de sus funcionarios, dijo que está quebrado. Un objetivo que en realidad convella a otro: hacer bien los deberes para con – servar en alza sus acciones dentro del PJ y ser finalmente la opción para el 2023.