Volvió el que se quería ir

Hernán Lorenzino, el ex ministro de economía viralizado por su célebre frase de desesperación, volvió a la gestión pública bajo la órbita del ministro Katopodis.

Por Javier Boher
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Pese a que el núcleo duro del cambiemismo más amarillo se regodeaba bajo la idea de que no volvían más, finalmente el kirchnerismo volvió. Maquillado como el Frente de Todos -en lugar del Frente para la Victoria o Unidad Ciudadana- pero volvió.
Este regreso del kirchnerismo remozado y con un discurso un poco más conciliador trajo a todos de vuelta. Incluso a los que se querían ir, como Hernán Lorenzino.
Ex ministro de Economía, y antecesor de Axel Kicillof en dicha cartera, Lorenzino llegó al puesto por sus habilidades a la hora de negociar la deuda (lo que por estas horas concentra los esfuerzos de los integrantes del cuarto mandato kirchnerista). Con un país que se jacta de ser un deudor crónico, Lorenzino emergió como uno de los responsables de llegar a acuerdos con los acreedores.
Esa cintura privilegiada para esquivar los pleitos jurídicos y obtener el éxito acordando con los poseedores de deuda argentina, no lo acompañó la vez que en 2013 fue entrevistado por una periodista económica griega, que le hizo lo que por entonces preocupaba (o desde entonces preocupa) a los argentinos: la inflación.
La cara de desconcierto al ser interpelado al respecto se transformó en la necesidad de cortar la entrevista. Poco después se retiró, sin responder a algo que seguramente iba a ser un tema en la charla. Es como no poder atajar un penal pateado al medio (y que además ya sabías que iba a ir pateado ahí).
En el video que lo dejó inmortalizado para la posteridad sintetiza todo lo que demostró el kirchnerismo en el ocaso del cristinato: improvisación, falta de estadísticas confiables, manipulación de la información, retaceo de la información pública a la prensa o los ciudadanos y falta de coraje para ser interpelados.
“Hablar sobre estadísticas de inflación en Argentina es complejo” o “nosotros no hablamos de eso ni siquiera con los medios argentinos” se alcanzó a escuchar cuando a la periodista le dieron las ¿razones? por las cuales no le iban a responder.
Hoy, tras haber entrado en el panteón de frases célebres de la política argentina -en el ala dedicada a la desesperación y el pánico- con su célebre “me quiero ir”, Lorenzino regresa al gobierno nacional bajo la órbita del Ministerio de Obras Públicas que encabeza Gabriel Katopodis, el amo de llaves de la relación con los intendentes del Conurbano.
Salvo los que están presos -o demasiado desprestigiados ante la opinión pública- poco a poco fueron volviendo todos al gobierno de Alberto Fernández, al que durante la campaña trataron de vender como el nuevo hegemón del peronismo. Todavía no parece estar muy claro cómo terminará de torcerle el brazo a un grupo de ortodoxos kirchneristas que han tratado de comprimir la experiencia 2011-2015 en dos meses de gestión, para retomar desde donde dejaron.
A las promesas de reactivación, de volver a levantar la palanca de la economía o de llenar la heladera parecen habérselas hecho a los exfuncionarios que volvieron a encontrar empleo en el sector público, siempre con abultados sueldos con los que hacerle frente a la crisis. Tal vez por eso se rearman con la velocidad del Terminator líquido cuando lo acercan al calor.
Lorenzino parece ser un cuadro importante para la trama de renegociación de la deuda, la única esperanza del presidente para emanciparse de Cristina y evitar el quiebre económico al que apuesta la ortodoxia cristinista del “cuanto peor, mejor”.
Aunque pueda mover a risa por el recuerdo de tan patética performance ante la prensa internacional, el regreso de Lorenzino sólo puede entenderse desde la necesidad de encontrar gente experimentada en la negociación real, lejos de la teoría y las cátedras universitarias sobre el canje de la deuda.
Habrá que esperar para ver las verdaderas razones de su regreso. El tiempo determinará si el que se quería ir volvió para redimirse buscando el bronce, o si lo hizo por la heladera llena, obra social, la jornada reducida y las vacaciones pagas.