Venerar lo venerable

La muerte del actor Kirk Dou-glas, quien falleció la semana pasada a los 103 años, ha puesto al descubierto ese dedo ejecutor de Hollywood, que señaló a este intérprete sólo para otorgarle un reconocimiento honorífico, tras haber ignorado su performance en decenas de películas.

Por J.C. Maraddón
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Se supone que la mayoría de los artistas que trabajan en el negocio del entretenimiento aspiran a un reconocimiento que va más allá de lo económico y que tiene que ver con aquello que suele ser definido como “popularidad”. Es un premio que no está condensado en ninguna estatuilla y que se expresa en el afecto del público hacia una figura, sin contar en esto los méritos que ese astro posea en su profesión, sino más bien el carisma que ha demostrado tener y que le han posibilitado cosechar las preferencias de la gente común.
A los actores y las actrices que se han hecho acreedores de este don, la suerte pareciera perseguirlos, así como los beneficios que la fama acarrea para los estándares de vida y para las cuentas bancarias. Sin embargo, esta trascendencia también desata oscuras reacciones en contrario, en algunos casos tal vez motivadas por la envidia, que empujan a esa celebridad hacia un rincón para nada agradable, donde todo se reduce al encanto y no queda ninguna otra cualidad que pueda aplicársele a la estrella de turno. Saber ganarse los favores del público puede, así, parecerse más a una condena que a una bendición.
La crítica ha realizado contribuciones a esta construcción teórica, que posa un manto de sospecha sobre aquellos que atraen el aplauso fácil, mientras subraya la tarea de quienes se esfuerzan por abonar la experimentación, sin tener en cuenta el gusto del ciudadano medio. Se alienta la audacia y el vanguardismo, en desmedro de quienes siguen recorriendo el terreno ya conocido y, de esa manera, satisfacen el gusto de las grandes audiencias que no se identifican con las innovaciones, sino que pagan una entrada para que les cuenten una historia dentro de los parámetros más convencionales que sean posibles.
La Academia de Hollywood, que muchas veces se maneja con un criterio de compensaciones bastante discutible, busca por su parte equilibrar la balanza y distinguir a quienes se atreven a explorar zonas novedosas, aunque sin descuidar a aquellos que garantizan la taquilla gracias a fórmulas por todos conocidas. En ese mecanismo de premios y castigos, se esconde una política de manipulación que, por supuesto, puede fallar; y que en sus casi cien años de existencia ha acumulado numerosos errores y omisiones, que pretenden luego ser reparados mediante métodos que no hacen más que poner en evidencia la falla que se pretendía cubrir.
La muerte del actor Kirk Douglas, quien falleció la semana pasada a los 103 años, ha puesto al descubierto ese dedo ejecutor de Hollywood, que señaló a este intérprete sólo para otorgarle un reconocimiento honorífico, tras haber ignorado su performance en películas que hace rato son clásicos de todos los tiempos. Que una estrella tan popular como Douglas jamás haya merecido un Oscar, obliga a reflexionar sobre los criterios de los académicos de ayer y de hoy para situar a unos por encima de otros, a través de un mecanismo de selección que cuenta con varias omisiones igual de sorprendentes.
Tal vez Kirk Douglas, pese a su longevidad y a su renombre, no haya redondeado una sola actuación que esté por encima de la vara con que la Academia mide a quienes entran en esta competencia. Pero esa estatuilla a su trayectoria que se le otorgó en 1996, se parece demasiado a una reparación de esas a las que la fábrica de sueños es tan afecta. Venerar al venerable después de haber desconocido al conocido, reporta como una maniobra perversa que, de ninguna manera, alcanza para compensar una deliberada omisión, que agiganta sus consecuencias ahora que Douglas ha sido recordado con honores en el homenaje que se les tributó en la ceremonia del domingo a los fallecidos en los últimos doce meses.