La patria mundial

En la vigésima edición del festival Cosquín Rock, después de una antigua enemistad entre ese género y los símbolos patrios, el himno nacional sonó dos veces en el escenario principal: primero tocado en vivo por Airbag, y más tarde proyectado sobre la pantalla antes de que saliera a escena Divididos.

Por J.C. Maraddón
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Si existe una canción emblemática que resume la ideología hippie, esa es “Imagine”, grabada y publicada por John Lennon en 1971, con la inestimable colaboración de Yoko Ono, luego de la separación para nada armoniosa de los Beatles. Allí se lo escucha despotricar contra las religiones, contra la propiedad privada y contra el hambre, en tanto que como contraposición promueve la hermandad y la paz. Además de imaginar un mundo en el que no existan ni el paraíso ni el infierno, en un tono dulce pero firme propone soñar con que tampoco haya países; y agrega: “Nada por lo cual matar o morir”.
La contracultura de los años sesenta, que había utilizado al rock como su vocero, tenía muy claro que los nacionalismos eran el caldo de cultivo para las guerras, y que poner la cuestión patriótica por encima de todo otro sentimiento era contrario a los postulados universalistas asentados en la solidaridad internacional. En un planeta que todavía no se había recuperado de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que vivía bajo la amenaza del apocalipsis nuclear, no dejaba de ser lógico que la juventud adhiriese a los movimientos pacifistas que, en ese momento, se oponían a la intervención estadounidense en Vietnam.
En esa misma época, la Argentina atravesaba los últimos años de la dictadura instaurada en 1966 y combatida por organizaciones armadas, varias de ellas de inspiración guevarista. En medio de ese pandemónium, las consignas de amor y paz que levantaban los hippies criollos y que también impregnaban la música progresiva local, parecían una prédica en el desierto. De hecho, los rockeros argentinos se debatían por esos años en la marginalidad, muy lejos de la repercusión que alcanzaban los intérpretes de música beat y melódica que eran los que estaban de moda y acaparaban la difusión radiofónica.
Tras el golpe de 1976 y con el aparato represivo del estado funcionando a pleno, aquellos que adherían a los postulados de los versos de “Imagine” se convirtieron en parte de la resistencia y captaron la atención juvenil, algo que se hizo mucho más pronunciado después de la Guerra de Malvinas. Con el retorno de la democracia, era común identificar a los símbolos nacionales con el antiguo régimen, que había hecho abuso de ellos para ganar apoyo. Y los herederos rioplatenses del punk, con su natural desacato a la autoridad, fueron los principales promotores de la desobediencia a esos emblemas.
Después de que La Pesada del Rock And Roll grabara en 1972 una versión irónica de la Marcha de San Lorenzo, la reconciliación rockera con una canción patria recién iba a producirse en 1990, cuando Charly García incluyese su interpretación del Himno Nacional Argentino en el disco “Filosofía barata y zapatos de goma”, atrevimiento que le valió tener problemas con la justicia. Ocho años después, Lito Vitale iba a producir “El Grito Sagrado”, un álbum de himnos y marchas de Argentina, del que participaron, entre otros, Juan Carlos Baglietto, Alejandro Lerner, Fabiana Cantilo y Pedro Aznar.
Y ahora, en la vigésima edición del festival Cosquín Rock, la balanza se inclinó definitivamente, porque en la jornada del sábado esa composición de Blas Parera y Vicente López y Planes sonó dos veces en el escenario principal: en primera instancia, tocada en vivo por Airbag, y más tarde proyectada sobre la pantalla antes de que saliera a escena otro trío: Divididos. El público, conmovido, cantó esas estrofas con fervor, bajo un cielo amenazante. Y aquel espíritu hippie que se manifestaba en el pregón de “Imagine”, se esfumó junto con sus sueños de abolir fronteras y de abrazar al mundo como la única patria digna de ser reconocida.