Cuarenta años en tierra de gauchos (Primera Parte)

Arthur E. Shaw fue un inglés que llegó a Buenos Aires en1866, con 16 años, y residió en el país un largo período que dejó testimoniado en el libro Cuarenta años en la República Argentina, publicado en Londres en 1907. También permaneció por períodos en Córdoba.

Por Vïctor Ramés
[email protected]

El pabellón principal de la Exposición Nacional de Córdoba. ilustración del Catálogo de 1871.

Arthur E. Shaw zarpó de Liverpool cuando era un adolescente. Aunque es poco lo que se conoce sobre su vida hasta entonces, lo cierto, según su propio relato introductorio, es que fue un viejo amigo de su padre quien se ofreció a llevarlo consigo al Río de la Plata “para hacer de mí un hombre, como reza el dicho”. Es decir que el joven Arthur deja la casa paterna, algo que hoy sería legalmente inconcebible, a los dieciséis años, para irse a Sudamérica con un hombre mayor, hacia un país en sus palabras “considerado uno de los Brasiles”. Sus motivaciones eran simples: “A la edad en que una joven se torna encantadora en el hogar, mientras que un joven se convierte enun estorbo, yo estaba fascinado de entrar al ring como un joven oso”.
El viaje fue en un vapor de carga llamado Una, cuyo propietario “era un contratista a las órdenes de Mr. Brassey, de reputación internacional”. Arthur iba entre un grupo de muchachos acompañados por una persona mayor de quien afirma, seria “iniciadora de la industria harinera y lechera en el Carcarañá”.
Desembarcó en Montevideo y dos días después, frente al puerto de Buenos Aires, los trajeron a tierra en un bote ballenero junto a los demás. Tras tomar contacto con el contratista, fueron despachados en el vapor “Pavón” hasta Rosario de Santa Fe, terminal del Ferrocarril Central Argentino para cuyo servicio habían sido contratados. Así su carrera comenzó como muchacho ayudante en esa compañía inglesa y luego fue personal jerárquico en los ferrocarriles del Norte y Ensenada. En 1871 figuraba a cargo de la supervisión del ferrocarril trasandino de Bragado por el Paso del Planchón.
El libro contiene información de interés para la historia de los ferrocarriles ingleses, pero el enfoque aquí se relaciona específicamente con sus páginas sobre Córdoba, ciudad donde por períodos residió y trabajó. También tuvo una estadía de casi cuatro años entre Fraile Muerto y Villa María.
La época a la que le tocó asomarse a la vida argentina tuvo aspectos penosos, como la Guerra contra el Paraguay que había comenzado en 1864 y se extendió hasta 1870, o la epidemia de cólera en 1867 y 1868. Sobre esto hace el siguiente relato:
“La guerra trajo al cólera en su tren, cuyo azote cayó severamente desde Rosario hacia el norte; en realidad, creo que solo fue fuerte en esa región. En Córdoba, donde fue excepcionalmente severa, los muertos alcanzaron a 300 en un día, en una población de solo 10.000 habitantes. El resto había abandonado la ciudad. Dos mil víctimas fueron simplemente tiradas en un gran pozo al centro del cementerio y era visible hasta años después la escena espantosa de huesos y ropas de diario.”
No siempre está puntuado el relato de Shaw por la mención exacta de los años que refiere, pero alrededor de 1870 fue destinado a la ciudad de Córdoba como ingeniero especializado en trabajos sobre terrenos inclinados.
“Fue placentero ver las sierras y piedras tras haber permanecido por cuatro años en lugares de la Pampa donde no se encuentra un guijarro. Aunque en latitud sur 31° 25’ había nieve ocasionalmente, el clima es seco y saludable. Córdoba era la segunda ciudad de la República, y podía presumir de su hermosa catedral y sus diez iglesias, todas bastante grandes y en su mayoría antiguas. Oí decir que contenían dos mil curas, monjas y novicias, etc. Era célebre por esto, por sus abogados y por sus botas baratas. Las había de cuero crudo amarillo resistente, con bocas acampanadas, como se ven en las ilustraciones de caballeros de Carlos Primero. Los hombres se veían románticos en ellas y con sombrero de ala ancha.”
La descripción de Arthur Shaw se detiene en diversos aspectos de su experiencia y de las costumbres que tiene ocasión de ver en Córdoba.
“Todas las órdenes religiosas tienen sus monasterios y conventos. Y me volví un adepto en reconocer las diversas órdenes por su vestimenta. También aprendí a dar la bendición (creo que papal) con un movimiento de dedos. Solía otorgarla a los sacerdotes amigables con quienes me cruzaba en la calle, que siempre lo tomaban con humor.
La vida era la simplicidad personificada. Se comía chivitos y sus pieles constituían la principal exportación. Raramente se veía otras carnes en cantidad en los mercados. Las uvas eras sorprendentemente buenas, también los higos.
Se afirmaba que cada familia tenía un sacerdote entre sus miembros, y también un abogado para defender a la familia en pleitos derivados de los viejos títulos de tierras. La Municipalidad mantenía a la vez a un representante por cada mil habitantes y cada uno era un agente de la ley. Treinta y dos abogados en cónclave eran capaces de argüir sobre un burro que se había cruzado.”
Al proseguir sus recuerdos sobre la capital docta, refiere el proyecto que atravesaba esa época y que le permitió progresar laboralmente y permanecer en Córdoba, gracias a la Exposición Nacional que se realizaría en 1871.
“En 1869 el Presidente de la República don Domingo Sarmiento (llamado el maestro de escuela), decidió realizar una exposición en la que era llamada “Ciudad de los Abogados”, con el laudable objeto de inducir a la gente del Litoral a visitar el lugar y abrirlo aunque fuese a las nuevas ideas. El ferrocarril iba a concluirse un año después, por lo que la ocasión era propicia. Yo dejé el ferrocarril y gracias a la influencia de un amigo en la corte (si tal expresión fuera admitida en una república) obtuve un puesto de ingeniero para la Exposición.
El edificio principal fue enviado de los Estados Unidos, y los jardines creados por un muy capacitado horticultor francés, eran muy hermosos. Junto a los anexos acostumbrados, había fuentes y un café rústico cuya estructura era de postes de álamo, tomó raíces y adquirió un hermoso efecto. A este anexo vino una cantinera francesa que en una ocasión tomó la vajilla como misiles de mano, por lo que adquirió el sobrenombre de ‘La Petroleuse’. El apodo provino de la Comuna francesa en 1871, pero ella mantuvo su reputación por años.”