Ojos de forastera irlandesa (Segunda Parte)

Tras describir la ciudad de Córdoba, Marion McMurrough Mulhall, una mujer irlandesa que viajaba con su marido, dedicó un capítulode su libro “From Europe to Paraguay and Matto-Grosso” (1877) a relatar su viaje de una jornada a las sierras de Punilla.

Por Víctor Ramés
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Marion McMurrough Mulhall, la viajera que describió Córdoba y sus serranías en 1877.

El capítulo X de su libro se titula “Una noche en la sierra de Córdoba” y allí refiere que “antes de abandonar la vieja y pintoresca ciudad de los Jesuitas, ubicada casi a medio camino entre la costa atlántica y la del Océano Pacífico, decidimos hacer un viaje a la Sierra de Cosquín. Esta se levanta en el camino de Córdoba a La Rioja, y toma el nombre de un asentamiento de indios convertidos al cristianismo en el siglo 18, pero de los que no quedan hoy huellas.”
Los apuntes de Marion Mulhall contaban con alguna información que iba recabando mientras avanzaba, además de recoger de manera directa sus sensaciones de viaje. Así describe aquel trayecto que inicia tras dar una última mirada a la capital:
“El sol brillante de una mañana invernal de mayo bailaba entre las torres y las cúpulas de las iglesias de Córdoba cuando comenzamos a marchar con nuestro guía Manuel, hacia las montañas cuya gama azul domina con su línea precisa a la ciudad por el oeste. La nieve no había comenzado aún a cubrirlas, pero en dirección a San Luis las cumbres de las Sierras mostraban un color de oro bruñido.”
Los ojos de la viajera irlandesa transmitían a sus apuntes pasajes de descripción poética mientras avanzaban en dirección a las serranías por la zona de lo que hoy constituye Alto Alberdi, según lo que anota en su cuaderno.
“Durante alrededor de una milla, el viajero atraviesa quintas y jardines bordeados de álamos, dejando a la izquierda el cementerio de la ciudad y una aldea de indios, hasta cruzar el río Primero como a un kilómetro y medio, cuyas aguas nunca exceden el metro de profundidad. Fuimos en ascenso constante hasta alcanzar la Tablada, una extensión de tierra lisa famosa por una batalla bastante cruenta que tuvo lugar allí hace años, ya que al no contar con protección los oficiales ni soldados del ejército derrotado, fueron empujados hasta las orillas del río. La vista desde la Tablada es impresionante: hacia un lado, abajo, la ciudad, y hacia el otro el perfil de las montañas elevándose.”
Manuel, el paisano que los conduce, de quien Marion da una descripción, aporta datos sobre la batalla y los enfrentamientos de la guerra civil.
“Nuestro guía nos relata recuerdos de la batalla y se muestra tan versado en la política local como parece serlo en los laberintos de las sierras. Su piel es oscura, tiene una pierna mucho más larga que la otra. Su carácter parlanchín y su sentido del humor lo convierten en una buena compañía en este democrático país. Antes de recorrer quince kilómetros puedo apreciar que cuenta con el favoritismo de las mujeres maduras en los ranchos a lo largo del camino. Él transmite saludos a una, un mensaje para otra, y a veces se detiene a encender un cigarro o a tomar un mate, mientras nosotros seguimos camino hasta que nos alcanza y se nos adelanta. La presencia de un denso matorral indica que nos aproximamos al arroyo Saldán, y se vuelve difícil proseguir el ritmo de la marcha. Los ranchos brotan numerosos en los alrededores, de apariencia miserable. Se ve a pocos hombres, pero hay gran cantidad de mujeres de todos colores, tendiendo al negro.”
La rica descripción ofrecida por la irlandesa va visibilizando con cierta proximidad el paisaje humano que brinda el camino. A determinada altura, refiere el siguiente diálogo con el guía:
“–Allí vive Pedro, el matador de leones –dice Manuel, señalando un par de cabañas cerca del camino, con un árbol de paraíso en frente–. Si ustedes desean un desayuno de chivito asado, mi amigo Pedro se los servirá sin demora, de modo que podremos aguantar muy bien hasta que crucemos la sierra, y cenar esta noche en San Roque.
–Desayunemos aquí -le dijimos-, y si tu amigo Pedro tiene un par de pieles de león para disponer, trata de traérnoslas para nosotros.
Mientras nos aproximábamos al palenque para atar los caballos, observamos las cabezas de diversos animales colgadas aquí y allá en las ramas del árbol. Algunas estaban ya resecas, y otras tenían todavía la piel. Manuel me informó que eran los trofeos de caza de Pedro.
El cazador de leones es un hombre de cincuenta años, aún activo y cuando nos autoriza a desmontar los perros dejan de ladrar. En pocos minutos un cuarto de chivito se asa a la parrilla, sobre unas brasas en el espacio abierto próximo a la puerta, mientras nuestro huésped prepara una mesa para nosotros bajo el árbol que sostiene sus cabezas de león. Es un error llamar tales a esos animales, ya que se trata de pumas, para nada igualable a formidables jaguares. Aun así, matan cabras y terneros. Pedro nos dice que él recibe regalos de los vecinos por cada león que mata, ya sean chivitos, ovejas o cerdos. Si los cachorros son tomados de pequeños pueden ser domesticados. Terminada la comida y con pieles de león sobre nuestras monturas, continuamos el viaje.”
La riqueza de los apuntes que aporta la irlandesa desborda las posibilidades de esta página. Tomando a nuestra vez un atajo, seguimos a Marion y a su marido, conducidos cuesta arriba por Manuel, luego de cruzar el arroyo Saldán. Allí cerca observan tres cabañas donde se ve a “mujeres suizas o alemanas lavando, y a niños muy rubios corriendo en los alrededores”. Luego la ruta, hasta allí apta para vehículos, comienza a desdibujarse. De curva en curva, en el ascenso, contemplan montañas y valles y ven cabras pastando en las colinas.El camino atraviesa espesos bosques colgantes, oyen los cencerros de mulas sobre sus cabezas, andan junto a un abismo que paraliza la sangre, por donde dos jinetes no pueden pasar a la vez. Manuel les dice que los viajeros a Cosquín suelen transportar a sus hijos en alforjas a ambos lados de una mula. Se cruzan con una recua de mulas y un arriero que las conduce, en dirección a Córdoba. Los viajeros verán un atardecer inolvidable, llegarán a la cumbre, pasarán una noche de hambre y frío hasta el amanecer en que bajarán y se recompondrán en San Roque. Su siguiente parada, ya de regreso, será La Calera, y de allí andarán hasta el punto de partida, la ciudad de Córdoba.