La tarjeta alimentaria es un fracaso a largo plazo

Toda acción estatal tendiente a debilitar al individuo y a fortalecer a colectivos impuestos y artificiales conlleva una derrota, incluso si es exitosa.

Por Javier Boher
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tarjetaToda sociedad está compuesta por individuos más o menos conscientes de su particularidad. En algunos casos los sujetos defienden su singularidad frente a la comunidad que pretende homogeneizar todo, mientras que otras veces los individuos se sienten más cómodos perdiéndose en el anonimato de algún colectivo.

Por supuesto que ambas dimensiones son indivisibles. Nadie puede realizar una vida (o al menos una vida relativamente sencilla) fuera de una comunidad que lo ayude a satisfacer sus necesidades, mientras que integrarse por completo a una sociedad que anule la individualidad impide el ejercicio de las libertades más básicas y elementales.

Por algún motivo en los últimos tiempos se ha puesto de moda criticar al individualismo como fuente de todos los males, un error que cada vez cuesta más caro. Sin individuos conscientes de su singularidad, ¿cómo se puede esperar que se asuma la responsabilidad por los actos? Diluir responsabilidades en colectivos es una perversa estrategia que simplifica la vida (porque se aceptan las categorías y etiquetas dadas) pero facilita el control por parte del poder político, que aprovecha el uso de estereotipos tan simples.

En esa misma línea, el crecimiento del Estado (el “Estado presente” dentro de la terminología progresista habitual) no es más que un tutor que se asoma por encima de sus ciudadanos para decirles qué es lo que más les conviene. Así, en lugar de generar las condiciones para igualar el punto de partida y lograr que los individuos exploten sus cualidades, se conforma con someter a todos a políticas en las que el “achatamiento” es una virtud. Tal aseveración es escandalosa por donde se la mire.

La implementación de la tarjeta social (que según las grandes mentes de Desarrollo Social de la nación implica una transferencia solidaria de recursos desde los que más tienen hacia los menos privilegiados) es un claro ejemplo de políticas cortoplacistas que terminan institucionalizadas, perpetuando los ciclos de reproducción de la pobreza y la marginación. 30 años con 30% de pobres no se resuelven con más burocracia o clientelismo.

La tarjeta -muy celebrada por los que viven de la precariedad y la informalidad- podría haberse evitado si se implementaran las transferencias a través de las mismas cuentas por las que se pagan las AUH. Por supuesto que eso sería más rápido, pero también se obtendría un menor rédito político. Los políticos son políticos que buscan sacar ventajas a cada paso: esa es su naturaleza y no la van a cambiar por más que en su discurso estén preocupados por el hambre de los pobres.

La dimensión de la que poco se ha hablado es la que implica una similitud con el sistema que existe en Venezuela con el Carnet de la Patria, programa que ha sido denunciado por dirigir la ayuda estatal a los partidarios del gobierno (o al menos a los ciudadanos que no son opositores), agravado por el hecho de que en el país caribeño hay voto electrónico, por lo que es relativamente fácil cruzar los datos biométricos y los del voto para saber efectivamente a quién debe corresponderle el beneficio.

La idea detrás de políticas como las impulsadas por el gobierno es ahogar la voluntad individual a la presión colectiva, resumida siempre en el Estado, ese ser omnipresente que a los ojos de los amantes del orden impuesto es la fuente de todo lo que está bien. “La patria es el otro” es una sutil forma de otorgar un precario estatus de casi ciudadano al individuo, que siempre debe velar por los intereses del resto de la comunidad antes que por los suyos propios.

Toda sociedad se compone de individuos, así como también las estructuras que a ambos extremos del debate tratan de tener razón al respecto. Estado y Mercado no pueden existir sin individuos que puedan renovar y controlar a los mismos. El individuo que se somete a las masas (o peor, aquel al que le enseñan que en ello hay una virtud) no puede ejercer plenamente sus derechos.

La tarjeta alimentaria y todas las prácticas que apunten a distorsionar las capacidades de los individuos, debilitándolas frente al Estado, conllevan una alta probabilidad de fracaso. Incluso su éxito (más allá de una necesidad coyuntural puntual) es una derrota, porque no hay sociedad que pueda desarrollarse si sus individuos no pueden perseguir aquello que los hace felices por fuera de la tutela de colectivos impuestos.