La iglesia rechazó al embajador: quiere a otro operador

Otra vez la moralidad eclesiástica contra la designación de un embajador argentino en el Vaticano, que declama decencia y encubre obscenidades.

Por Javier Boher
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iglesiaLa política es caprichosa. La inmensa mayoría de las veces hay una tensión palpable entre lo que se declama y lo que se ejecuta, propio del pragmatismo con el que se obtienen finalmente resultados. El idealismo es una brújula que sirve para orientarse, pero no para hacerle caso ciegamente.

En esa brecha que existe entre lo que se dice y lo que se hace hay distintos grados, que se relacionan de manera directa con la fuerza con la que se dice respetar o seguir determinados preceptos, independientemente de cuáles se trate. Si lo que se dice defender es difícil de medir, mayor probabilidad de éxito en su empresa.

El peronismo, por caso, aunque diga preocuparse por los humildes, no lo hace además arrogándose el monopolio del republicanismo. A ese título habitualmente lo quiere el radicalismo, que llora y patalea cuando le reclaman que -una vez en el poder- lo respete. Por eso influir en el poder judicial, retacear información o nombrar amigos es más fácil para los que hacen omisión de tales cosas en sus discursos.



Algo parecido es lo que pasa con la iglesia católica, pero en su papel de estado soberano a través del Vaticano, un microestado que vive de las remesas de sus fieles y algunas otras operaciones financieras poco transparentes (la mancha del compañero Licio Gelli no desaparece aunque traten).

Ayer se conoció que el Vaticano rechazó la designación del elegido por la presidencia de la nación para ocupar el cargo de embajador en aquel país, un trámite que no se puede dar de manera unilateral. El acuerdo del país anfitrión es fundamental para que se aplique la normativa internacional respecto a las cuestiones diplomáticas; acuerdo que en este caso no se consiguió porque el elegido de Fernández está casado en segundas nupcias. Qué terrible crimen haber decidido interrumpir el primer matrimonio.

La actitud del Vaticano es comprensible desde la ortodoxia estúpida que no se aplica casi en ningún lado. ¿Habrá otras cuestiones más allá de la declamada? Probablemente, pero no hace que la que se hizo pública no sea suficientemente absurda, especialmente porque su segundo matrimonio es el único que tuvo ceremonia religiosa.

Según trascendió, el presidente tratará de consensuar con el Papa el nombre del embajador argentino, básicamente una forma elegante de decir que se cede soberanía a manos de un jefe de otro estado que tratará de acomodar un operador en ese lugar. ¿No sería un escándalo que el embajador brasileño saliera de una negociación con Bolsonaro, o el cubano de una negociación con Díaz Canel?. La capacidad de someterse a otros y venderla como dialoguismo es asombrosa.

Sin lugar a dudas, otra vez la doble moral vaticana está a la orden del día, exigiendo probidad en aspectos absolutamente secundarios de la vida privada, que contemplan a adultos libres de dar consentimiento y vivir su vida como les plazca, algo muy distinto a lo que se sigue denunciando al día de hoy a razón de unos 600 casos por año: los abusos en la iglesia.

Aunque hoy puedan negarle la embajada a un divorciado, no pareció preocuparles que durante años viviera protegido dentro de los muros del Vaticano el responsable del encubrimiento de los casos narrados en la fantástica película “Spotlight”, Bernard Law. Este último terminaría sus días en Roma, lejos de la justicia terrenal par apagar por sus actos.

George Pell, que llegó a ser el responsable de la economía del Vaticano, fue apartado de su cargo una vez que fue insostenible su situación, con la opinión pública australiana enardecida reclamando para que responda a los cargos que pesaban en su contra en dicho país. Su sentimiento de impunidad era tan grande que abandonó la comodidad del Vaticano para ir a defenderse su país natal, donde finalmente fue detenido.

La doble moral de la Santa Sede es harto conocida, siendo absolutamente lógica dentro de los parámetros de la política. Se defienden posturas sobre las que no se debe responder, como la homosexualidad, la familia o el aborto, todas situaciones que no alcanzan públicamente a los curas, imposibilitados (física o doctrinariamente) de llevar tales cuestiones adelante.

Mientras gran cantidad de católicos se sienten ofendidos cuando les enrostran la hipocresía de sus conductores, los que elegimos no creerles nada de lo que dicen podemos interpretar sus acciones desde la política (o la realpolitik) antes que desde la supuesta moralidad en base a la cual obrarían.

Aceptar que el futuro embajador salga de una negociación con el titular de una monarquía absoluta y teocrática, misógina y encubridora de delitos de abuso (de este siglo, no del pasado medieval, que también los cometió) es una burla a los ciudadanos de un estado laico, republicano y democrático que pretenden ver sus intereses defendidos en el exterior.