Políticos de vacaciones poco solidarias

Las vacaciones de Marco Lavagna u Ofelia Fernández dejan en evidencia que los políticos reciben un trato mucho más favorable que los trabajadores que les pagan el sueldo.

Por Javier Boher
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Envidia -y no de la sana- es la que mucha gente le tiene a los docentes por los supuestos tres meses de vacaciones con los que los atacó hasta la mismísima expresidenta hace unos años. Sin embargo, tal como suele pasar con los colectiveros o los recolectores de residuos (con sueldos muy por encima de sus pergaminos) muy pocos quieren ser docente.

Parte se explica porque el trabajo con niños es desgastante (cualquier persona con hijos puede dar fe de ello), con sueldos generalmente bajos si se los compara con otros empleados públicos (porque incluso los docentes privados son agentes del Estado). Lo que no se entiende es que los “vagos” sean los docentes y no los políticos, con una función social significativamente menos importante y a los que se les piden muchos menos papeles para ejercer sus cargos.

Hace pocos días hubo una breve polémica respecto al chef pariente de Alicia Kirchner que fue nombrado en el directorio del Banco Nación sin más laureles que el título del secundario. La mayoría de los que recaen ahí dentro tienen un perfil similar (aunque no tan exagerado) como el citado. Es un premio o un mimo para algún conocido, situación que se repite en innumerables sectores del Estado.

Sin embargo, hay cosas incluso mucho más locas, que tienen que ver con algo mucho más profundo respecto a cómo entienden la política los argentinos. El cronograma electoral es tan caprichoso que las elecciones son en octubre y el recambio en diciembre. El grueso de los trabajadores del país tiene sus vacaciones entre enero y febrero, los meses elegidos por la mayoría para descansar. Los políticos -bien cercanos al pueblo- no pueden ser menos.

Ayer algunos empleados del INDEC denunciaron que el flamante titular, Marco Lavagna (el hijo especial de Roberto, el ex candidato presidencial), partió de vacaciones pocos días en el cargo. Asumió el 28 de diciembre y salió de vacaciones el 6, con un feriado, un asueto y dos domingos en el medio. Una burla a los trabajadores que no se toman vacaciones porque no se las pagan o porque están precarizados.

Por supuesto que el trajín de la campaña de su padre (y de la suya propia, con ambos derrotados) lo debe haber dejado agotado, con ganas de tomarse unos días. Quizás habría que rever esas cuestiones que le permiten a alguien salir de vacaciones sin una cantidad mínima d días de servicio, como ocurre con la mayoría de los empleados.

Por supuesto que hay casos peores, como el de la legisladora porteña Ofelia Fernández, que sin haber tenido que ir ni una sola vez a sesionar pudo irse de vacaciones a Europa, pese al dólar solidario y al año de crisis. De nuevo, en este caso no hizo por ello más que hablar en la tribuna del Colegio Nacional de Buenos Aires e integrar la boleta del kirchnerismo como representante del voto joven.

¿Se pueden llamar a sí mismos solidarios cuando actúan de esa forma tan poco respetuosa de los contribuyentes y los ciudadanos? La política es una actividad que se realiza mayormente fuera de los recintos e instituciones políticas, lo que no quiere decir que mínimamente no se deban guardar las formas.

Diputados recientemente asumidos que volverán a sesionar recién el 6 de febrero. Por los que repiten mandato, sólo sesionaron 10 veces el año pasado. Claramente algo ahí no funciona.

En la justicia, con la bendita feria contribuyen al sentimiento de hartazgo de la gente que interpreta que no hacen nada (porque efectivamente el rendimiento o la celeridad no son variables tenidas en cuenta por el más burocrático, endogámico y oscuro de los tres poderes del estado, aquel sobre el que los ciudadanos no tienen ningún tipo de control.

Pocos parecen reparar en lo que significa esa actitud de nuestra clase dirigente, que no se resuelve con espasmódico “que se vayan todos” cuando la cosa ya no da para más. La militancia más básica y precaria, la portación de apellido o la performance amatoria parecen ser suficientes argumentos como para acceder a la función pública, que pagamos todos los contribuyentes absolutamente en contra de nuestra voluntad.

Por eso es engañoso envidiar a los docentes que tienen seis semanas de vacaciones reales o a los recolectores y choferes que tienen sueldos por encima del promedio. Cuando los políticos multiplican varias veces esas cifras (de ingresos y vacaciones), el foco está mal puesto. Quizás habría que pensar más en demandarles a ellos por la falta de solidaridad y los privilegios que disfrutan como miembros de una casta.