La forma de la legislatura es la forma de la democracia

La relación entre la arquitectura y la política suele ser bastante subestimada, aunque la primera influya de manera decisiva en la segunda.

Por Javier Boher
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En los últimos años ha tomado especial relevancia el diseño arquitectónico para reducir el consumo de recursos. Toda la moda pasa por aquello de la “sustentabilidad”, un concepto absolutamente real e importante, que sin embargo no ha podido escapar al manoseo del marketing, tal como ha ocurrido con tantas otras cosas.

El diseño actual es limpio, respetando patrones de eficiencia energética o de conciencia ambiental, un aporte desde lo edilicio a la lucha contra el cambio climático y la depredación de recursos. Ya no solo se trata de que los edificios puedan albergarnos y permitirnos cubrir nuestras necesidades, ahora además deben salvar el planeta.

La nueva legislatura de Córdoba fue diseñada siguiendo esa idea, tratando de minimizar el impacto ambiental, haciendo más racional el consumo energético y de paso revitalizando la zona, una externalidad positiva desde el punto de vista social. De líneas de un ascetismo casi nórdico, parece un parlamento que dejaría contenta a la joven Greta Thunberg en su lucha contra el calentamiento global.



Sin embargo, la arquitectura es para la política mucho más importante que lo que se puede pensar. No hay dudas de que el uso de luz natural, la temperatura del aire acondicionado o de la calefacción impactan en el ambiente y en las facturas, pero la vida de una democracia también está estrechamente ligada a las decisiones que toman los diseñadores de recintos legislativos.

Charles Goodsell es un politólogo que se ha dedicado a investigar la relación entre la democracia y sus edificios más emblemáticos, analizando la manera en la que los “templos republicanos” y su emplazamiento afectan al funcionamiento de la política.

En un texto de 1988 sobre la arquitectura de los parlamentos, Goodsell sostiene que los mismos cumplen con algunas funciones, como preservar a través del tiempo los valores culturales de la política como asunto de gobierno, articular los valores y actitudes políticas contemporáneas y contribuir a la formación de una cultura política.

Para el primero, habla de ocupar lugares físicos “sagrados” para la historia política. Eso queda en la columna del debe para la Nueva Legislatura: esos terrenos nunca fueron tan relevantes para la historia cordobesa, por encontrarse en la zona baja, donde la ciudad prefería darle la espalda al río.

En el segundo punto es un lleno completo: todo el corredor que se integra con el Centro Cívico es una muestra de la importancia que se le quiere dar a la política. De múltiples edificios desperdigados por la ciudad a concentrar toda la actividad de gobierno en un solo lugar, visible y de fácil acceso, dejando a todos cerca para la rosca.
En el tercer punto, la distribución física de los espacios, las bancas, pasillos y tribunas del parlamento van a determinar de qué manera se conforma la cultura política, cómo se van a hacer ver los legisladores y de qué forma la gente se vincula con el sano debate democrático. Ahí también hay otro punto flaco.

En un libro publicado por el estudio de arquitectura Ámsterdam XML (bajo el original nombre de “Libro de los parlamentos”) se analiza la forma de los recintos legislativos del mundo. Los responsables del proyecto se tomaron el trabajo de recopilar información sobre 198 parlamentos alrededor del mundo, tras lo cual sacaron algunas conclusiones más que jugosas.

En primer lugar, que la forma y el tamaño influyen claramente en la dinámica política que se vive en el interior. El modelo británico de bancas enfrentadas favorece la discusión en el recinto, intensificada además por el hecho de que ni siquiera tiene lugar para que se sienten todos los legisladores: están todos apretados, incómodos, mirando a la cara al oponente, dispuestos a ganar el debate para irse a su casa.

Dentro de los modelos democráticos, que favorecen el debate sin confrontación (y posiblemente sin enemistar a los legisladores) es la clásica forma de herradura, tal como tiene el congreso nacional. Aunque puede variar la curvatura del arco, en general la idea es que todos puedan expresarse hacia el centro.

En el otro extremo se encuentran los que se asocian a los sistemas autoritarios, que tienen una forma más parecida a un aula: menos curva y más pendiente, todos atentos al presidente de la cámara y no a lo que dicen los pares, como esperando a que les digan qué hacer.

Esta última es la forma que parecen haber decidido los arquitectos de la nueva legislatura, una disposición que remite a los parlamentos fríos -minimalistas, de espacios abiertos y despojados- que prefieren los regímenes menos afectos al debate. Quizás acá se vea algo de eso de que nuestro recinto legislativo no suele ser más que una escribanía del poder ejecutivo.

Cuando hubo que reconstruir la Cámara de los Comunes del Parlamento británico tras la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill insistió en mantener el mismo tamaño, la misma distribución de bancas e incluso el color del tapizado. Según él, así se había formado la democracia inglesa por la que acababan de luchar, así que tenía sentido mantener todo igual. Al defender su postura, dijo que “damos forma a nuestros edificios, luego ellos nos dan forma a nosotros”. Quizás eso se les pasó por alto a los que pensaron en cómo el edificio de la nueva legislatura hiperoficialista le daría forma a la democracia cordobesa.